XXIII
UNA CASA SIN REJAS
El regalo de Alexander llegó tres días antes de la boda, en una caja de madera tan grande que hicieron falta dos hombres para bajarla del carro.
La trajeron hasta la casa del Foyle desde el puerto de Derry, por el camino de la loma, bajo una llovizna fina de noviembre que no llegaba a ser lluvia.
Bridget salió a recibirla secándose las manos en el delantal y mirando la caja con una desconfianza que reservaba para todo lo que venía de Inglaterra.
Genoveva bajó la escalera corriendo. Frederick salió del despacho con la pluma todavía en la mano.
La caja tenía el sello de Wexford. Nada más. Ni una nota en el exterior. Ni un nombre.
Brennan la abrió con una palanca, en el vestíbulo, delante de todos. Dentro, envuelto en paja y en paño de lana, había un tubo de latón largo, brillante, con tres patas plegadas de madera de nogal y una lente del tamaño de una mano en el extremo.
Un telescopio.
Genoveva se quedó inmóvil.
Debajo del telescopio, en el fondo de la caja, había un sobre. Sellado. Con su nombre, en una letra grande, redonda, un poco torpe. La letra de un hombre que había aprendido a escribir con institutrices que no se preocupaban mucho por la caligrafía de los segundos hijos de los condes.
Lo abrió allí mismo, de pie en el vestíbulo, con Frederick a su lado y Bridget detrás y Brennan todavía con la palanca en la mano.
Era una sola línea.
Para Orión. Desde delante. A.
Genoveva se tapó la boca con la mano.
No lloró. Ya había llorado por Alexander todo lo que había que llorar, en el jardín del Castillo de Dublín, contra su casaca de terciopelo azul.
Pero se quedó mucho rato mirando aquella línea, con la mano en la boca, mientras la llovizna golpeaba los cristales del vestíbulo y el fuego de turba crepitaba en la cocina.
Frederick no dijo nada. Le puso una mano en la espalda, entre los omóplatos, como en la cocina la noche de la carta de su padre. No la movió. Solo la dejó allí.
Esa misma noche, cuando dejó de llover, la ayudó a montar el telescopio en el alféizar de la biblioteca, la ventana alta sin rejas que daba al río.
Tardaron una hora en entender cómo funcionaba.
Se pelearon dos veces por la orientación de las patas.
Él se golpeó la cabeza contra la estantería.
Ella se rió tanto que tuvo que sentarse en el suelo.
Y a las once, cuando por fin consiguieron enfocarlo, Genoveva acercó el ojo a la lente y buscó sobre las colinas del este, sobre los árboles del otro lado del Foyle.
Allí estaba. El cinturón. Las tres estrellas en fila.
—Es Orión —dijo—. Un cazador al que los dioses subieron al cielo para que no hiciera más daño en la tierra.
Frederick, de pie detrás de ella, le rodeó la cintura con los brazos. Apoyó la barbilla en su hombro.
—¿Quién te ha enseñado eso?
Genoveva no apartó el ojo de la lente.
—Un hombre muy bueno —dijo—. Que me vio detrás de una cortina.
La familia llegó dos días después, en tres carruajes, con veintidós baúles y la tía Beatrice.
Nadie había invitado a la tía Beatrice. Había anunciado su asistencia por carta desde Bath, con la letra temblorosa de quien está dispuesta a cruzar el mar de Irlanda en noviembre con tal de poder contarlo después en todos los salones de Inglaterra.
Bajó del primer carruaje envuelta en tres chales, miró la casa de piedra gris, miró la lluvia, miró a Bridget en la escalinata con los brazos cruzados, y declaró que aquello era exactamente tan húmedo y tan hostil como había temido.
Bridget le respondió en irlandés. Algo largo. Nadie lo tradujo nunca.
Violet bajó del segundo carruaje.
Genoveva la vio desde la puerta, y durante un instante no supo qué hacer con las manos.
Hacía un mes que no veía a su madre. Desde Londres, desde antes de Keady.
Le había escrito desde Dublín, después del muelle, una carta larga, difícil, que había tardado tres días en escribir, contándole todo.
Violet le había contestado con una sola línea: Llegaremos el día veintiséis.
Nada más. Ni una palabra sobre el marqués. Ni sobre Alexander. Ni sobre Irlanda. Ni sobre la boda.
Violet subió la escalinata despacio, con la mano en la barandilla mojada, con el sombrero de viaje un poco torcido.
Se detuvo frente a su hija. La miró de arriba abajo.
El vestido de lana azul, sencillo, sin corsé.
El pelo recogido con dos horquillas de hueso, de cualquier manera.
Las mejillas rojas del viento del río. Las manos, que tenían callos de las riendas y una mancha pequeña de tinta en la yema del índice derecho.
Violet abrió la boca.
Y Genoveva esperó. Esperó el Genoveva, por Dios. El ¿dónde está tu corsé?. El esas horquillas. El con tu cutis, cariño, el viento.
Violet cerró la boca. Y le tomó la cara entre las manos.
—Pareces otra persona —dijo.
Era lo mismo que le había dicho frente al espejo, en Grosvenor Square, la mañana de la prueba del vestido de novia.
Con el mismo temblor en la voz. Pero esta vez no apartó las manos.
Esta vez no se secó los ojos con un pañuelo de encaje ni anunció que el escote necesitaba dos dedos más de discreción.
Se quedó allí, en la escalinata de la casa del Foyle, bajo la llovizna, con la cara de su hija entre las manos, mirándola.
—Pareces feliz —dijo al fin, con la voz rota—. Nunca te había visto así. Ni una sola vez. En veinte años.
—Lo soy, mamá.
Violet asintió. Le temblaba la barbilla.
—Entonces está bien. —Le besó la frente—. Entonces todo está bien.
Y entró en la casa sin decir nada más, dejando a Genoveva en la escalinata con los ojos llenos de lágrimas, mientras Bridget, desde la puerta, le ofrecía a Violet un té tan fuerte que la cuchara se quedaba de pie.
Después llegaron las demás.
Cristina primero, corriendo por la grava, saltando los charcos, con el sombrero en la mano.
Se le colgó del cuello a su hermana como cuando tenía tres años y la llamaba Vev porque no sabía pronunciar un nombre tan largo, y lloró contra su hombro, y le dijo que la perdonaba, que la perdonaba por todo, que la había odiado un poquito por Alexander durante una semana entera pero que ya se le había pasado.
Miriam después, más despacio, con un rollo de partituras bajo el brazo que no soltó en todo el abrazo.
Tenía los ojos tristes. Genoveva se lo notó enseguida.
Pero sonrió, y le dijo que había traído música para la boda, y que si el párroco irlandés no tenía órgano, tocaría en el pianoforte que fuera, aunque fuera un clavicordio desafinado de antes de Cromwell.
Alana la última. Bajó del carruaje con un libro en la mano, un tomo de Rousseau encuadernado en piel azul oscuro, y cuando su hermana le preguntó de dónde lo había sacado, Alana se puso roja hasta las orejas y dijo que era un préstamo.
—¿De quién?
—De un zorro.
Y no dijo nada más.
Y Richard. Richard bajó del tercer carruaje con su chaqueta de montar y sus gafas de leer colgando del chaleco.
Se quedó un momento al pie de la escalinata, mirando la casa.
La piedra gris. Las ventanas altas, de cristales emplomados, sin una sola reja.
El río, abajo, ancho y lento, del color del plomo.
Después subió los escalones, despacio, hasta su hija.
No la abrazó enseguida. Se agachó, con un crujido de rodillas. Le miró el bajo del vestido. Tenía barro. Mucho barro. Hasta las rodillas, de bajar corriendo al patio a recibir el carruaje.
Richard tocó el barro con la punta de los dedos. Lo frotó entre el índice y el pulgar.
Y se echó a reír.
Se casaron el veintiocho de noviembre de 1790, en la iglesia de piedra de un pueblo junto al Foyle, a dos millas de la casa, con el río al fondo y las colinas verdes y grises perdiéndose hacia el oeste.
No fue una boda como las de Londres.
No hubo obispo. Hubo un párroco anciano, de manos temblorosas, que había bautizado a Frederick treinta y un años antes y que se equivocó dos veces en el nombre de la novia.
No hubo seda crema de madame Delorme. Genoveva se casó con un vestido azul oscuro que Bridget había sacado de un baúl del desván, el mejor de la difunta señora Donovan, con un escote cuadrado y las mangas hasta el codo, y que le quedaba un poco largo.
No hubo velo de marfil. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, recogido solo a los lados con dos horquillas de hueso.
Su madre se lo había peinado esa mañana, en la habitación de la casa del Foyle, durante una hora entera, en silencio.
Y al terminar, Violet no le había colocado ningún rizo junto a la sien para que pareciera deliberado.
No hubo doscientos invitados. Hubo los suyos. Y los de él.
Los Hillenburg en los bancos de delante, a la derecha.
Violet llorando antes de empezar. Richard con las manos en las rodillas.
Cristina, Miriam y Alana, apretadas en el mismo banco, las tres con flores de brezo en el pelo.
La tía Beatrice al final del banco, envuelta en tres chales, mirando la iglesia con la expresión de quien está tomando notas mentales para todo el invierno.
Y a la izquierda, y detrás, y en los bancos del fondo, y de pie junto a la puerta, y fuera, en el cementerio, bajo la llovizna, porque dentro no cabían: los suyos.