La hija perfecta XX #3
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XX #3

—Milady. —La voz le salía rota—. Milady, he venido solo. Él no sabe que he venido. Bridget me dio el dinero del barco. He cabalgado desde Shoreham sin parar. Tres caballos. Tres. Este es el tercero.

—Brennan, ¿qué ha pasado?

—Keogh. —Le apretó la manga—. Keogh se levantó hace seis días.

Con ochenta hombres. Quemaron dos granjas de protestantes en Tandragee.

Los de Tandragee quemaron cinco de católicos en Keady.

Los dragones de Newry salieron. Hay muertos, milady.

Muchos. Y el señor… el señor fue a Keady a pararlo.

Solo. Como siempre. A hablar con Keogh. Como en el granero.

Genoveva sintió que el mundo se detenía.

—¿Y?

—Y Keogh no lo dejó hablar. —A Brennan se le llenaron los ojos de lágrimas—.

Lo tiene. Lo tiene encerrado en el granero de Keady.

Dice que es un traidor. Que lo va a entregar a los dragones por la mañana, para que lo cuelguen como rebelde.

Que así los ingleses colgarán a su propio marqués y todo el mundo verá lo que valen sus títulos.

—Se le quebró la voz—. Dentro de cuatro días, milady. Cuatro. Si no llega nadie antes.

Genoveva no se movió, no respiró. Estaba arrodillada en la grava, bajo la lluvia, con el muchacho en los brazos y el camisón pegado al cuerpo y el pelo chorreando, y no sentía nada.

Ni el frío, ni la lluvia, nada. Brennan metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

Una chaqueta que no era suya, demasiado grande, con las mangas remangadas.

Sacó un papel. Doblado. Empapado. Se lo puso en la mano.

—Bridget lo encontró en su escritorio. Debajo de la carta de su padre. No estaba terminada. No la mandó. —La miró—. Pero está dirigida a usted.

Genoveva bajó la vista hacia el papel. Papel áspero, amarillento, que olía a turba, doblado en tres, sin sello. En el exterior, una sola palabra, con letra grande, inclinada hacia delante, como si quien la había escrito tuviera prisa por llegar a algún sitio:

Genoveva.

La abrió. Allí mismo. Arrodillada en la grava, bajo la lluvia, con los faroles de los lacayos temblando a su alrededor.

La lluvia estaba corriendo la tinta. Las letras se deshacían mientras las leía. Pero las leyó.

Me preguntaste en la biblioteca de tu padre qué pasaría si no lo descubrías. No terminé la frase. No tenía derecho a terminarla. Te había pedido que te quedaras con él, que lo cuidaras, que descubrieras si esa vida era la tuya. No podía decirte en la misma noche lo que viene después.

Lo escribo aquí, donde no vas a leerlo, porque llevo un mes sin poder dormir con la frase a medias.

Si no lo descubres, Genoveva, si un día te despiertas en esa casa con las estanterías llenas y sientes que te falta algo, la puerta del Foyle no tiene otra llave. Nunca la ha tenido. La tienes tú.

Siempre ha estado abierta.

Nada más. Ni despedida. Ni firma. Solo, en la esquina inferior derecha, una mancha de tinta redonda, del tamaño de la yema de un dedo, que la lluvia estaba borrando.

Genoveva la tocó.

Con el índice derecho. Como la primera vez, en el escritorio de su padre, cuando la tinta todavía estaba húmeda.

También ahora estaba húmeda. Por la lluvia. Y se le quedó en la yema del dedo, negra, redonda, como un pequeño sol.

Levantó la vista.

Alexander estaba de pie a su lado, bajo la lluvia, en mangas de camisa, con el farol de un lacayo iluminándole la cara. Había oído todo. Cada palabra de Brennan. Cuatro días. Keogh. El granero. Los dragones. La horca.

La miró. A ella, arrodillada en la grava. Al papel en sus manos. A la mancha de tinta en su dedo. Durante un largo momento, no dijo nada. La lluvia le corría por la cara. Después se volvió hacia los lacayos.

—Ensillad dos caballos —dijo—. Los mejores. Y despertad a lady Alana. Que haga el equipaje de su hermana. Salimos hacia Shoreham en una hora.

Genoveva se quedó mirándolo.

—¿Salimos?

Alexander se agachó a su lado. Le tomó la cara entre las manos, con la mano buena y la rígida. Le apartó el pelo mojado de la frente. Y le sonrió. Una sonrisa rota, cansada, sincera.

—Los dragones de Newry —dijo— están a las órdenes de un comandante que me debe dos favores y una cena. Y yo soy el único duque inglés en este reino al que ese hombre no se atrevería a decirle que no.

—Alexander…

—Y tú —siguió él, muy bajo— no vas a cruzar ese mar sola.

Genoveva lo miró. Arrodillada en la grava, bajo la lluvia, con la carta de otro hombre en las manos y su tinta en el dedo. Al hombre que acababa de preguntarle si quería casarse con él. Al hombre que no había esperado su respuesta.

Al hombre que iba a cruzar un mar para salvar a su rival.

No pudo hablar.

Alexander le besó la frente. Una vez. Como Frederick en la biblioteca de Grosvenor Square. Después se levantó, tomó a Brennan en brazos, a pesar del hombro, a pesar del médico, a pesar de todo, y subió la escalinata hacia la casa gritando órdenes bajo la lluvia, con la voz alta y clara de un duque.

Genoveva se quedó un momento más en la grava. Sola. Con la carta en una mano. Con la otra, se llevó la mano al pecho. Al corsé. Al sitio exacto donde, cosida con tres puntadas, llevaba dos meses la llave de una casa sin rejas.

Las descosió con los dientes.