XX #2
Genoveva se quedó sola. Se llevó la mano al pecho. Debajo del vestido de noche, contra la piel, cosida al forro del corsé con tres puntadas, la llave.
No había vuelto a sacarla desde Londres.
Tampoco la había descosido.
De Irlanda no llegaba nada.
Ni una carta. Ni una línea. Ni una palabra a través de Callahan, que había vuelto a Dublín.
Su padre le escribía cada semana desde Grosvenor Square y le contaba lo que sabía, que era poco y llegaba tarde: que había rumores de disturbios en el sur de Armagh.
Que los dragones de Newry habían salido dos veces.
Que el nuevo marqués de Londonderry no había ocupado todavía su asiento en la Cámara de los Lores de Dublín. Que nadie sabía dónde estaba.
Genoveva leía las cartas de su padre en la biblioteca, sentada en el sillón de terciopelo verde, y después las guardaba en el libro de astronomía, entre las láminas de las constelaciones.
Nunca las contestaba con preguntas. Nunca preguntaba por él.
Lo que su padre sabía, se lo decía. Lo que no sabía, ella no quería obligarlo a inventarlo.
Por las noches, a las cuatro, bajaba a la biblioteca y no leía. Se quedaba junto a la ventana sin rejas, mirando hacia el oeste, hacia donde estaría el mar, y más allá Irlanda, y más allá el Foyle.
Alexander lo sabía. Nunca bajó a buscarla.
A finales de septiembre llegó Alana.
Se presentó en Sussex sin avisar, con un baúl pequeño, el sombrero más feo que tenía y una cara de furia que Genoveva no le había visto desde los tiempos del manzano.
Lady Ashcombe la recibió con mucha amabilidad.
Alexander, con una cautela divertida. Alana los saludó a los dos con una cortesía impecable, subió a la habitación de su hermana, cerró la puerta y se dejó caer en la cama boca arriba.
—Me ha escrito —dijo.
Genoveva, sentada junto a la ventana, cerró el libro que estaba leyendo.
—¿Quién?
—El zorro.
Genoveva tardó un segundo en entender.
—¿El marqués de Millenmont?
—Seis cartas. En tres semanas. —Alana se tapó la cara con las manos—.
Seis. Discutiendo conmigo sobre Rousseau.
Sobre la Asamblea Nacional. Sobre si la Revolución tiene derecho a quitarle el castillo del Loira a un hombre que nunca ha cobrado un diezmo en su vida.
Sobre si las gallinas tienen derecho a quemar el gallinero.
—Bajó las manos—. Y lo peor, Gen. Lo peor es que discute bien.
Discute mejor que papá. Discute mejor que yo.
Y cuando le doy la razón en algo, no se regodea.
Me da las gracias. ¿Te imaginas? Un hombre que te da las gracias cuando le das la razón. Genoveva se rió. No pudo evitarlo.
—¿Y le contestas?
—Le he contestado las seis. —Alana se incorporó sobre un codo—. Con el doble de páginas. Mamá cree que me escribo con una prima de Bath. —Hizo una pausa—. Pero no he venido a hablar del zorro.
—¿Ah, no?
—No. He venido porque Miri lleva diez días sin tocar el pianoforte.
Genoveva se quedó quieta.
—¿Miri?
—El barón de Kügler se fue a Viena hace dos semanas.
Sin despedirse. Le mandó una partitura con una nota que decía para cuando aprenda a no saltarme las repeticiones.
—Alana bajó la voz—. Y Tina… Tina ha bailado tres veces con el conde Hamilton en el baile de los Devonshire.
Y dos con el marqués de Sutherland. Y llegó a casa llorando y no ha querido decirle a nadie por qué.
Genoveva cerró los ojos.
—Dios mío.
—Sí. —Alana se sentó en la cama—. Esta familia se está desmoronando, Gen. Una por una. Todas. Y tú estás aquí, en Sussex, poniendo libros de astronomía en una estantería y mirando por la ventana hacia el oeste cada madrugada a las cuatro.
—¿Cómo sabes…?
—Porque te conozco. Y porque Mary me lo escribió.
Genoveva no supo qué contestar.
Alana se levantó de la cama. Fue hasta la ventana. Se quedó de pie junto a su hermana, mirando el jardín del sur, los rosales recién plantados, los tilos del fondo.
—Alexander es un buen hombre —dijo al fin, en voz baja—.
Lo he visto. En Londres, en la cama, con la bala en el hombro, escribiendo al juez para salvar al irlandés que ayudó a dispararle.
Lo vi esta tarde en la escalinata, cuando me recibió.
Te mira como si fueras el cielo entero. —Hizo una pausa—.
Sería fácil, ¿verdad? Quedarte. Decirle que sí.
—Sí.
—Pero no se lo has dicho.
Genoveva no contestó.
Alana se volvió hacia ella.
—¿Por qué no, Gen?
Genoveva abrió la boca. La cerró. Se llevó la mano al pecho, al sitio donde estaba la llave, y la dejó allí. Y Alana, que lo sabía todo, que era su única virtud y su peor defecto, miró la mano de su hermana sobre el corsé. Y no dijo nada más.
La noche del treinta de septiembre llovió en Sussex como no había llovido en todo el verano.
Genoveva estaba en la biblioteca a las once, no a las cuatro, porque no podía dormir y porque Alana roncaba en su habitación.
Leía, por fin. Leía de verdad. Un libro de viajes por Italia, la descripción de un lago entre montañas, con islas y palacios y jardines que bajaban hasta el agua.
Alexander estaba sentado en el sillón de enfrente, con un libro de caballos que no leía, mirándola leer.
Hacía semanas que se sentaban así. Cada noche, en silencio. Cada uno con su libro, como un matrimonio viejo.
Genoveva levantó la vista del libro.
Él la estaba mirando. No apartó la vista.
—Genoveva —dijo.
—¿Sí?
Alexander dejó el libro de caballos sobre la mesita. Se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas, con el brazo ya sin cabestrillo pero todavía rígido. Y la miró con una seriedad tranquila que no le había visto desde el despacho de su padre, la mañana de la alfombra.
—Me dijiste en Londres que no lo sabías —dijo—. Que tenías derecho a no saberlo. Que te lo preguntara otra vez cuando lo supieras.
Genoveva sintió que se le paraba el corazón.
—Sí.
—Han pasado dos meses. —Alexander no apartó la vista—.
Te he visto llenar una estantería. Te he visto aprender las estrellas.
Te he visto montar a horcajadas por el camino de los tilos con el pelo suelto, riéndote.
Te he visto dormir en ese sillón con un libro en el regazo.
—Le tembló un poco la voz—. Te he visto feliz aquí, Genoveva.
No perfecta. Feliz. Creo que nunca te había visto feliz antes.
Genoveva no podía respirar.
—Así que voy a preguntártelo —dijo Alexander—. Una sola vez. Y si me dices que todavía no lo sabes, no volveré a preguntártelo nunca. Esperaré a que me lo digas tú.
Se levantó del sillón. Cruzó los tres pasos que los separaban.
Se arrodilló delante de ella, en el suelo de la biblioteca, junto al sillón de terciopelo verde.
Como en la alfombra de su padre. Pero distinto.
Sin chaleco de seda. Sin peluca. Con una camisa de lino y el pelo castaño claro recogido de cualquier manera y una cicatriz rosada por encima del omóplato.
Le tomó las dos manos.
—Genoveva —dijo—. ¿Quieres casarte conmigo?
No ¿me haría el honor?. No para que yo pueda dormir por las noches. Solo eso. ¿Quieres?
Genoveva lo miró.
Al hombre de rodillas. Al hombre que había corrido bajo la lluvia sin peluca en Armagh.
Que había dormido en el suelo de un pasillo con una pistola en el regazo.
Que había quitado las rejas con una palanca.
Que se había puesto delante de una bala.
Que le había enseñado a Orión. Que le preguntaba, por fin, lo que ella quería.
Y la palabra estaba allí otra vez. En la lengua. Tibia. Fácil.
Abrió la boca.
Los cascos de un caballo en la avenida de los tilos. Al galope. Bajo la lluvia. A las once de la noche.
Los dos se volvieron hacia la ventana.
Un caballo. Uno solo. Negro, empapado, con la cabeza baja y los flancos cubiertos de espuma, entrando en el patio delantero de la casa como si lo persiguiera el diablo. Y encima, doblado sobre el cuello del animal, un jinete. Pequeño. Delgado. Sin sombrero.
El caballo se detuvo frente a la escalinata. Se le doblaron las patas delanteras. El jinete cayó al suelo de grava, sobre el barro, y no se levantó.
Genoveva ya estaba corriendo.
Cruzó la biblioteca, el vestíbulo, la puerta principal, la escalinata, sin pensar, descalza, bajo la lluvia. Alexander detrás de ella. Los lacayos detrás de Alexander, con faroles. Se arrodilló en la grava junto al cuerpo caído. Le dio la vuelta.
Era un muchacho de catorce años, con la cara llena de barro y de sangre seca, y una herida en la frente, y los labios azules de frío. Con unas botas rotas que le quedaban grandes.
—Brennan —susurró Genoveva.
El muchacho la reconoció. Le agarró la manga del vestido con una mano que temblaba.