XXI
PONERSE DELANTE
El mar de Irlanda estaba gris y furioso, y Alexander Whitmore no se apartó de la borda en toda la noche.
Genoveva lo encontró allí a las cuatro de la mañana, cuando subió a cubierta porque no podía soportar ni un minuto más el camarote, el olor a brea, el vaivén, los ronquidos de Alana en la litera de abajo y la respiración rápida de Brennan, que dormía en el suelo envuelto en una manta y que de vez en cuando gritaba en sueños.
Subió en camisón y con la capa de viaje encima, descalza, agarrándose a las cuerdas porque el barco subía y bajaba como un caballo encabritado.
Y lo vio a proa, de pie, con las dos manos en la barandilla mojada y el pelo castaño claro pegado a la cara por el agua del mar.
Se acercó. Él la oyó llegar. No se volvió.
—Deberías estar abajo —dijo.
—Tú también.
—No puedo.
—Yo tampoco.
Se quedó a su lado. Agarrada a la misma barandilla. Mirando el mismo mar negro, que se levantaba en olas enormes y se rompía contra el casco y les salpicaba la cara de sal.
No hablaron durante mucho rato.
—Alexander —dijo ella al fin—. Lo que me preguntaste. En la biblioteca. Antes de que llegara Brennan.
—No.
Ella se volvió a mirarlo. Él seguía con la vista fija en el mar.
—No me lo digas ahora —dijo Alexander. La voz le salió tranquila, pero las manos se le habían cerrado sobre la barandilla—. No me digas nada. Ni que sí, ni que no. Ni que no lo sabes.
—¿Por qué?
Él se volvió por fin. Tenía la cara mojada, y Genoveva no supo si era agua de mar.
—Porque si me dices que sí ahora, nunca sabré si me lo has dicho porque lo querías o porque él está en un granero esperando la horca y yo estoy aquí cruzando el mar para salvarlo. —Tragó saliva—. Y si me dices que no, tampoco sabré si es verdad, o si es miedo, o gratitud, o culpa.
Genoveva no pudo contestar.
—No quiero ganar contra un hombre que va a morir, Genoveva. —Alexander volvió a mirar el mar—. Si gano, quiero ganar contra un hombre vivo. De pie. Mirándome a la cara. Si no, no es ganar. Es heredar.
Una ola enorme se rompió contra la proa y los empapó a los dos. Ninguno se movió.
Genoveva le tomó la mano. La que tenía en la barandilla. Fría, mojada, rígida.
Él no la apartó. Entrelazó los dedos con los suyos.
Y así se quedaron hasta que amaneció sobre la costa de Irlanda, gris y verde, envuelta en niebla.
Newry
El comandante de la guarnición de Newry era un hombre grande, rubicundo, con unas patillas pelirrojas que le llegaban casi a la barbilla y un uniforme que le apretaba en la barriga.
Se llamaba coronel Ashdown y estaba desayunando huevos con riñones cuando el duque de Wexford entró en su despacho sin llamar, sin quitarse las botas llenas de barro, con una mujer joven a su lado vestida de viaje y un muchacho irlandés detrás con la cabeza vendada.
El coronel se puso de pie tan deprisa que tiró la taza de té.
—¡Su Gracia! Creía que estaba usted en Sussex. Me dijeron que una bala…
—Me sacaron la bala. —Alexander no se sentó. Se quedó de pie frente al escritorio, con la mano buena apoyada en la madera—. Coronel, ¿es cierto que piensa usted salir con sus hombres hacia Keady mañana al amanecer?
El coronel miró a Genoveva. Miró a Brennan. Volvió a mirar a Alexander.
—Es cierto, Su Gracia. Ese rebelde, Keogh, tiene ochenta hombres en Keady.
Ha quemado dos granjas en Tandragee. Y dicen que va a entregarnos al nuevo marqués de Londonderry por la mañana, atado, como regalo.
—Se encogió de hombros—. No pienso aceptar el regalo.
Pienso entrar en Keady, colgar a Keogh y a todos los que pueda atrapar, y si el marqués sale vivo de la refriega, enhorabuena.
—¿Y si no sale vivo?
El coronel volvió a encogerse de hombros.
—Entonces Dublín se ahorrará un título.
Genoveva sintió que se le helaba la sangre.
Alexander no se movió. Se quedó mirando al coronel durante tanto tiempo que el hombre empezó a sudar.
—Coronel Ashdown —dijo al fin, muy despacio, con aquella voz de duque que Genoveva había oído por primera vez en el Castillo de Dublín, con el acero debajo—.
Hace dos años, en Bath, perdió usted ciento cuarenta libras al faraón con un caballero que hacía trampas.
Ese caballero era primo de mi madre. Le devolví a usted el dinero de mi bolsillo para evitar un escándalo que le habría costado el mando de este regimiento.
El coronel se puso blanco.
—El año pasado —siguió Alexander—, su hija se casó con un teniente de su regimiento sin dote y sin permiso. Yo le conseguí al teniente un ascenso en la guarnición de Dublín para que su hija no tuviera que vivir en un barracón de Newry.
—Su Gracia, yo…
—Usted me debe dos favores, coronel. Y una cena, que me prometió y nunca me pagó. —Alexander se inclinó sobre el escritorio—. Vengo a cobrármelos todos a la vez.
El coronel tragó saliva.
—¿Qué quiere?
—Que sus hombres rodeen Keady mañana al amanecer. Que no entren. Que no disparen. Que esperen.
—¿Esperar a qué?
Alexander se volvió hacia Genoveva. Y ella vio en sus ojos que lo había decidido antes de entrar en aquel despacho. Quizá antes de subir al barco. Quizá en la grava de Sussex, bajo la lluvia, con Brennan en los brazos.
—A que ella termine de hablar —dijo.
Keady
Amaneció sin lluvia. Era la primera mañana sin lluvia que Genoveva veía en Irlanda.
El cielo estaba blanco, bajo, lleno de una luz lechosa que no hacía sombras.
El valle de Keady se extendía debajo de la colina donde se habían detenido, verde, mojado, con la niebla todavía pegada a las orillas del riachuelo.
Al fondo, el patio de barro. La casa de Keogh, con el humo saliendo de la chimenea.
Y el granero. El de piedra, con el tejado de turba.
Donde la habían tenido dos días. Donde había oído, a través de las rendijas de una pared, la voz de un hombre que nunca la levantaba.
Alrededor del granero había hombres. Muchos. Genoveva intentó contarlos y se rindió a los cincuenta. Con mosquetes, con picas, con hoces atadas a palos. De pie en el barro, en grupos, fumando, mirando hacia la colina.
Y alrededor de los hombres, en un círculo amplio, a trescientos pasos, sobre las colinas, entre los árboles, junto al camino: casacas rojas. Doscientos dragones a caballo, inmóviles, con los sables envainados y los mosquetes cruzados sobre la silla. Esperando.
El coronel Ashdown había cumplido.
—Esto es una locura —dijo Alana, a caballo junto a su hermana, con la cara blanca—. Gen. Esto es una absoluta locura. Hay ochenta hombres armados ahí abajo. Ochenta. Y tú vas a bajar a hablar con ellos. Sola.
—No voy a ir sola.
—¿Ah, no?
Genoveva miró a Brennan, que estaba a su otro lado, en un caballo prestado, con la cabeza vendada y la cara de un muchacho que ha decidido no tener miedo.
—Brennan viene conmigo.
—Brennan tiene catorce años.
—Brennan es el niño por el que el señor Donovan se puso delante de una bala. —Genoveva tomó las riendas—. Todos en ese valle lo conocen. Todos saben quién es.
Alana abrió la boca. La cerró.
Alexander no había dicho nada en toda la subida a la colina. Estaba a caballo un poco más atrás, junto al coronel Ashdown, con la mano buena en las riendas y el brazo rígido apoyado en el muslo. Genoveva se volvió a mirarlo.
Él le sostuvo la mirada. No le dijo que no fuera. No le dijo que tuviera cuidado. No le dijo nada.
Solo asintió.
Y Genoveva bajó la colina.
La vieron llegar desde lejos.
Una mujer. Sola, salvo por el muchacho. A caballo.
Sentada a horcajadas, con los calzones de montar de Horsham bajo una falda de lana azul oscuro recogida por detrás.
Con el pelo castaño oscuro recogido de cualquier manera, sin sombrero, sin guantes.
Bajando despacio por la ladera verde, entre los brezos, hacia el patio de barro y los ochenta hombres armados.
Los hombres dejaron de fumar. Dejaron de hablar. Se volvieron hacia ella. Algunos levantaron los mosquetes. Otros los bajaron, sin entender.
Genoveva llegó al borde del patio. Detuvo a la yegua. Se quedó allí, a caballo, mirándolos a todos.
No dijo nada.
Desmontó. Sola. Pie izquierdo en el estribo, la pierna derecha por encima de la grupa, los pies en el barro. Barro hasta los tobillos. Le dio las riendas a Brennan.
Y caminó hacia el granero.
Nadie la detuvo. Nadie se movió. Ochenta hombres la vieron cruzar el patio entre ellos, despacio, con la barbilla alta, pero no demasiado, con las manos vacías a los costados.
Algunos se apartaron. Otros no. Pasó junto a ellos tan cerca que olió el whisky y el sudor y la pólvora.
Pasó junto a un muchacho que no tendría más de dieciséis años, con una hoz atada a un palo, que la miraba con la boca abierta.
Pasó junto al viejo de la barba blanca y la cicatriz en la boca, sentado en un barril junto a la puerta del granero, que se quitó la pipa de entre los dientes al verla y no se la volvió a poner.
Se detuvo frente a la puerta del granero.
Cormac Keogh estaba allí. De pie. Con una pistola en la mano. Grande, con los hombros hacia delante, como un toro. La miraba como se mira a un fantasma.
—Usted —dijo.
—Yo.
—¿Qué hace aquí?
—He venido a buscar a alguien.
Keogh se rió. Una risa corta, incrédula.
—¿Al marqués? —Escupió en el barro—. ¿Ha venido a buscar a su marqués? ¿Usted sola? ¿Con un crío? Hay doscientos dragones en esas colinas, milady. Los he contado. Si ha venido a distraernos mientras ellos…
—Los dragones no van a entrar.
—¿Y usted cómo lo sabe?
—Porque el duque de Wexford les ha ordenado que no entren. —Genoveva no bajó la vista—. Están esperando a que yo termine de hablar.
Keogh se quedó mirándola. Detrás de él, en la penumbra del granero, Genoveva vio algo moverse. Una forma. Alguien sentado en el suelo, contra el poste central, con las manos atadas a la espalda. No miró. Se obligó a no mirar.
—¿Wexford? —dijo Keogh, despacio—. ¿El mismo Wexford al que le metieron una bala en Londres? ¿El que quemó la granja de los Conlon? ¿Ese Wexford está ahí arriba, en esa colina, ordenándole a los dragones que no entren?
—Ese.
—¿Por qué?