La hija perfecta XXII #3
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XXII #3

—No voy a preguntarte si me harías el honor.

No es un honor. Es una casa de piedra en mitad de la lluvia, junto a un río que nunca deja de bajar.

Es una cocina con un fuego de turba que no se apaga y una anciana que te llamará criatura hasta que te mueras.

Es un vestíbulo lleno de viudas los miércoles.

Es un condado entero que va a vigilar todo lo que hagas y a escupir en los cascos de tu caballo si se equivoca contigo.

—Le tembló la voz—. Es un hombre que no sabe pedir.

Que no ha pedido nada en treinta y un años. Y que no sabe si lo está haciendo bien.

Levantó la vista hacia ella.

—Así que solo voy a preguntarte lo que me preguntaste tú a mí, en tu primera carta. Lo único que importa.

Hizo una pausa.

—¿Qué quieres tú?

Genoveva lo miró.

Arrodillado en el barro del muelle. Con la cara rota. Con los ojos que la luz no cambiaba salvo cuando la miraba a ella. Con su carta, la primera, la que había escrito once veces y quemado diez, guardada todavía en el bolsillo interior de aquella chaqueta, contra el pecho.

Pensó en todo lo que había querido decir y no había dicho. En el jardín de Sussex. En el barco. En el granero. En la cama de Nuala con la mano sobre su corazón.

Y por primera vez en su vida, no tuvo que buscar la respuesta correcta.

La tenía.

—Te quiero a ti —dijo.

No fue un susurro. No fue un sí. No fue será un honor. Lo dijo en voz alta, en mitad del muelle de Dublín, delante de veinte estibadores y dos marineros y una vendedora de pescado que se había quedado con la boca abierta.

—Te quiero a ti, Frederick Donovan. No al marqués.

No al rebelde. No al hombre de las cartas sin firma.

A ti. Al que da leche con miel a los prisioneros.

Al que se pone delante. Al que se ríe como si se le hubiera olvidado cómo se hacía.

Al que lleva mis cartas contra el pecho.

Al que me enseñó a montar a horcajadas y me dejó tachar exigimos.

—Se le quebró la voz—. Quiero la casa de piedra.

Quiero la lluvia. Quiero a Bridget llamándome criatura.

Quiero las viudas de los miércoles. Quiero que el condado entero me vigile.

Quiero bajar al río por la mañana sin leer ninguna carta.

—Se arrodilló ella también. En el barro.

Frente a él—. Y quiero dormir una noche entera. Contigo. En una casa sin rejas.

Frederick se quedó inmóvil.

Y después, muy despacio, como si temiera que se rompiera, le tomó la cara entre las manos.

No dijo nada. No hacía falta.

La besó.

Arrodillados los dos en el barro del muelle de Dublín, entre barriles de arenques y cuerdas mojadas, con el Liffey bajando gris y lento hacia el mar a su espalda.

La besó despacio al principio, con cuidado, con el labio todavía partido.

Y después no. Después la besó como bajo la tormenta de Grosvenor Square, como en el paseo oscuro de Vauxhall, como un hombre que ha estado tres meses atado a un poste pensando en una mano sobre un chal.

Con hambre. Con toda la boca. Con las manos en su pelo, deshaciéndole el peinado, soltándole las horquillas una a una, que cayeron al barro del muelle y se perdieron entre las tablas.

Genoveva le rodeó el cuello con los brazos.

Se apretó contra él. Sintió sus costillas rotas contra su pecho, y lo oyó gemir de dolor contra su boca, y no lo soltó, y él tampoco la soltó a ella.

Sintió el sabor de su boca, de su sangre, de la sal del río.

Sintió el latido de los dos, desbocado, uno contra otro, a través de la lana y el lino y la seda.

Alguien silbó. Uno de los estibadores. Después otro.

Después la vendedora de pescado se echó a reír a carcajadas y empezó a aplaudir, y los marineros la siguieron, y en un momento el muelle entero de Dublín estaba aplaudiendo y silbando y gritando cosas en irlandés que Genoveva no entendió y que le hicieron a Frederick soltar una carcajada contra su boca.

Se separaron. Apenas. Frente contra frente. Los dos de rodillas en el barro. Los dos riéndose.

—¿Qué dicen? —preguntó ella, sin aliento.

Frederick le apartó el pelo suelto de la cara. Le temblaban los dedos.

—Dicen que el marqués de Londonderry tiene muy buen gusto para las inglesas. —Le besó la nariz—. Y que ya era hora.

Genoveva se echó a reír.

Y entonces sacó la llave.

La tenía en el bolsillo de la falda. La sacó. La sostuvo entre los dos, en la palma abierta, a la luz gris del Liffey. Negra. Antigua. La cabeza en forma de trébol. Los bordes gastados por cien años de manos y por cuatro meses de las suyas.

—Tu llave —dijo—. Vine a devolvértela. En Londres. Y no la quisiste.

Frederick miró la llave. La miró a ella. Y le cerró los dedos encima, con los suyos. Como en el vestíbulo del Foyle, la noche de los dragones. Como en la biblioteca de Grosvenor Square, la noche de la llave.

—No es mi llave —dijo—. Nunca lo fue.

—Es la de tu casa.

—No. —La miró a los ojos—. Es la de la tuya.

Y la ayudó a levantarse del barro del muelle de Dublín, con las rodillas manchadas de lodo y el pelo suelto sobre los hombros y la mano cerrada sobre una llave de hierro, mientras los estibadores seguían aplaudiendo y la vendedora de pescado le tiraba un arenque a Frederick por la cabeza para darle suerte.

Barro hasta las rodillas.

Esta vez, Genoveva no buscó la piedra pómez. Ni lo pensó.