XXIII #3
—Te lo doy —dijo ella contra su piel—. Todo. Con los ojos abiertos. Sin que nadie me empuje.
Frederick la levantó en brazos.
Como en el patio de la casa del Foyle, al bajarla del caballo, la primera mañana.
Como en el jardín de Grosvenor Square, bajo la tormenta.
Como si no pesara nada. Y la llevó hasta la cama de roble con el cobertor de lana gris, junto a la ventana abierta por la que entraba la lluvia, y la dejó encima con un cuidado infinito, y se tendió a su lado.
Y lo que pasó después no lo supo nunca nadie más que ellos dos. Ni Bridget, aunque lo sospechaba todo. Ni el condado de Londonderry, aunque cantaba canciones al respecto en la cocina. Ni las hermanas, aunque Miriam preguntó al día siguiente con mucho interés y Alana le tiró un cojín a la cabeza.
Genoveva solo sabría, el resto de su vida, que fue despacio.
Que él le preguntó. Cada vez. Con los ojos, con la boca, con las manos que se detenían y esperaban hasta que ella decía que sí.
Que hubo un momento en que dejó de pensar, igual que bajo la lluvia de Grosvenor Square, y solo sintió.
Que su cuerpo, que había aprendido durante veinte años a quedarse quieto, a no respirar, a no moverse, a ser perfecto, descubrió aquella noche que sabía hacer otras cosas.
Que sabía arquearse. Que sabía temblar. Que sabía buscar. Que sabía pedir.
Que sabía gritar y que en la cocina, abajo, alguien empezó a cantar más fuerte para que no lo oyeran los demás.
Y que ella se rió. Con él encima, con su pelo rojo cayéndole sobre la cara, con su boca en su cuello, con la lluvia entrando por la ventana sin rejas y mojándoles los pies.
Se rió con la cabeza echada hacia atrás, a carcajadas, sin taparse la boca, sin esconderse.
Y él se rió con ella, contra su piel. Y después ya no se rieron.
Durmió toda la noche, de un tirón, sin despertarse a las cuatro, sin bajar a ninguna biblioteca, sin mirar por ninguna ventana hacia el oeste.
Durmió con la cabeza en el hueco de su hombro, en el sitio exacto donde se había dormido la primera noche, a caballo, camino del norte, con las cartas entre los dos.
Con su brazo alrededor de la cintura. Con su corazón latiendo despacio bajo la oreja.
Durmió como no había dormido desde los quince años.
Cuando abrió los ojos, entraba luz por la ventana. Luz de verdad. No gris. Dorada. Había dejado de llover. Por primera vez desde que había llegado a Irlanda en junio, había salido el sol sobre el Foyle a primera hora de la mañana.
Él estaba despierto. La miraba. Con la cabeza apoyada en la mano, el codo en la almohada, el pelo rojo revuelto, el pecho desnudo. Tenía los ojos claros otra vez. Pálidos. Del color del cielo de enero sobre Kent. La miraba como se mira algo que se lleva mucho tiempo buscando.
—Has dormido —dijo.
—Toda la noche.
—Lo sé. Te he mirado.
—¿Toda la noche?
—Desde las cuatro. —Sonrió—. Por costumbre.
Genoveva se rió. Se dio la vuelta en la cama. Lo miró desde abajo, desde la almohada, con el pelo suelto sobre la lana gris.
—¿Y tú? ¿Has dormido?
Frederick la miró un largo momento.
—Una noche entera —dijo—. Por primera vez en once años.
Se quedaron así un rato, mirándose, sin decir nada. Afuera, el río bajaba hacia el mar con la paciencia de quien sabe que siempre llega. Una garza levantó el vuelo desde la orilla. En el patio, alguien partía leña. Después él se levantó. Se puso la camisa sin abrochar. Le tendió la mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—Al río.
Bajaron descalzos. Ella en camisa, con el chal de lana de Bridget sobre los hombros. Él en camisa, con los pies desnudos sobre la hierba mojada. Por la escalera de piedra, por el vestíbulo vacío, donde todavía quedaban vasos de la noche anterior, por la puerta principal, que nadie había cerrado.
Bajaron la loma hasta la orilla del Foyle. Entre los juncos. Hasta el sauce donde, en junio, una yegua llamada Niamh se había detenido después de galopar, y un hombre le había pedido a una mujer que se bajara del caballo porque si no iba a hacer algo de lo que los dos se arrepentirían.
Se sentaron en la hierba, bajo el sauce, con los pies en el agua fría. No había ninguna carta. Ni en el bolsillo de él. Ni en la mano de ella. Ni encima de ningún escritorio. Ninguna noticia de Dublín, ni de Londres, ni de Keady. Ningún informe. Ninguna gaceta.
Solo el río.
Genoveva apoyó la cabeza en su hombro. Él le rodeó la cintura con el brazo. Y se quedaron allí, con los pies en el agua y el sol en la cara, mirando bajar el Foyle hacia el mar.
Quiero bajar al río por la mañana sin leer ninguna carta.
Eso había escrito él, en el primer papel áspero que olía a turba. Lo primero de la lista. Antes de la casa sin rejas. Antes del apellido que fuera solo un apellido. Antes de dormir una noche entera.
Genoveva cerró los ojos.
Sintió el sol en los párpados. El agua fría en los tobillos. El brazo de él en la cintura. El corazón de él bajo la mejilla, despacio, tranquilo, como un hombre que por fin no tiene nada en qué pensar.
No dijo nada.
No hacía falta.