RYLAN
El interior del avión huele a cuero viejo y acero.
Tengo un pitido en los oídos que no consigo quitarme, y la cinta americana que usaron para atarme las muñecas me muerde la piel cada vez que me muevo. Aunque no lo hago. Moverse es malgastar energía, y voy a necesitar toda la que tenga cuando aterricemos.
No me sedaron.
No les hizo falta.
Dos hombres sentados frente a mí. Uno con la cabeza rapada y un nudillo hinchado que no para de frotarse, como si estuviera orgulloso de cómo se lo ganó. El otro permanece callado, observando. Su pierna izquierda no deja de moverse a un ritmo constante, como si contara los segundos.
Siena no está en la cabina.
Se subió al otro coche, al que se subió su padre. Al que no me metieron a mí.
Hace doce horas, probé su piel y me dije que no significaba nada.
Ahora estoy en una caja de metal con sangre en la boca y sin refuerzos.
Quizá la subestimé. O quizá solo subestimé cuánto quería que fuera real.
Miro el suelo, pero mi mente no para. Nunca para.
Salimos de Islandia hace doce horas.
Sin ventanas en la bodega de carga donde me tuvieron la primera mitad del vuelo.
Solo oscuridad, frío y algún que otro bandazo de turbulencia.
Luego el traslado: otra furgoneta negra, esta con cristales tintados y matrícula falsa, nos llevó a lo que solo puedo suponer que es un complejo.
En algún lugar remoto. En territorio estadounidense, quizá al norte del estado de Nueva York, quizá en las afueras de Filadelfia.
Sin señales en la autopista, sin antenas de móvil, sin interferencias en mis comunicaciones.
Solo eso me dice que este lugar está vigilado electrónicamente.
Llegamos a una estructura que parece un internado renovado: larga, estrecha, con ventanas reforzadas y setos recortados en la entrada, como si les importaran las apariencias. Dentro, hay más silencio del que debería. Demasiados pasillos, muy poca gente.
El silencio es una trampa.
Me guían bajo tierra. Suelo de cemento. Paredes gruesas. Fluorescentes de tubo en el techo, zumbando débilmente. Luego me empujan a una silla y me encadenan las muñecas a los reposabrazos.
Todavía no hacen preguntas.
Primero, me golpean.
Un golpe en el estómago. Dos en la cara. No son golpes salvajes. No son caóticos. Están medidos, espaciados con tiempo suficiente para que el dolor se propague. Diseñados para debilitar, no para matar.
No les doy el gusto de oírme.
No al principio.
Luego empiezan las preguntas.
—¿Cómo estáis accediendo a nuestros muelles?
—¿Quién te pasa los horarios de los envíos?
—¿Cuál es tu conexión con Saúl Santiago?
Sonrío con los dientes ensangrentados y dejo caer la cabeza hacia atrás contra la pared.
Continúan.
Descargas eléctricas. Ahogamiento simulado. Porras de goma en las costillas y los muslos.
Alguien me agarra del pelo y me levanta la cabeza.
—¿Te parece gracioso?
Le escupo sangre en las botas.
—Un poco.
Me golpea la cabeza hacia un lado. La visión se me desenfoca.
El tipo del nudillo hinchado se aleja, paseándose. El calvo enciende un cigarrillo como si estuviéramos en una película bélica antigua. Oigo el raspar del mechero incluso por encima del pitido en los oídos.
Siena entra horas después.
El pelo recogido en una trenza tirante. Mirada impenetrable. Brazos cruzados, las botas repiqueteando en el cemento mientras se acerca a mí.
Su rostro no revela nada.
Ninguna preocupación.
Ninguna irritación.
Ninguna ira.
Solo... vacío.
Se detiene frente a los dos hombres.
—Fuera.
—Don Moretti dijo que debíamos supervisar...
—He dicho fuera.
Su tono es tan afilado que podría cortar una garganta.
Los hombres intercambian una mirada. El calvo se encoge de hombros.
—El jefe dice que si quieres la sala, es tuya.
Se van.
La puerta se cierra tras ellos.
No me mira enseguida.
Se toma su tiempo para acercarse al carrito de metal en la esquina, coge un paño húmedo, lo dobla una vez. Luego se vuelve.
—Podrías habértelo puesto más fácil.
Me río y hago una mueca. Tengo la mandíbula agarrotada.
—¿Crees que me importa lo fácil?
Se agacha frente a mí y me presiona el paño con suavidad sobre el corte de la ceja. Escuece, pero no me inmuto.
No me mira mientras habla.
—Solo dinos lo que sabes. Danos algo. Un nombre. Una ruta. Un método. Algo que podamos verificar.
—¿O qué?
—No sales vivo de esta habitación.
Ladeo la cabeza.
—Así que ahora eres tú quien reparte las amenazas.
—No te estoy amenazando. Te estoy diciendo cuál es el único resultado posible si no cooperas.
La estudio.
No su boca.
No sus ojos.
Su rostro.
Inexpresivo. Sereno.
Pero hay algo demasiado inmóvil en ella.
Un titubeo en su respiración. La tensión en los hombros. Como si estuviera atrapada entre querer ayudarme y tener que seguir con su papel.
Sonrío.
Luego digo su nombre.
—Juliet.
Sus ojos tiemblan.
—Kyra.
Una inspiración lenta.
—Danielle. Alessia. Mae. Charlotte. Y luego la que usaste en Praga. La de los rizos negros y el acento alemán... ¿cómo se llamaba? ¿Sabine?
Sus dedos se cierran sobre el paño.
Me inclino más, bajando la voz.
—Has llevado una docena de nombres como si hubieras nacido con ellos. Pero a mí me diste el verdadero.
No se mueve.
—Siena.
Saboreo las sílabas. Dejo que el nombre flote en el aire.
—¿Por qué?
Se endereza lentamente. No se aleja.
—¿De qué estás hablando?
—No tenías que decirme tu nombre. Sabías que tarde o temprano investigaría. Sabías que rastrearía tu expediente, que cazaría cada versión de ti.
—¿Y?
—Entonces, ¿por qué entregarlo tan fácilmente? ¿Por qué darme algo real?
Su expresión cambia apenas. No es un estremecimiento. Solo un leve entrecerrar de ojos.
Levanto una ceja.
—Solo me bastó comerte el coño una vez.
Eso le llega.
Apenas.
Pero sus labios tiemblan, y aparta la mirada como si estuviera decidiendo si abofetearme o reírse.
—De todas las razones para romper el protocolo —continúo en voz baja—, entregaste un dato clave por un hombre al que se suponía que debías manipular. Y aun así no sacaste nada de mí.
Se vuelve para mirarme de frente.
Y dice sin rodeos:
—No lo sé. Quizá es que lo haces así de bien con la lengua.
Eso me hace sonreír.
Incluso con el labio partido, no puedo evitarlo.
Su boca se ha suavizado, menos en guardia. Pero su postura no ha cambiado. Sigue aquí por trabajo.
Miro la cámara en la esquina.
Siguen mirando.
Escuchando cada palabra.
Bien.
La miro de nuevo.
—Acércate más.
Duda.
—Más cerca.
Da dos pasos y queda entre mis rodillas.
Me inclino lo justo para acercar los labios a su oído.
Su trenza me roza la mandíbula. Huele a menta y a algo dulce por debajo. Su respiración se tensa. Su espalda se pone rígida.
Susurro:
—Voy a darte treinta segundos de ventaja.
No se aleja.
Sonrío.
—Luego corres. Pero que no te quepa duda, cariño, solo te dejo ir porque prometí follarte.
Miro el reloj de la pared.
—Ahora, Siena. Corre ya.
Retrocede lentamente.
Tiene los ojos muy abiertos, y casi puedo saborear el miedo mezclado con deseo en su mirada. Intenta ocultarlo, pero la leo como un libro abierto.
Al ver que hablo completamente en serio, traga saliva y se gira.
Y entonces corre.
Sus botas resuenan en el pasillo mientras la puerta se abre de golpe.
Y mientras me recuesto en la silla, con las esposas todavía jodidamente apretadas, mi sonrisa se ensancha.
Porque lo decía en serio. Cada palabra. En menos de treinta segundos se va a desatar el infierno.
Flashback
Cuatro horas después de que Reed prometiera volver con detalles sobre Siena y su paradero, me devolvió la llamada.
—No te va a gustar esto.
—Dilo de todos modos.
—Siena Moretti. Veintiséis años. Italoamericana. Extraoficialmente conectada a cinco alias internacionales, uno de los cuales ya conociste. Juliet. Probablemente su alias más flojo, en mi opinión.
No dije nada.
—Es real. Infiltrada profunda. Nacida en Nápoles. Registros manipulados. Tiene un entrenamiento anterior a tu participación en toda esta vendetta. Joder, apostaría dinero a que la estaban preparando para trabajo de campo antes de que quemaran tu unidad.
—¿Es la hija?
—Sí. La hija.
Dejó que eso flotara en el aire.
Luego:
—¿Todavía quieres ir a por ella?
Miré por la ventana. La nieve caía suave en el borde de los árboles. El mundo demasiado jodidamente tranquilo para lo que sentía bullendo en mis tripas.
—Sí.
—Sabes que esto podría joder toda la misión.
—Lo sé.
Hubo un silencio antes de que volviera a hablar.
—Entonces te prepararé.
—Ya lo hice yo.
Me senté en la encimera del baño después de esa llamada. Cogí un bisturí. Me hice un corte en la cara interna del bíceps izquierdo. Justo debajo del músculo. Introduje la cápsula rastreadora, del tamaño de un caramelo de menta. Junté la carne y la sellé con pegamento quirúrgico.
—Si mi señal se mueve —le había dicho—, vigila. Si se detiene…
—Lo reviento todo.
Sonreí.
Reed es muchas cosas: desordenado, malhablado, obsesivo, pero cumple las promesas como guarda los detonadores. A mano, bien cuidados y siempre listos para estallar.
También funciona con una manía extraña que, no sé cómo, no nos ha matado en todos los años que llevo conociéndolo.
El tío solo actuaba en punto. Las doce. Las seis. Medianoche. Amanecer. La precisión era su religión. Decía que le mantenía la cabeza en orden cuando todo lo demás amenazaba con venirse abajo.
Así que cuando me tiraron a esa habitación esta mañana, encadenado y molido a golpes, miré el reloj de pared como si fuera mi único dios. El minutero avanzaba hacia las seis, lento y cruel.
Y cuando Siena entró, supe lo que tenía que hacer.
Le dije que corriera.
Porque en cuanto el reloj marcara las seis, se desataría el infierno.
Presente.
Estoy sentado en la silla, con las muñecas aún encadenadas a los reposabrazos, mientras los pasos de Siena resuenan por el pasillo a su espalda.
La habitación vuelve a estar vacía.
La luz de la cámara parpadea en la esquina.
Tengo los labios agrietados. Me duele el costado. Creo que tengo una costilla magullada, quizá fracturada. La sangre en la comisura de la boca está seca, se descama con cada respiración.
Pero no me muevo.
Todavía no.
Porque el segundero del reloj de pared está a punto de llegar.
Las seis en punto.
Clic.
El minutero da un salto.
Y entonces...
Bum.
El suelo tiembla.
Las luces parpadean una vez y se apagan del todo.
La pared a mi izquierda vibra con una segunda explosión, más seca.
Cae polvo del techo. En algún punto del pasillo, empiezan los gritos.
La luz de la cámara se apaga.
Sonrío.
Otra explosión sacude el complejo.
Un pitido agudo me taladra el cráneo, seguramente una carga concusiva cerca del centro de vigilancia. Reed sabe dar en los puntos ciegos. Cómo inutilizar un sistema de seguridad sin tirar abajo todo el edificio.
Más gritos. Botas que corren.
Otro estallido, este más fuerte, más cerca. Metal que repiquetea. Luego disparos: ráfagas cortas. Controladas.
Alguien grita.
Sigue otro estruendo, y ese lo conozco de memoria.
C-4.
No mucho. Solo lo justo para abrir brecha.
Ya está dentro.
Tenso las muñecas, me recoloco, cuento hasta cuatro.
Entonces la puerta se abre de golpe.
El humo entra a raudales.
Una figura emerge de él.
Máscara antigás. Botas de combate. Camiseta gris con letras descoloridas que reza Volé la cocina de tu madre en Comic Sans.
Reed Carson.
Se quita la máscara y me dedica una sonrisa.
—Hola, cariño.
—Te has tomado tu tiempo.
Se encoge de hombros.
—El reloj marcaba las seis.
Cruza la habitación, saca unos cortapernos de la bolsa que lleva cruzada y corta las cadenas como si fueran de mantequilla.
En cuanto mis muñecas quedan libres, flexiono las manos.
Me lanza una pistola nueva.
—Tus juguetes. Cargada.
—¿Dónde está Siena?
—Salió corriendo antes de que yo entrara. Le dijiste que corriera, ¿no?
Asiento una vez.
Le dije que corriera. Incluso después de todo.
Y aún quiero que esté a salvo. Esa es la parte que no sé cómo encajar.
—Entonces seguramente siga respirando.
Más disparos a su espalda.
Reed lanza un bote de humo al pasillo y saca una segunda pistola del cinturón.
—Tenemos que movernos, R. No he traído invitación para refuerzos. Solo estamos yo y mis juguetitos explosivos.
—¿Estás loco?
—Sí.
Se asoma al pasillo, dispara dos veces.
—Bienvenido.
Paso junto a él y me adentro en el humo.
¿Moretti quiere guerra?
Pues que así sea, joder.