XXI #3
Genoveva lo vio salir. Lo vio caminar despacio por el patio de barro hacia su caballo.
Lo vio montar con dificultad, con un solo brazo.
Lo vio quedarse un momento allí, a caballo, de espaldas al granero, mirando el valle, el sol rompiendo las nubes sobre las colinas verdes, los dragones empezando a retirarse hacia el camino de Newry.
No se volvió y Genoveva, arrodillada en la paja junto a Frederick, con el paño ensangrentado en la mano, sintió que algo se le partía en el pecho. Algo que no tenía nada que ver con el miedo ni con el alivio. Algo que se parecía mucho a una despedida.
Esa noche durmieron en casa de Keogh.
Nuala lo dispuso así, con la misma voz áspera con que le había dicho a su marido que bajara la pistola.
Le dio a Frederick la cama de su propia habitación, la única con colchón de lana.
Le dio a Genoveva una palangana de agua caliente, vendas limpias, un tarro de ungüento que olía a romero y a grasa de oveja. Y cerró la puerta.
No la cerró con llave. Genoveva lo notó. No oyó la llave girar en la cerradura, como la había oído tres meses antes desde el otro lado de la pared.
Frederick estaba tendido en la cama, con la camisa abierta, la cabeza sobre la almohada, el ojo bueno cerrado. No dormía. Genoveva lo sabía por su respiración.
Se sentó en el borde de la cama. Mojó el paño en el agua caliente. Y empezó a limpiarle las heridas.
Despacio. Como había limpiado las de Alexander en Grosvenor Square.
La cara. El corte del labio. El ojo amoratado, con mucho cuidado, apenas rozándolo.
El cuello, donde tenía la marca de un golpe.
El pecho, donde tenía tres cardenales del tamaño de una mano, negros, morados, amarillos en los bordes.
Él no se movió. No dijo nada. Pero Genoveva sintió cómo se le aceleraba la respiración cuando le pasó el paño por el pecho. Cómo se le tensaban los músculos del vientre cuando bajó hasta las costillas. Cómo se le cerraba la mano sobre la sábana.
No era como con Alexander. Lo supo con una claridad que la asustó. Con Alexander había sido ternura. Cuidado. Una intimidad cálida, conmovedora, de alguien que conoce dónde le duele al otro.
Con Frederick era fuego. Cada vez que le tocaba la piel, aunque fuera a través del paño mojado, sentía una descarga que le subía por el brazo y le estallaba en el pecho y le bajaba hasta el vientre.
Cada vez que él contenía la respiración, ella la contenía también.
Cada vez que veía la cicatriz pequeña y redonda debajo de su clavícula, quería besarla otra vez, como en el invernadero, y no podía, y no debía, porque tenía tres costillas rotas y un ojo cerrado y las muñecas en carne viva.
Tomó el tarro de ungüento, se untó los dedos y empezó a extendérselo en los cardenales del pecho.
Frederick abrió el ojo bueno. La miró. A la luz de la vela, desde la almohada, con la cara rota. Y el ojo se le había oscurecido. Completamente. Ni un rastro de azul.
—Genoveva —dijo, con la voz destrozada—. No.
—Solo es ungüento.
—No es solo ungüento.
Ella detuvo la mano. Sobre su pecho. Sobre el corazón, que le latía bajo la palma con tanta fuerza que lo sentía en los dedos.
—No —admitió—. No es solo ungüento.
Se quedaron así. Ella sentada en el borde de la cama, con la mano en su pecho. Él tendido, mirándola con un solo ojo, oscuro, hambriento. La vela temblando en la mesilla. Afuera, el silencio del valle, roto solo por los grillos y el murmullo del riachuelo.
Frederick levantó la mano. La vendada. Despacio. Con un gemido de dolor. Y la puso sobre la de ella, sobre su pecho. No la apretó. Solo la dejó allí.
—Bajaste la colina —dijo.
—Sí.
—Sola.
—Con Brennan.
—Delante de ochenta hombres armados. —Le tembló la voz—. Te pusiste delante.
—Tú me enseñaste.
Frederick cerró el ojo. Respiró hondo, y le dolió, y Genoveva vio el dolor cruzarle la cara.
—¿Y Wexford?
Genoveva no contestó enseguida.
—Me pidió que no le dijera nada —dijo al fin—. En el barco. Que no le diera ninguna respuesta mientras tú estuvieras en este granero. Dijo que no quería ganar contra un hombre que iba a morir. Que si ganaba, quería ganar contra un hombre vivo. De pie. Mirándolo a la cara.
Frederick abrió el ojo.
—Dios —murmuró—. Ese hombre.
—Sí.
—Merece ganar.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio, la mano de ella en su pecho, la de él sobre la suya.
—Genoveva —dijo él al fin, muy bajo—. No me lo digas tampoco a mí. Esta noche no.
—¿Por qué?
—Por la misma razón que él. —Le apretó la mano, apenas—. Estoy tendido en una cama con tres costillas rotas, después de que me salvaras la vida. Si me dices algo esta noche, tampoco sabré si es verdad o es gratitud. O lástima.
Genoveva sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Sois iguales —dijo—. Los dos. Tan obstinados. Tan nobles. Tan… estúpidos.
Frederick sonrió. Con el labio partido. Le dolió.
—Sí.
—¿Y cuándo, entonces? —Le tembló la voz—. ¿Cuándo me vais a dejar decirlo? ¿Cuándo me va a preguntar alguien sin que haya una bala, o una horca, o un barco, o un granero de por medio?
Frederick no contestó.
Pero esa misma noche, mientras ella dormía en una silla junto a la cama de Nuala con la cabeza apoyada en el colchón y la mano todavía sobre el pecho de él, llegó un jinete de Newry con una carta para el duque de Wexford.
La carta venía de Dublín, del Castillo, del secretario del lord teniente.
Decía que Su Excelencia el duque de Bermont había desembarcado esa tarde en el puerto de Dublín, llamado con urgencia por la Corona.
Que Su Majestad, enterada de los sucesos de Keady, deseaba resolver de una vez por todas la cuestión del norte.
Que el marqués de Londonderry y el duque de Wexford eran requeridos en el Castillo en un plazo de tres días.
Y que la Corona, para cerrar el acuerdo con la casa de Bermont, deseaba conocer, de una vez y en presencia de ambos caballeros, la voluntad del duque sobre el futuro matrimonio de su hija.