XXI #2
Genoveva respiró hondo.
—Porque yo se lo pedí.
Un murmullo recorrió el patio. Keogh no se movió.
—¿Y qué quiere, milady? ¿Que le entregue a su marqués porque usted ha bajado de una colina a caballo y me lo pide?
—No. —Genoveva dio un paso hacia él—. Quiero que me escuche. Igual que él lo escuchó a usted aquí mismo, en este granero, hace tres meses, cuando sus hombres me trajeron con las manos atadas.
Keogh entrecerró los ojos.
—Tiene un minuto.
Genoveva no necesitó un minuto. Lo había pensado toda la noche, en la borda del barco, con la mano de Alexander entre las suyas. Lo había pensado palabra por palabra, como una carta. Como la primera carta sin firma, once veces, quemando diez.
—Señor Keogh —dijo—. Su mujer se llama Nuala. Me dio de comer tres veces al día durante dos días. Me vació el orinal sin una mueca. Me dio un vestido de lana sin corsé, porque aquí nadie siega el heno con las costillas atadas. No me dijo nunca una palabra amable. Tampoco una cruel.
Keogh no dijo nada. Pero se le movió algo en la cara.
—Hay una mujer que se llama Maire Conlon, a una milla de aquí, junto al riachuelo.
Me escupió en los cascos del caballo cuando me vio pasar.
Tenía un bebé en brazos y la casa quemada.
Ahora la casa tiene un tejado nuevo. Lo pagó el hombre que mandó a quemarla.
—Genoveva señaló hacia la colina, hacia el lugar donde Alexander esperaba a caballo—. Ese hombre. El que está ahí arriba.
Otro murmullo. Más fuerte.
—Hay un muchacho que se llama Liam Doyle en la cárcel de Newgate, en Londres. Ayudó a disparar a un duque. El duque ha escrito al juez para que no lo cuelguen. Ese mismo duque.
Keogh apretó la mandíbula.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con…?
—Todo. —Genoveva dio otro paso. Ahora estaba a un brazo de la pistola—.
Tiene que ver con que ustedes creen que Londres no escucha.
Y tienen razón. No escucha. Llevan cien años hablando y nadie los oye.
Y entonces vino un hombre que escribía con números.
Que no levantaba la voz. Que recibía a las viudas los miércoles.
Y por primera vez en cien años, alguien en Londres lo leyó.
—Le tembló la voz—. Por primera vez, señor Keogh.
Por primera vez la Corona se sentó en una mesa con un irlandés y le dio algo.
Un título, sí. Pero con el título, catorce presos libres.
Nueve de ellos ya en sus casas. Y la promesa de que los dragones no pasarían de Newry.
Y no han pasado. Hasta que usted se levantó.
Keogh no dijo nada. Tenía la pistola baja, apuntando al barro.
—Si lo entrega a los dragones —siguió Genoveva— y lo cuelgan, no habrá nadie más.
Londres dirá que lo intentó y que los irlandeses colgaron a su propio marqués.
Y no volverá a sentarse en una mesa con ustedes en otros cien años.
Y los dragones entrarán en cada granja de este valle, una por una.
La de Maire Conlon. La suya. La de Nuala.
Se detuvo. Respiró.
—Usted me tuvo dos días en ese granero, señor Keogh.
Él me sacó de aquí. Me llevó a su casa. Me dio una llave para que pudiera irme.
Y me fui. Y volví a Londres. Y ahora he vuelto.
—Lo miró a los ojos—. Porque una vez, cuando yo estaba en este mismo granero con las manos atadas, él vino a buscarme.
Solo. Sin armas. Y me puso bajo su protección delante de todos ustedes.
Levantó las manos, despacio, vacías.
Las abrió delante de Keogh.
—Ahora vengo yo a buscarlo a él. Sola. Sin armas. Y lo pongo bajo la mía.
El patio entero estaba en silencio.
Keogh la miraba. Tenía la pistola en la mano, baja, temblando un poco.
Tenía la cara roja, la mandíbula apretada, los ojos brillantes.
Miró a sus hombres. Miró a los dragones en las colinas.
Miró a la mujer inglesa de pie en el barro de su patio con las manos abiertas.
Y Genoveva vio que no iba a ceder. Que no podía.
Que había ido demasiado lejos, delante de demasiados hombres, para dar marcha atrás por una inglesa que hablaba bien.
Levantó la pistola.
—Cormac.
La voz vino de la puerta de la casa. Una voz de mujer. Áspera. Cansada.
Keogh se quedó inmóvil. Nuala estaba en el umbral.
Con las manos rojas de fregar secándose en el delantal.
Con un niño pequeño agarrado a las faldas y otro en brazos.
Miraba a su marido con una expresión que Genoveva no le había visto en los dos días que estuvo encerrada: una expresión de mujer que ha esperado demasiado tiempo para decir algo.
—Baja eso —dijo Nuala.
—Nuala, entra en la casa.
—Baja eso, Cormac. —Nuala bajó un escalón. Luego otro. Con el niño en brazos. Hasta el barro del patio—. La muchacha tiene razón. Y tú lo sabes. Lo sabes desde hace tres días, desde que lo ataste a ese poste. Llevas tres noches sin dormir.
—Es un traidor.
—Es el hombre que le prestó a mi hermana el dinero de la renta el invierno que se murió su marido.
—Nuala se detuvo junto a Genoveva. Muy cerca.
Tanto que Genoveva olió el humo de turba en su pelo—.
Es el hombre que trajo un médico de Derry cuando el pequeño tuvo las fiebres.
Pagado de su bolsillo. Sin pedirte nada.
Ni siquiera las gracias. —Se le quebró la voz—. Y tú lo quieres colgar.
Keogh miró a su mujer. Miró al niño que llevaba en brazos.
Y bajó la pistola.
Estaba atado al poste central del granero, con las manos a la espalda y la cabeza caída sobre el pecho.
Genoveva entró corriendo. No lo pensó. No esperó a Keogh, ni a Nuala, ni a nadie.
Cruzó el umbral, la penumbra, el olor a paja húmeda y a sangre, y cayó de rodillas delante de él, en la paja, sin importarle el barro, sin importarle la falda, sin importarle los ochenta hombres que miraban desde la puerta.
Le levantó la cara. Tenía un ojo cerrado, hinchado, morado. Un corte en el labio, con sangre seca. La barba de días. El pelo rojo apelmazado de sangre y de barro. La camisa rota. Las muñecas en carne viva bajo las cuerdas.
Abrió el ojo bueno.
La vio.
No dijo nada. No podía. Se quedó mirándola con aquel ojo, azul, claro, pálido, que la luz no conseguía cambiar, y Genoveva vio cómo se le llenaba de lágrimas. Cómo se oscurecía. Cómo se le movía la boca rota, intentando decir algo, sin conseguirlo.
—Has venido —consiguió decir al fin. Un hilo de voz.
—He traído la llave.
Se la sacó del bolsillo de la falda. La sostuvo delante de él, en la palma, a la luz gris que entraba por la puerta del granero. Negra. Antigua. La cabeza en forma de trébol.
Frederick cerró el ojo y se echó a llorar. Sin hacer ruido. Como lloran los hombres que no han llorado nunca. Con los hombros temblando contra el poste y las lágrimas corriéndole por la cara amoratada, mezclándose con la sangre seca.
Genoveva le tomó la cara entre las manos.
No le importó Keogh. Ni Nuala. Ni los ochenta hombres en la puerta. Ni los doscientos dragones en las colinas. Ni Alana, que había bajado corriendo detrás de ella y estaba ahora en el umbral, con la mano en la boca. Ni Alexander.
Le besó la frente. Los párpados. La mejilla amoratada. El corte del labio. Despacio. Uno a uno. Como él le había besado los dedos en el paseo oscuro de Vauxhall.
Alguien le puso un cuchillo en la mano. Genoveva no supo quién.
Quizá Brennan. Quizá Nuala. Cortó las cuerdas.
Las muñecas de Frederick quedaron libres, en carne viva, y él las levantó despacio, con un gemido de dolor, y le rodeó la cintura con los brazos, y la atrajo hacia él, y enterró la cara en su cuello.
Y se quedaron así. Arrodillados en la paja del granero de Keady, abrazados, temblando los dos, mientras afuera el sol, por primera vez en tres meses, rompía las nubes sobre el valle.
Alexander bajó de la colina una hora después.
Lo hizo solo, a caballo, despacio, con la mano buena en las riendas.
Cruzó el patio de barro entre los hombres de Keogh, que ya habían empezado a dejar los mosquetes amontonados junto a la pared del granero, bajo la mirada atenta de Brennan y del viejo de la barba blanca.
Desmontó frente a la puerta. Se quedó un momento en el umbral.
Dentro, en la penumbra, Frederick estaba sentado en el suelo contra el poste, con la camisa abierta y las muñecas vendadas con tiras de la enagua de Genoveva. Genoveva estaba arrodillada a su lado, con una palangana de agua que le había traído Nuala y un paño, limpiándole la sangre de la cara.
Los dos levantaron la vista al verlo.
Alexander entró. Se detuvo frente a ellos. Miró a Frederick, la cara amoratada, el ojo hinchado, el labio partido. Miró a Genoveva, arrodillada a su lado, con el paño en la mano y la falda manchada de barro y de sangre.
Frederick intentó levantarse. No pudo.
—Wexford —dijo.
—Donovan.
Se miraron un largo rato. Genoveva no respiraba.
Alexander se agachó. Con dificultad, con el hombro rígido, se puso en cuclillas frente a Frederick. Y le tendió la mano. La buena.
Frederick la miró. Después levantó la suya, vendada, temblando, y la estrechó.
—Tu corbata —dijo Alexander— sigue muy mal anudada.
Frederick tardó un segundo. Después soltó una risa rota, dolorosa, que le hizo llevarse la mano libre a las costillas.
—No llevo corbata.
—Precisamente. —Alexander le apretó la mano—. No sé cómo lo haces, pero hasta sin corbata la llevas mal anudada.
No se soltaron. Se quedaron así un momento más, dos hombres en cuclillas en la paja de un granero irlandés, con las manos estrechadas, uno con una cicatriz rosada por encima del omóplato y el otro con una bala vieja debajo de la clavícula. Los dos se habían puesto delante.
—Gracias —dijo Frederick en voz baja.
—No me las des a mí. —Alexander soltó la mano. Se levantó despacio. Miró a Genoveva—. Dáselas a ella. Yo solo sujeté a los dragones. Ella bajó la colina.
Se volvió. Salió del granero sin decir nada más.