La hija perfecta XXIII #2
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XXIII #2

Bridget en el primer banco, con un sombrero que nadie le había visto nunca y que, juraría Brennan años después, se había comprado en Derry con los ahorros de diez años.

Brennan a su lado, con unas botas nuevas que le había regalado Frederick y que le quedaban perfectas.

Callahan, que había venido desde Dublín y no paraba de sonreír como un hombre que ha ganado una apuesta.

La viuda Quinn con sus tres niños. Maire Conlon con su bebé en brazos y su marido Seán, de diecinueve años, recién salido de la cárcel de Armagh.

El anciano ciego al que Frederick había hecho reír en irlandés, guiado por su nieto.

Los dos jóvenes de la vaca, que se habían sentado juntos.

La muchacha que estaba embarazada en junio, con un bebé de cuatro meses.

Y al fondo, de pie junto a la puerta, con la gorra en la mano y la mirada clavada en el suelo, Cormac Keogh.

Con Nuala a su lado, con el niño pequeño en brazos y el otro agarrado a las faldas.

Y junto a Nuala, un muchacho rubio, delgado, con una peca debajo del ojo izquierdo, que había llegado desde Londres la semana anterior con una carta de indulto firmada por un juez de Newgate y una nota de un duque inglés que decía solo que su madre se sienta orgullosa.

Liam Doyle no levantó la vista del suelo en toda la ceremonia. Pero cuando Genoveva pasó a su lado, del brazo de su padre, camino del altar, la miró. Y ella le sonrió.

Miriam tocó en el armonio desafinado de la iglesia.

No era un clavicordio de antes de Cromwell.

Era peor. Pero tocó una pieza que nadie conocía, una sonata lenta, alemana, que había llegado en un sobre desde Viena dos semanas antes con una nota que decía esta vez sin saltarme ninguna repetición, y la tocó tan bien, con tanto cuidado, que la iglesia entera se quedó en silencio.

Y Genoveva caminó hacia el altar.

Del brazo de su padre. Despacio. Por el pasillo de piedra entre los bancos. Con el vestido azul de una muerta y el pelo suelto y las mejillas rojas del viento del río. Con barro en los zapatos, porque había llovido toda la mañana y el camino del pueblo era un lodazal.

Al fondo del pasillo, junto al altar, la esperaba él.

Con la chaqueta oscura que le apretaba en los hombros, la que Callahan le había obligado a comprarse en Dublín para ir a Londres.

Con el pelo rojo recogido en la nuca con una cinta negra.

Sin la cicatriz amarilla del ojo, que ya se había borrado.

Sin corbata. Se había negado. Había dicho que si se ponía corbata, el duque de Wexford tendría algo que decir desde Sussex, y que prefería no darle el gusto.

La miró venir.

Y sus ojos, que la luz no conseguía cambiar, se oscurecieron en cuanto ella cruzó la puerta.

Richard se detuvo al llegar al altar. Se volvió hacia su hija. Le tomó la mano. La miró un largo momento, con las gafas de leer colgando del chaleco y los ojos húmedos.

No le dijo nada. Le besó la frente.

Y después, en lugar de poner la mano de su hija en la de Frederick, como mandaba la costumbre, como había hecho su propio padre con Violet treinta años antes en la iglesia de St. George, la soltó.

La dejó libre. En el aire. Entre los dos.

Y se apartó.

Genoveva miró la mano de su padre, que se retiraba. Miró la suya, sola, en el aire. Miró a Frederick.

Y cruzó ella el último paso.

Puso su mano en la de él. Sola. Sin que nadie la llevara.

El párroco anciano se equivocó otra vez con su nombre. La llamó Genevieve. La tía Beatrice soltó un bufido audible. Alana se rió. Y Genoveva, de pie frente al altar de piedra de una iglesia irlandesa, con su mano en la de un hombre que no sabía pedir, se rió también.

No detrás de ninguna cortina.

Cuando el párroco le preguntó si quería, Genoveva no dijo será un honor. Dijo sí. Y después, en voz más baja, para que solo él la oyera: —Lo quiero.

La noche llegó despacio, como llegan las cosas que se han esperado mucho.

Hubo cena en la cocina, porque el comedor de la casa no se usaba desde la muerte de la señora Donovan y Bridget se negó a encender la chimenea por una boda, ni siquiera por aquella.

Hubo veinte personas apretadas en la mesa de roble que habría podido sentar a veinte y no a treinta.

Hubo cordero, y pan negro, y mantequilla salada, y whisky irlandés que hizo toser a la tía Beatrice y sonreír a Richard.

Hubo música: Miriam en un violín prestado, Callahan cantando una canción irlandesa tan triste que hizo llorar a Violet, y después otra tan alegre que hizo bailar a Cristina con Brennan alrededor de la mesa. Hubo risas.

Y a medianoche, cuando ya nadie se acordaba de ellos, Frederick le tomó la mano por debajo de la mesa y la miró.

No dijo nada.

Genoveva se levantó.

Subieron la escalera en silencio. Despacio. De la mano. Por los escalones de piedra gastados por doscientos años de pasos. Hasta el final del pasillo del segundo piso, hasta una puerta de roble que Genoveva no había cruzado nunca en los veinte días de junio ni en las dos semanas de noviembre.

Su habitación.

Frederick abrió la puerta. No entró. Se apartó para dejarla pasar.

Era una habitación grande, de techo bajo, con vigas de madera oscura.

Una chimenea de piedra encendida, con un fuego de turba que olía exactamente a él.

Una cama enorme, sencilla, de roble, con un cobertor de lana gris.

Libros en el suelo, junto a la cama. Una silla con una chaqueta echada encima.

Y una ventana. Alta. De cristales emplomados.

Abierta de par en par al río y a la noche, sin una sola reja.

Fuera llovía. Una lluvia suave, fina, que entraba por la ventana y mojaba un poco el alféizar de piedra. Genoveva se quedó en el centro de la habitación. Él cerró la puerta tras de sí.

No echó el cerrojo.

Se miraron. A la luz del fuego. Ella con el vestido azul de su madre. Él con la chaqueta oscura que le apretaba en los hombros. A tres pasos. Como en Keady. Como en la biblioteca del Foyle. Como en el jardín bajo la tormenta.

—Dijiste —susurró ella— que cuando me tuvieras, no sería a escondidas.

—Lo dije.

—Que sería en tu casa. En tu cama. Con la puerta abierta y la ventana sin rejas.

—Sí.

—Y que todo el condado de Londonderry sabría exactamente dónde estabas y con quién.

Frederick sonrió. Despacio.

—Hay veinte personas en la cocina en este momento cantando una canción irlandesa sobre lo que está a punto de pasar en esta habitación —dijo—. Creo que el condado lo sabe.

Genoveva se echó a reír y él cruzó los tres pasos.

No la besó enseguida. Se detuvo frente a ella. Muy cerca. Levantó las manos y le quitó las dos horquillas de hueso del pelo. Despacio. Una. Otra. Las dejó caer al suelo. El pelo se le soltó del todo y le cayó sobre los hombros, sobre la espalda, hasta la cintura.

Frederick le pasó los dedos por él. Desde la raíz hasta las puntas. Como ella había hecho con el pelo de Cristina tantas noches de tormenta.

Después le dio la vuelta. Con suavidad. Las manos en sus hombros. De espaldas a él, de cara al fuego.

Y empezó a desabrocharle el vestido.

Uno a uno. Los ganchos de la espalda. Despacio.

Con unos dedos que temblaban tanto que tardó el doble de lo necesario.

Genoveva sentía cada gancho al soltarse.

Sentía el aire de la habitación entrando en la piel de su espalda, cálido por el fuego, fresco por la ventana.

Sentía su aliento en la nuca. Sentía el corazón latiéndole en la garganta, en las muñecas, entre las piernas.

El vestido azul de la señora Donovan cayó al suelo.

Debajo llevaba el corsé. El de lino blanco, pespunteado. Su madre se lo había atado esa mañana, antes de peinarla. Con los cordones flojos. Muy flojos. Sin que nadie se lo pidiera.

Frederick se quedó mirando los cordones.

—Nunca he desatado uno de estos —dijo, con la voz ronca.

Genoveva se volvió a medias. Lo miró por encima del hombro.

—Yo sí. Cada noche. Sola. Durante veinte años.

Le tomó la mano. Le llevó los dedos al primer lazo, en la parte de abajo, a la altura de la cintura. Y le enseñó cómo tirar.

El lazo se soltó.

Frederick siguió solo. Cordón a cordón. Ojal a ojal.

Despacio. Y Genoveva sintió, como cada noche desde hacía veinte años, que el cuerpo se le abría como una mano que deja de apretar.

Que el aire le llegaba por fin al fondo de los pulmones.

Que la piel liberada se erizaba bajo el lino de la camisa.

Pero esta vez no estaba sola frente a una ventana con rejas mirando la niebla de Grosvenor Square.

Esta vez había unas manos. Las de él. Grandes. Calientes. Que dejaron caer el corsé al suelo junto al vestido y se quedaron, abiertas, en su cintura. Sobre la camisa de lino fino. Sobre las marcas rojas que las ballenas le habían dejado en las costillas.

Las recorrió con los pulgares. Despacio. Una a una. Como había recorrido la vena de su muñeca con tinta.

Genoveva cerró los ojos. Se le escapó un sonido.

—Esto —susurró él contra su nuca— es lo que te pertenece. Esto, cada noche. Tu cuerpo. Era lo único que era tuyo, ¿verdad? Cuando te quitabas esto.

—Sí.

—Ahora es tuyo siempre. —Le besó la nuca. El hombro. El hueco donde el cuello se encuentra con el hombro—. Y yo solo voy a tocarlo cuando tú me lo des.

Genoveva se volvió.

Despacio. Entre sus brazos. Hasta quedar frente a él, en camisa, descalza sobre el suelo de piedra caliente por el fuego, con el pelo suelto hasta la cintura. Lo miró. A la cara. A los ojos, negros, completamente negros.

Levantó las manos. Le quitó la chaqueta que le apretaba en los hombros.

La dejó caer. Le desabrochó la camisa. Botón a botón.

Como en el invernadero. Hasta abajo. Le abrió la camisa.

Le puso las palmas en el pecho. Sobre el vello rojizo, sobre los cardenales de Keady ya casi borrados, sobre el corazón.

Se inclinó. Y besó la cicatriz.

La pequeña. La redonda. La de debajo de la clavícula. La de un niño de tres años que se llamaba Brennan.

Lo sintió estremecerse de arriba abajo.