La hija perfecta EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Los miércoles, la marquesa de Londonderry recibía.

No en el salón, que seguía sin usarse porque Bridget se negaba a encender la chimenea para menos de diez personas.

En el despacho. En el escritorio enorme junto a la ventana, frente al río.

En la silla de enfrente se sentaban las viudas, los granjeros, los jóvenes que discutían por una vaca, las muchachas embarazadas con sus padres, los ancianos ciegos guiados por sus nietos.

La marquesa los escuchaba sin interrumpir. Después les hacía preguntas. Cuánto pagaban antes. Cuánto les pedían ahora. Cuántas vacas. Cuántas gallinas. Lo anotaba todo en un papel, con su letra pequeña, inclinada, perfecta.

Y después escribía cartas.

A administradores. A terratenientes de Bath y de Londres y de Dublín.

A obispos. A jueces. A primas de lady Ashcombe y a tías de lady Pembroke y a todos los nombres de todos los salones de Londres que había memorizado durante veinte años sin saber para qué.

Cartas educadas, impecables, con la caligrafía que una institutriz le había hecho practicar mil veces sobre las mismas planas. Cartas que nunca exigían.

Proponían.

El marqués se sentaba a su lado. Con los antebrazos sobre la mesa, las mangas remangadas, una pluma en la mano. Escribía con números. Ella escribía con nombres. Entre los dos, la viuda Quinn no había tenido que pagar ni un penique más de renta. Ni ella ni otras cuarenta y tres familias del condado.

A veces, cuando se iba el último, él la miraba por encima del escritorio, con las manos manchadas de tinta hasta la segunda falange. Y ella se miraba la yema del índice derecho, donde había siempre, siempre, una mancha pequeña y negra y redonda, como un sol.

Nunca se la limpiaba.

Las cartas de sus hermanas llegaban los jueves, con el correo de Derry. Genoveva las leía junto al río, bajo el sauce, con los pies en el agua cuando hacía buen tiempo y envuelta en el chal de Bridget cuando no.

La de Alana llegaba siempre la más gruesa.

Llevaba seis meses en Londres discutiendo por carta con un marqués francés emigrado sobre Rousseau, sobre la Asamblea, sobre si las gallinas tenían derecho a quemar el gallinero, sobre si un hombre que había perdido su castillo podía seguir llamándose marqués.

Le he dicho que no, escribía Alana. Que un título sin tierras es como un zorro sin cola.

Él me ha contestado que entonces debería llamarle simplemente Edmundo.

Me niego en redondo. Por principio. Aunque lo he escrito tres veces en el margen de esta carta para ver cómo queda.

Queda espantoso. No se lo digas a nadie.

La de Miriam venía de Viena.

Había convencido a su padre de que la dejara ir a estudiar música durante un año, con la tía Beatrice como carabina, lo cual, según Miriam, era como mandar a un gato a vigilar una pecera con un perro como carabina.

Escribía poco. Sus cartas eran cortas, desordenadas, llenas de pentagramas dibujados en los márgenes.

Pero en todas, en algún lugar, entre una sonata y una ópera y una queja sobre el frío de Viena, aparecía un barón bávaro que se saltaba repeticiones y que, desde hacía tres meses, ya no se las saltaba.

La de Cristina llegaba manchada de lágrimas.

Siempre. Desde hacía un año. Digory Hamilton, marqués de Sutherland, le había pedido que bailara con él en tres bailes seguidos de la temporada.

Humberto Hamilton, su hermano menor, conde por uno de los títulos menores de la familia y segundo en todo lo demás, había bailado con ella en los tres bailes siguientes.

Los dos le escribían. Los dos le mandaban flores.

Los dos se habían dejado de hablar entre ellos.

No sé qué hacer, Vev, escribía Cristina.

Los quiero a los dos. ¿Es eso posible? ¿Se puede querer a dos hombres a la vez?

Genoveva leía aquella línea bajo el sauce, con los pies en el agua del Foyle, y sonreía. Y le contestaba siempre lo mismo.

Sí, Tina. Se puede. Pero un día te despertarás y sabrás cuál de los dos te hace olvidar que existe una cortina.

La última carta de aquella primavera no venía de ninguna de sus hermanas. Venía de Sussex. Con el sello de Wexford. Con una letra grande, redonda, un poco torpe.

Genoveva la abrió bajo el sauce. Frederick, a su lado, tendido en la hierba con un libro en irlandés sobre el pecho, abrió un ojo.

Era una carta corta. Alexander nunca escribía cartas largas.

Le contaba que su hombro estaba completamente curado, aunque le dolía cuando iba a llover, es decir, siempre, en Sussex.

Que los rosales del jardín del sur habían florecido por fin.

Que había ido a Bath en febrero, a tomar las aguas, y que allí, en un concierto en las Salas de Asamblea, una joven sentada dos filas por delante de él se había echado a reír en mitad de un aria muy solemne, porque el tenor había desafinado de una manera espantosa, y se había tapado la boca con las dos manos para que nadie la viera.

No sé cómo se llama todavía, escribía Alexander. Pero esta vez no pienso esperar seis años para preguntárselo.

Y debajo, en una línea aparte:

Dale recuerdos a Donovan. Y dile que he visto un retrato suyo en una gaceta de Dublín. Sigue llevando la corbata espantosamente mal anudada.

Genoveva se echó a reír.

Frederick se incorporó en la hierba.

—¿Qué dice?

Ella le tendió la carta. Él la leyó. Llegó al final. Y se rió también, con la cabeza echada hacia atrás, al sol, bajo el sauce.

—Ese hombre —dijo.

—Sí.

—Merecía ganar.

Genoveva le quitó la carta de las manos. La dobló en tres. Con precisión matemática.

—Ha ganado —dijo—. Solo que no a mí.

Esa noche, cuando la casa dormía, Genoveva bajó al vestíbulo.

No a las cuatro. Hacía mucho que no se despertaba a las cuatro. A medianoche, después de que se fuera el último de los arrendatarios que habían venido a cenar, después de que Bridget apagara el fuego de la cocina y Brennan cerrara los establos.

Se quedó de pie frente a la puerta principal. La de roble. La que no tenía otra llave. La llave colgaba de un clavo en la pared, junto al marco. Negra. Antigua. Con la cabeza en forma de trébol. Los bordes gastados por cien años de manos, y por dos años de las suyas. Nunca la usaban.

La puerta del Foyle no se cerraba. Ni de día ni de noche.

La viuda Quinn entraba sin llamar los miércoles.

Brennan entraba sin llamar a todas horas.

Una noche de enero había entrado Liam Doyle, empapado, con un mensaje de Keady, y se había quedado dormido en la cocina junto al fuego, y Bridget lo había tapado con una manta y le había dado leche con miel al despertar.

Genoveva descolgó la llave del clavo. La sostuvo en la palma.

Pesaba lo mismo que la primera noche, en el tercer escalón, con el camisón de flores azules.

Detrás de ella, en lo alto de la escalera, oyó pasos, descalzos, despacio.

No se volvió. Él bajó, se detuvo a su espalda, le rodeó la cintura con los brazos, apoyó la barbilla en su hombro y miró la llave en su mano.

—¿Vas a cerrar? —dijo, en voz baja, con la boca contra su pelo.

Genoveva miró la puerta. La madera de roble. El picaporte de hierro. La cerradura que no se había usado en dos años.

Afuera, la noche de primavera. El río bajando hacia el mar. El olor a turba y a hierba mojada. Las estrellas sobre las colinas del este. Orión empezando a esconderse por el oeste, como cada primavera, para volver en otoño.

Volvió a colgar la llave en el clavo.

—No —dijo.

Se volvió entre sus brazos. Lo miró a la cara. A los ojos, que la luz de la única vela del vestíbulo no conseguía cambiar.

Salvo cuando la miraban a ella.

—Esta casa no tiene rejas y tampoco va a tener cerrojos.

Subieron juntos, de la mano, descalzos, despacio, dejando atrás la puerta abierta de par en par a la noche irlandesa, y una llave de hierro colgada de un clavo que no volvería a girar nunca.

Fin