RYLAN
No se ha inmutado ni una sola vez.
Ni cuando la registré buscando un micrófono. Ni cuando le limpié la sangre de la sien. Ni siquiera cuando dejé la Glock sobre la mesa, justo fuera de su alcance.
Quienquiera que sea, es buena.
Demasiado buena.
De esas que acaban haciendo que maten a alguien.
Dice que se llama Juliet. Bonito. Puntos por originalidad. Pero todo lo demás de su historia es sospechoso. ¿Civil? Y una mierda. Los civiles no mantienen presión sobre una herida de bala sin vomitar. No salen de una emboscada con una postura perfecta y una mirada firme.
No te hacen querer saber más.
Está sentada en mi sofá, con una de mis camisas puesta, bebiendo mi café como si fuéramos amantes la mañana siguiente. Debería haberla echado en cuanto dejó de sangrar. Pero la dejo quedarse el tiempo suficiente para ver qué hace a continuación.
Los errores revelan la verdad.
Me mira como si supiera que la estoy analizando. Calculando. Buscando la grieta bajo la calma.
Todavía no la he encontrado.
—¿Y ahora qué? —pregunta con voz baja, indescifrable.
Me apoyo en la encimera con los brazos cruzados.
—Ahora decido qué tipo de problema eres.
—Te dije la verdad.
La miro largamente.
—Y yo soy famoso por creer en cuentos de hadas.
Exhala bruscamente y se aparta el pelo del hombro. No me pierdo la rápida mirada que le lanza al arma. Demasiado rápida. Demasiado entrenada.
Acerco la Glock hacia mí. Sus ojos bajan un instante y se apartan enseguida.
Ahí está. El primer indicio.
Y eso debería bastar para cerrar esto. Para trazar la línea, terminar la evaluación y hacer lo que he hecho cien veces: neutralizar la variable y seguir adelante. Pero no me muevo. Ni siquiera respiro como debería.
Hay algo en su presencia que golpea como un déjà vu envuelto en peligro. Algo contra lo que debería resistirme. Pero en cambio, siento una jodida curiosidad.
Eso es una debilidad.
Solía ver ese mismo destello en novatos haciéndose los duros. No miedo: cálculo. Ya ha hecho esto antes. Está midiendo salidas, probabilidades, reacciones.
Debería interrogarla como es debido. Atarla. Empezar a hacer preguntas que duelan. Pero algo me detiene.
No es un punto débil. De esos ya no me quedan.
¿Pero esta mujer?
No es solo una incógnita. Es una jodida chispa, y si me acerco demasiado, voy a arder.
Y lo peor: no quiero apartarme.
Me acerco un paso, lo suficiente para que se le enderece la espalda. Lo oculta bien, pero noto la microtensión en su mandíbula. Cómo se le aprietan los dedos alrededor de la taza.
—Te pillaron en el fuego cruzado —digo—. Pero no pareces alterada.
—¿Debería estarlo?
No respondo.
Hay algo eléctrico en el silencio. No es química. No exactamente. Es más como un cable con corriente tendido entre nosotros. Un paso en falso y saltará la chispa.
—¿Piensas retenerme aquí? —pregunta.
—Todavía no lo he decidido.
Se levanta. Lentamente. Deliberadamente. El dobladillo de mi camisa le roza los muslos. Sabe exactamente lo que está haciendo.
—Entonces te lo pongo fácil —dice—. Me voy.
Le bloqueo la puerta antes de que pueda alcanzarla.
Se detiene en seco. Sin miedo. Solo... midiendo.
—¿Quieres decirme qué estabas haciendo realmente allí anoche? —pregunto.
—Te lo dije.
—Mentiste.
Su voz se reduce a un susurro.
—Tú también.
No debería afectarme así.
Pero lo hace.
Porque no se equivoca, y eso podría ser lo más peligroso de ella. No es solo una manipuladora. Es un espejo. Y odio lo que veo.
Durante un segundo, ambos guardamos silencio.
Pasa a mi lado, abre la puerta y sale con la cabeza bien alta.
Y la dejo.
Pero no sin antes deslizar un rastreador en el forro del abrigo que cogió de mi silla.
Dejarla ir es un riesgo. Uno estúpido. Pero confío más en el dispositivo que en ella. Si corre hacia Moretti, lo sabré. Si vuelve al almacén, lo sabré.
Aun así, no puedo quitarme la sensación de que se me escapó algo. De que todo el maldito tiroteo fue orquestado para ponerla en mi camino.
¿Y si es verdad?
Entonces esto no es solo una mala pista.
Es una trampa en la que ya estoy metido.