XXII
PREGUNTÁSELO A ELLA
La sala del Consejo del Castillo de Dublín tenía las paredes cubiertas de tapices que nadie miraba y una mesa tan larga que los hombres sentados en un extremo tenían que levantar la voz para que los oyeran en el otro.
Nadie levantó la voz aquella mañana.
El secretario del lord teniente estaba sentado a la cabecera, con su peluca impecable y sus ojos de pescado que no parpadeaban.
A su derecha, el caballero del pelo blanco, que había cruzado el mar desde Londres sin que nadie supiera por qué, con su bastón apoyado en la silla y su cuadernito de tapas de cuero cerrado sobre la mesa.
A su izquierda, dos consejeros del Castillo de los que Genoveva nunca supo el nombre.
Y frente a ellos, separados por la madera pulida de la mesa como por un río, tres hombres.
Su padre en el centro. Con las gafas de leer colgando del chaleco y la cara gris de tres noches sin dormir.
A su derecha, Alexander, con la casaca de terciopelo azul oscuro que se había hecho traer de Sussex, el brazo derecho todavía rígido, el pelo castaño claro recogido con una cinta, sin peluca.
A su izquierda, Frederick, con el ojo todavía amoratado y amarillo en los bordes, el labio cicatrizando, las muñecas vendadas bajo los puños de la camisa, sentado muy recto porque las costillas no le permitían otra cosa.
Genoveva estaba detrás. De pie. Junto a la pared, bajo un tapiz de una cacería de ciervos.
Nadie la había invitado. Nadie le había dicho que no viniera.
Había entrado con su padre, y cuando el ujier abrió la boca para decir algo, el caballero del pelo blanco había levantado una mano, y el ujier la había cerrado.
Alana estaba fuera, en el pasillo, con Brennan.
Habían discutido una hora en la posada sobre si debía entrar ella también.
Al final Alana había dicho que no. Que aquello era de Gen.
Que si entraba, no podría callarse, y que por una vez en su vida quería que su hermana hablara sin que nadie la interrumpiera.
El secretario se aclaró la garganta.
—Excelencias. Señorías. —Hizo una pausa—.
Su Majestad ha seguido con mucha atención los sucesos de Keady de los últimos días.
Ha sabido de la intervención de Su Gracia el duque de Wexford ante el coronel de la guarnición de Newry.
Ha sabido de la liberación del marqués de Londonderry.
Ha sabido de la entrega de las armas del llamado Keogh, que se completó ayer, según me informa el coronel, sin un solo disparo.
Miró por encima de la mesa a Genoveva. No dijo nada sobre ella. No hacía falta. Todo el mundo en aquella sala sabía quién había bajado la colina.
—Su Majestad desea cerrar de una vez la cuestión del norte —siguió—.
Y para ello, desea que la paz alcanzada se sostenga sobre algo más firme que la buena voluntad de dos caballeros.
Desea una alianza entre la casa de Bermont, con sus tierras en Armagh, y uno de los dos hombres que han demostrado en estos días su compromiso con la Corona.
El marqués de Londonderry, que tiene la influencia en el norte.
O el duque de Wexford, que tiene la confianza de Londres.
—Se volvió hacia Richard—. Se entiende que ambos caballeros tienen interés en la mano de la hija mayor de Su Excelencia.
Su Majestad, por tanto, desea conocer la voluntad del duque de Bermont.
Richard no se movió.
El secretario esperó. Los consejeros esperaron. El caballero del pelo blanco esperó, con una expresión de interés muy viva en la cara arrugada.
—Excelencia —insistió el secretario, con un rastro de impaciencia—. ¿Cuál de los dos caballeros considera usted adecuado para su hija?
Richard se quitó las gafas del chaleco. Las limpió con el pañuelo. Despacio. Las volvió a guardar.
Después se volvió en la silla. No hacia el secretario. Hacia atrás. Hacia la pared, hacia el tapiz de la cacería de ciervos, hacia su hija.
La miró un largo momento. Genoveva le sostuvo la mirada.
Y vio en los ojos de su padre todo lo que no le había dicho nunca.
La cuna. El techo. Me aterraba. El barro de la capa en la cocina.
Barro hasta las rodillas. Una mano en su hombro en el comedor de Grosvenor Square.
Prefiero que elijas mirando a los dos a la cara.
Richard se volvió otra vez hacia la mesa.
—He cometido el error —dijo, muy despacio— de pasar demasiados años preguntándome qué sería adecuado para ella.
El secretario parpadeó por primera vez.
—Me lo pregunté cuando nació y no lloraba.
Me lo pregunté cuando la vi crecer sin mancharse nunca un vestido.
Me lo pregunté cuando aceptó al primer pretendiente que su madre y yo consideramos adecuado, sin una sola objeción.
—Hizo una pausa—. Y la última vez, en una sala muy parecida a esta, en Whitehall, cuando me preguntaron si me oponía a que la casaran por razones de Estado, dije que no me correspondía a mí decidirlo.
Y me levanté de la silla creyendo que con eso bastaba.
Se levantó de la silla. Ahora.
—No basta. Mi hija me lo enseñó en un carruaje, volviendo de casa de los Pembroke. Me dijo que no basta con decir una vez que no te corresponde. Que si nadie más en la habitación piensa lo mismo, tienes que levantarte y decirlo otra vez. Y otra. Hasta que lo escriban bien.
Apoyó las dos manos en la mesa. Se inclinó hacia el secretario.
—Así que se lo digo otra vez, caballero, y le ruego que lo escriba bien. No voy a decirle cuál de los dos considero adecuado. No lo sé. Y aunque lo supiera, no es asunto mío. —Se enderezó—. Esta vez tendrán que preguntárselo a Genoveva.
El silencio en la sala del Consejo fue absoluto.
Alexander había cerrado los ojos. Frederick miraba a Richard con una expresión que Genoveva no le había visto nunca, ni siquiera mirándola a ella: una especie de reverencia.
El caballero del pelo blanco sonrió. Abrió su cuadernito de tapas de cuero. Mojó la pluma en el tintero. Y escribió algo, despacio, sin que nadie viera qué.
El secretario abrió la boca. La cerró. Miró al caballero del pelo blanco. El caballero del pelo blanco ni siquiera levantó la vista.
—Lady Genoveva —dijo el secretario por fin, con la voz de un hombre que se ha tragado un sapo y está intentando no hacer muecas—. ¿Tendría usted la amabilidad de…?
Genoveva se apartó de la pared, caminó despacio hasta la mesa, se detuvo detrás de la silla de su padre y le puso una mano en el hombro. Richard la cubrió con la suya.
Miró a los tres hombres al otro lado de la mesa. El secretario. Los consejeros. El caballero del pelo blanco. Y después miró a los dos que estaban a su lado. A la derecha de su padre, Alexander, con los ojos cerrados. A la izquierda, Frederick, que la miraba.
—No —dijo.
El secretario se quedó inmóvil.
—¿No, milady?
—No voy a decírselo a ustedes. —Genoveva le apretó el hombro a su padre—.
No a la Corona. No en esta sala. No delante de una mesa con un tintero y un sello.
—Respiró hondo—. Se lo diré primero a ellos.
A cada uno. A solas. Como se dicen estas cosas.
Y después, si Su Majestad todavía necesita saberlo para su acuerdo, se lo podrá preguntar a mi marido.
El caballero del pelo blanco se echó a reír.
Fue la misma risa seca, baja, que había soltado en la sala de los reyes muertos en Whitehall. Se rió con los ojos cerrados y las dos manos sobre el bastón, sacudiendo los hombros. Y cuando terminó, cerró el cuadernito, se levantó con esfuerzo y se dirigió a la puerta.
—Escríbalo así, señor secretario —dijo al pasar—. Exactamente así. Que la dama lo dirá primero a ellos.
Y salió.
A Alexander se lo dijo en el jardín del Castillo.
Era un jardín pequeño, cuadrado, entre muros de piedra gris, con un estanque en el centro y unos rosales que alguien cuidaba con más cariño del que merecían los inquilinos del Castillo. Hacía frío. Octubre. Las hojas de los dos castaños del fondo empezaban a ponerse amarillas.
Él la estaba esperando junto al estanque. De pie. Con el brazo rígido pegado al cuerpo y la mano buena a la espalda. Mirando el agua. No se volvió cuando la oyó llegar por el sendero de grava.
—Ya lo sé —dijo.
Genoveva se detuvo a tres pasos.
—Alexander…
—Lo sé desde el granero. —Siguió mirando el agua—.
Desde que te vi arrodillada en la paja junto a él, besándole la cara.
Lo sé desde antes, en realidad. Desde Vauxhall, cuando me dijiste que lo que me habías dicho a mí en el jardín era verdad, y luego te vi entrar en el paseo oscuro de la mano de él.
Desde el pasillo de la casa de Pembroke.
Desde la biblioteca de tu padre, con la llave en el puño.
—Le tembló la voz—. Desde la ventana del segundo piso, la primera noche, cuando él levantó la vista hacia la escalera y te encontró sin buscarte.
Genoveva sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Lo he sabido siempre, Genoveva. Solo esperaba equivocarme.
Se volvió por fin.
Tenía la cara tranquila. No estaba llorando. Genoveva habría preferido que llorara. Era más fácil ver llorar a alguien que verlo tranquilo de aquella manera, con aquella paz terrible de quien ha aceptado algo antes de que se lo digan.
—Dímelo igual —dijo él—. Quiero oírtelo decir. Quiero que me lo digas tú. Mirándome a la cara. No quiero haberlo adivinado. Quiero que me lo digas.
Genoveva cruzó los tres pasos. Se detuvo frente a él. Muy cerca. Levantó la vista hacia su cara.
—Te quiero, Alexander —dijo.
Él cerró los ojos.
—Te quiero —repitió ella—. No voy a mentirte ahora.
No te he mentido nunca. Te quiero porque me viste detrás de una cortina cuando nadie más me veía.
Porque esperaste seis años. Porque quitaste las rejas con tus propias manos y me enseñaste a Orión desde esa ventana.
Porque dormiste en el suelo de un pasillo con una pistola en el regazo.
Porque te pusiste delante. —Se le quebró la voz—.
Porque cruzaste un mar para salvar al hombre que… al hombre que…
No pudo terminarlo.