La hija prohibida del Don (Los protectores prohibidos) RYLAN
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RYLAN

El problema del silencio es que te obliga a pensar.

¿Y dos semanas así? Te dejan en carne viva.

Siena lleva catorce días desaparecida. Catorce días largos y lentos sin tocarla, sin oír su voz, sin sentir su olor en la almohada junto a mí. Se marchó sin dar explicaciones, solo un mensaje desde un móvil desechable:

No me sigas. No me verás durante un tiempo.

Quise creer que solo necesitaba espacio. Que volvería.

Pero, por supuesto, no la dejé ir de verdad.

Mandé que la siguieran.

No por aficionados. No por imbéciles con gatillo fácil. Por gente de mi confianza. Gente que me debe lo suficiente para mantener la boca cerrada y los informes limpios.

Me dicen que primero fue al sur. Luego al oeste. Se reunió con una mujer en Florida. Su madre, supuestamente. Una visita tranquila. Breve. Después a Luisiana. Una reunión familiar. Un tío. Un primo. Una Siena completamente diferente. Una que seguía sonriendo, sí, pero con dureza.

Los informes se confunden unos con otros. Nada dramático. No está matando a nadie ni llamando la atención. Se mueve como alguien que quiere volver a sentirse arraigada. Como alguien que intenta recordar lo que es simplemente existir.

Solo que ella no está hecha para eso. Y lo sé.

Incluso desde la distancia, la siento vibrar bajo mi piel como electricidad.

Ahora estoy de vuelta en Manhattan. La ciudad no ha cambiado, pero yo ya no encajo en ella como antes.

Mi ático está treinta pisos arriba en East 73rd, con vistas al río que deberían transmitirme poder, pero lo único que siento es el eco de ella.

El recuerdo de sus rodillas sobre el colchón en casa de la difunta madre de Reed, su aliento caliente en mi cuello, su voz atravesando la oscuridad como una maldición.

Todavía veo el mensaje que envió antes de desaparecer: No me sigas. No me verás durante un tiempo.

Y no la he seguido. No físicamente. Pero lo sé todo. Sé lo que comió el martes pasado. Sé que camina demasiado rápido cuando está sola. Sé que todavía carga el peso en el lado izquierdo cuando corre.

Esta noche estoy preparando la cena.

Nada sofisticado. Pollo. Pasta. Pan de ajo que no necesito pero horneo de todos modos. El olor hace que el piso parezca menos vacío. Echo aceite en una sartén, pongo el fuego alto y me apoyo en la encimera con una cerveza en la mano.

La tele está encendida de fondo, con las noticias hablando de Wall Street y una audiencia del Congreso que me importa una mierda.

Y entonces—

Toc. Toc.

Dos golpes cortos. Firmes. No frenéticos.

Me quedo inmóvil.

Nadie llama aquí. A menos que se hayan perdido. A menos que hayan cometido un error.

Cruzo la habitación con la pistola ya metida en la cintura. Miro por la mirilla.

Y dejo de respirar.

Está ahí de pie.

Siena.

Sin disfraz. Sin pretensiones. El pelo suelto enmarcándole la cara. Los ojos demasiado brillantes. Lleva un jersey oscuro, vaqueros y deportivas, como si llevara horas caminando sin parar.

Abro la puerta.

Nos quedamos mirándonos.

Un segundo. Dos.

Ella entra.

Me rodea con los brazos.

Y me besa como si fuera oxígeno.

No es dulce. No es una pregunta. Es una necesidad. Un beso desesperado, su boca contra la mía, los dedos clavándose en mi nuca, como si quisiera meterse dentro de mi pecho y quedarse a vivir.

—Me he vuelto loca —susurra contra mi boca—. No sé qué me pasa. ¿Por qué sigo necesitándote?

No respondo. Solo la beso más profundamente.

Mis manos la atraen hacia mí, los puños cerrados en su pelo. Sabe a distancia y calor, y a algo afilado por debajo. Como si llevara mordiéndose la lengua desde el día que se fue.

La levanto. Me rodea con las piernas por instinto.

Y entonces suena un estruendo brutal.

El suelo tiembla.

El cristal estalla.

Una bola de fuego explota en la esquina del ático, revienta las ventanas y lanza calor y escombros por toda la habitación.

Nos lanzo de lado por instinto, giro en el aire para que mi espalda reciba el golpe primero y ella caiga encima. Nos deslizamos por el suelo, su codo me golpea las costillas, el humo ya entra a raudales por la zona de la explosión.

—Siena—

Está tosiendo.

La levanto de un tirón.

Le sangra la frente.

Tiene el hombro quemado.

Pero está consciente.

Agarro la pistola de la encimera y vuelco la mesa de la cocina para usarla de escudo. Las llamas se extienden. La pared junto al dormitorio está medio destruida. Me zumban los oídos.

No pregunto quién ha sido.

Solo hay una persona capaz de volar mi ático con ella dentro.

Alguien que intenta terminar lo que la explosión del complejo no logró.

La levanto en brazos y echo a correr.

Cruzo la cocina. Bajo por el pasillo. Hacia la escalera de servicio trasera, donde la salida de emergencia reforzada sigue en pie.

—Siena. Háblame.

—Estoy bien —jadea—. Creo.

La sangre le corre por la sien. Se sujeta el costado con la mano izquierda.

Llegamos al garaje.

La meto en el todoterreno blindado de un empujón; la llave ya está en la guantera. Siempre listo. Siempre armado.

Los neumáticos chirrían contra el hormigón. Una estela de humo nos sigue mientras salimos disparados hacia la noche.

Las calles se difuminan. Suenan bocinas. Una sirena aúlla a lo lejos.

Se acurruca contra la puerta del pasajero, respirando con dificultad, presionándose el costado.

—No te duermas —ladro.

—No voy a dormirme.

—Estás sangrando.

—He sangrado más.

El mundo se estrecha. Salgo de la carretera principal, tomo la autopista hacia el oeste y, diecinueve kilómetros después, me desvío por un camino privado que casi nadie nota.

Tres minutos más tarde, me detengo en un claro de tierra rodeado de abedules.

En el centro: una escotilla de acero cubierta de hierba y escombros.

Aparco. Salto del coche. Rodeo el vehículo y la cojo en brazos antes de que pueda protestar.

—Rylan...

—Ya casi llegamos.

Tecleo un código en el teclado oculto bajo una piedra falsa.

La escotilla se desbloquea con un lento estruendo metálico.

La llevo escalera abajo, agarrándome a la barandilla con una mano, su cuerpo pegado al mío.

Abajo todo está frío y oscuro hasta que enciendo las luces.

Paredes de cemento. Provisiones almacenadas. Botiquín. Armas. Un generador zumba suavemente tras una pared falsa.

Solo dos personas conocen este lugar.

Reed. Y yo.

La recuesto en el catre y le subo la camiseta.

Una quemadura le cruza el borde de las costillas: furiosa, con ampollas. Tiene la piel cubierta de humo y hollín. Respira con dificultad.

—Necesito limpiar esto —digo.

Asiente. Le tiemblan las manos.

Me quito la camiseta y mojo una toalla. Le limpio la sangre de la frente, después de la mejilla. Hace una mueca, pero no se estremece.

—¿Por qué viniste a mí? —pregunto en voz baja.

No dice nada durante un instante. Luego:

—No sabía adónde más ir.

—Desapareciste.

—Lo sé.

—Te dejé marchar.

Me mira a los ojos.

—Eso fue un error.

Le presiono una gasa sobre la quemadura, intentando ser delicado.

—Cuéntamelo todo.

—Fui a ver a mi madre —murmura—. Está más mayor de lo que recordaba. Más dulce. Me preguntó si era feliz. No supe qué decir.

Le fijo la gasa.

—También vi a mi tío. Vittorio ya está metiendo presión. Están moviendo dinero. Preparándose para un nuevo régimen.

—¿Y tu padre?

—Vivo. Pero... no por mucho tiempo si no hago algo.

La miro.

Se le quiebra la voz.

—Me salvó, Rylan. De verdad. Y puede que eso no borre lo que ha hecho, pero para mí significa algo.

Asiento.

Se recuesta.

—Pero ya no quiero estar en ese mundo.

—Pues no estés.

—No puedo irme sin más.

—Puedes —digo—. Conmigo.

Se me queda mirando.

Le aparto el pelo de la cara.

—Viniste aquí porque ya no quieres luchar sola.

—No quiero necesitarte.

—Yo tampoco quiero necesitarte.

Me agarra el brazo.

—Pero te necesito.

La atraigo hacia mí.

Nos quedamos en silencio durante mucho tiempo. El búnker zumba suavemente a nuestro alrededor. El olor a humo aún se aferra a nuestra piel, pero lo peor ha quedado atrás, por ahora.

Al final, su respiración se calma.

Se queda dormida en mis brazos.

Pero yo no duermo.

Porque esto lo cambia todo.

Alguien ha intentado matarla otra vez.

Y ahora van a pagar.

Todos y cada uno de esos hijos de puta.