La hija perfecta XXII #2
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XXII #2

Alexander abrió los ojos.

—Dilo.

—Al hombre que elijo.

Alexander no se movió. No dijo nada. Se quedó mirándola con aquellos ojos grises, muy quietos, como el agua del estanque a su espalda.

Y Genoveva vio cómo le llegaba. No de golpe.

Despacio. Como el agua que va subiendo por un muro.

Igual que en la biblioteca de Grosvenor Square, la noche de la llave.

Pero esta vez no había rabia, ni celos, ni pregunta.

Solo una tristeza tan limpia que le partía el alma.

—Gracias —dijo él al fin.

—¿Gracias?

—Por decírmelo a mí primero. —Sonrió, una sonrisa pequeña, rota—. No a la Corona. A mí.

Genoveva se echó a llorar.

Alexander la abrazó. Con el brazo bueno, y con el rígido también, aunque le dolía, aunque el médico se lo había prohibido.

La abrazó como la había abrazado en el campamento de Armagh, cuando corrió bajo la lluvia sin peluca a recibirla.

Como si fuera a morirse si la soltaba. Le apoyó la barbilla en la cabeza.

Le acarició el pelo. Y ella lloró contra su casaca de terciopelo azul, en el jardín del Castillo de Dublín, entre los rosales y los castaños amarillos, todo lo que había que llorar por él.

Cuando se calmó, él no la soltó enseguida.

—Voy a pedirte una cosa —dijo, con la boca contra su pelo—. Una sola. Y luego te dejaré ir.

—Lo que quieras.

Alexander se apartó lo justo para mirarla a la cara. Le secó las lágrimas con los pulgares. Despacio. Una mejilla. Otra.

—Ríete —dijo.

Genoveva parpadeó.

—¿Qué?

—Ríete. Como detrás de la cortina. Como en la galería de los Devonshire, cuando lord Ashby se cayó encima de la viuda de las plumas de avestruz. —Le sonrió—. Quiero verlo una vez más. Desde delante. Sin cortina. Sin que tengas que esconderte.

Genoveva lo miró. Con la cara mojada de lágrimas, con los ojos rojos, con el corazón partido en dos.

Y pensó en lord Ashby. En la viuda. En las plumas de avestruz por todas partes, en la seda, en la dignidad herida, en las doscientas personas del salón de los Devonshire fingiendo no haber visto nada.

Y se rió.

No pudo evitarlo. Le salió de golpe, entre las lágrimas, una carcajada temblorosa, imposible, que le sacudió los hombros.

Se tapó la boca con las dos manos, como a los catorce años.

Se dobló hacia delante. Se rió y lloró a la vez, sin poder parar, con la frente contra el pecho de Alexander, y él la sostuvo, y se rió también, y las lágrimas le corrían por la cara a él también, por fin.

Cuando terminaron, Alexander le besó la frente. Una vez. Largo rato.

—Ya está —dijo—. Ya puedo irme.

La soltó.

Se dio la vuelta. Caminó por el sendero de grava hacia la puerta del jardín, despacio, con la espalda recta, con el brazo rígido pegado al cuerpo. No se volvió.

Genoveva lo vio llegar a la puerta. Lo vio detenerse. Lo vio apoyar la mano buena en la piedra del muro un momento, como si le fallaran las piernas.

Luego se enderezó. Y salió.

A Frederick no tuvo que buscarlo.

Lo encontró en el lugar donde menos esperaba encontrarlo y donde sabía, en cuanto lo vio, que tenía que estar: en el muelle. En el mismo muelle de Dublín, junto al Liffey, desde donde lo había buscado con la mirada sin verlo, en julio, antes de subir al paquebote de Holyhead.

Estaba de pie entre los estibadores. Sin sombrero. Con la chaqueta de Keady. Mirando el agua.

Genoveva bajó del carruaje sola. Le dijo al cochero que esperara. Y caminó por el muelle, entre los barriles y las cuerdas y los gritos de los marineros y el olor a pescado y a brea y a río, hasta quedar a un paso de él.

Él no se volvió.

—Estuve aquí —dijo—. En julio. Cuando te fuiste. Entre esos hombres. Con el sombrero calado.

Genoveva sintió que se le paraba el corazón.

—¿Estabas aquí?

—A cincuenta pasos de la pasarela. —Siguió mirando el agua—.

Te vi bajar del carruaje de Wexford. Muselina blanca.

Un chal de cachemira. El pelo perfecto, con un rizo junto a la sien.

Durante un segundo no te reconocí. Pensé que te había perdido.

Que habías vuelto a ser la de las gacetas. La que nunca se despeinaba.

—Frederick…

—Y entonces te detuviste. En mitad del muelle. Y te volviste. Y me buscaste. —Se le quebró la voz—. Pasaste por encima de mí con los ojos dos veces y no me viste. Y antes de subir al barco, te llevaste la mano al chal. Al pecho. Al sitio donde llevabas la llave.

Se volvió por fin.

Tenía el ojo amoratado ya casi amarillo. El labio cicatrizado. La cara cansada, más delgada que en julio. Y los ojos, azules, claros, pálidos, que la luz del Liffey no conseguía cambiar.

—Esa mano en el chal —dijo— me ha mantenido vivo tres meses. En el granero, atado a ese poste, con Keogh diciéndome que me iban a colgar, pensaba en esa mano. En el chal. En la llave. —Tragó saliva—. No pensé que vinieras. Nunca lo pensé. Pero pensaba en la mano.

Genoveva no pudo hablar.

Frederick la miró un largo momento. Después, despacio, con un gemido de dolor por las costillas, hincó una rodilla en el suelo del muelle.

Entre los barriles. Entre los estibadores, que se detuvieron a mirar. En el barro y la sal y el agua de río, con la chaqueta de Keady y las muñecas vendadas.

No como Alexander sobre la alfombra de su padre. No como Alexander en la biblioteca de Sussex. Con una rodilla en el barro de un muelle irlandés.

—Genoveva —dijo.

Ella no respiraba.