La hija perfecta XX
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XX

LAS ESTANTERÍAS

El primer libro que puso en las estanterías vacías de Sussex fue uno de astronomía.

No lo había planeado. Llegó a la casa a principios de septiembre, con Alexander todavía con el brazo en cabestrillo y lady Ashcombe insistiendo en que el aire del campo le haría bien a su hijo, y la primera tarde, mientras él dormía la siesta por orden del médico, bajó sola a la biblioteca.

Las estanterías de nogal seguían allí, del suelo al techo, vacías.

Todas menos una, la de junto a la ventana, con el tomo de poemas y la nota que decía Llénalas tú.

La ventana no tenía rejas. Entraba el olor del jardín del sur, donde alguien había empezado a plantar rosales en la tierra removida.

Genoveva se quedó mucho rato de pie en el centro de la habitación, mirando las estanterías.

Se sentía como delante de una página en blanco.

Como la noche de la carta sin firma, antes de escribir la primera palabra.

Tenía miedo de equivocarse. De elegir mal.

De llenar aquellas paredes con libros que no fueran del todo suyos y descubrir, dentro de un año, que había vuelto a vivir en una habitación que había decorado otra persona.

Al día siguiente fue a Horsham, a la única librería del pueblo, y salió con un tratado de astronomía.

No sabía nada de astronomía. Esa era la razón.

Lo colocó en la estantería más baja, a la izquierda de la puerta, solo. Un libro pequeño, encuadernado en tela verde, con láminas de las constelaciones. Se sentó en el suelo junto a él, con la falda recogida bajo las rodillas, y lo abrió por la primera página.

Cuando Alexander bajó a buscarla, una hora después, la encontró allí. Sentada en el suelo. Con el libro en el regazo y el dedo índice siguiendo las estrellas de Orión en una lámina.

No dijo nada. Se apoyó en el marco de la puerta, con el brazo en cabestrillo, y la miró.

Ella levantó la vista.

—No sé nada de esto —dijo—. Nada. No sé cómo se llaman las estrellas. No sé por qué se mueven. No sé si son grandes o pequeñas o si están lejos o cerca.

—Yo tampoco.

—Por eso lo he comprado. —Volvió a mirar la lámina—. Quiero aprender algo que nadie me haya enseñado antes. Algo que nadie haya decidido que me convenía saber.

Alexander se acercó. Despacio. Se sentó en el suelo junto a ella, con un gruñido de dolor por el hombro, la espalda contra la estantería vacía. Miró la lámina por encima de su hombro.

—Esa es Orión —dijo.

—Creía que no sabías nada.

—No sé nada. Pero mi niñera me la enseñó una vez, en esta misma casa, desde esa ventana. Antes de que fuera mía. —Señaló con el dedo bueno—. El cinturón. Las tres estrellas en fila. Decía que era un cazador al que los dioses habían subido al cielo para que no hiciera más daño en la tierra.

Genoveva lo miró.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque nunca me preguntaste por las estrellas. —Alexander sonrió—. Y yo nunca te pregunté si te interesaban.

Se quedaron así hasta que oscureció. Sentados en el suelo de la biblioteca, hombro con hombro, con el libro de astronomía abierto entre los dos.

Y cuando salieron las primeras estrellas al otro lado de la ventana sin rejas, Alexander se levantó con dificultad, le tendió la mano buena, la ayudó a ponerse de pie, y la llevó hasta la ventana.

—Ahí está —dijo, señalando—. Todavía es pronto en el año, sale muy tarde. Pero si esperamos un poco…

Esperaron.

A las once salió Orión, sobre los tilos del fondo del jardín.

Genoveva lo reconoció por el cinturón. Las tres estrellas en fila.

Se le escapó una risa pequeña, de niña, y Alexander se volvió a mirarla, y en la penumbra de la biblioteca, a la luz de las estrellas, tenía en la cara la misma expresión que debía de haber tenido detrás de una cortina de terciopelo granate, a los veintiséis años, viéndola reír.

El segundo libro fue una novela escandalosa.

El tercero, un libro de viajes por Italia.

El cuarto, quinto y sexto, poesía. El séptimo, un tratado de botánica que eligió porque quería saber cómo se llamaban las flores del jardín del sur.

El octavo, uno de Wollstonecraft que Alana le había mandado desde Londres con una nota que decía para que no te ablandes demasiado en el campo.

En tres semanas, había llenado una estantería entera.

Y en tres semanas, sin darse cuenta, había empezado a vivir allí.

No era una decisión. Era una costumbre que se formaba sola, como se forma el camino en la hierba por donde todos pasan.

Desayunaba con Alexander y con lady Ashcombe en el saloncito que daba al este.

Paseaba por el jardín después del desayuno.

Leía en la biblioteca por las mañanas. Montaba por las tardes.

A horcajadas. Con unos calzones de montar que había encargado en Horsham a un sastre que la miró como si se hubiera vuelto loca y que luego se los hizo perfectos.

La primera vez que Alexander la vio montar así, en el patio de los establos, se quedó inmóvil con la boca abierta. Ella esperó la censura. El Genoveva, por Dios. La mirada de su madre.

Alexander se echó a reír.

Se rió tanto que tuvo que apoyarse en la cerca del picadero, con el brazo en cabestrillo apretado contra el pecho porque le dolía el hombro. Y cuando por fin pudo hablar, le dijo:

—Espérame. Que voy contigo.

Y montó él también, con un solo brazo, contra las órdenes del médico y los gritos de su madre desde la ventana. Y galoparon juntos por el camino de los tilos, ella a horcajadas con el pelo suelto y él con un brazo atado al pecho, riéndose los dos como niños, hasta el bosque.

Esa noche, Genoveva le puso el ungüento en la herida.

Lo hacía cada noche. El médico había dicho que era importante para que la cicatriz cerrara bien.

Él se quitaba la camisa, se sentaba en el borde de la cama, de espaldas a ella, y ella se sentaba detrás, con el tarro de ungüento en la mano y una vela en la mesilla, y le extendía la pomada con los dedos sobre la piel rosada y tirante que se estaba formando por encima del omóplato.

Era un ritual. Callado. Lento.

Aquella noche, él se volvió.

No dijo nada. Solo giró los hombros, despacio, hasta quedar de cara a ella, sentado en el borde de la cama, sin camisa. Ella tenía todavía los dedos untados de ungüento. Se quedó con la mano en el aire, a un palmo de su pecho.

Alexander le tomó la muñeca. La de la mano untada. Y se la llevó al pecho. Sobre el corazón.

Genoveva sintió el latido bajo la palma. Fuerte. Rápido. Sintió la piel caliente, el vello castaño claro, los músculos tensos. Sintió el ungüento, resbaladizo, entre su mano y su piel. Sintió que se le secaba la boca.

Él no la soltó. La miró a los ojos. A la luz de la vela tenía los ojos grises muy oscuros, con las pupilas grandes. Ya sabía lo que eso significaba en un hombre. Lo había aprendido en una biblioteca del Foyle.

—Genoveva —dijo, muy bajo.

No le pidió nada. Solo dijo su nombre.

Ella no apartó la mano.

Sintió que se inclinaba hacia él. Sintió cómo él se inclinaba hacia ella.

Sintió su aliento en la cara, cálido, con olor a vino de la cena.

Sintió que cerraba los ojos. Que todo su cuerpo, traicionero, despierto, se tendía hacia aquel hombre como se tiende hacia el fuego en una noche fría.

Sintió el latido entre las piernas, el mismo, el que ya no era de nadie en concreto y era de los dos.

Y la besó.

Despacio. Con la boca entreabierta. Con la mano de ella todavía en su pecho, sobre el corazón.

Un beso largo, hondo, sin prisa, que sabía a vino y a sándalo y a algo dulce y conocido, como una canción que se aprendió de niña.

Genoveva le respondió. Le subió la mano por el pecho, por el cuello, hasta la nuca.

Se le escapó un sonido contra su boca. Él la rodeó por la cintura con el brazo bueno y la atrajo hacia él, y ella se dejó ir, y se encontró de pronto medio tumbada sobre la cama, con él encima, con su peso, su calor, su boca bajándole por el cuello, por la clavícula, hasta el borde del escote del vestido de noche.

Era bueno. Dios santo, era bueno. Era cálido y seguro y hondo y despertaba algo en ella que respondía sin pensar. No era la quietud vacía del primer día en Grosvenor Square. No era nada. Era mucho. Y entonces él se detuvo.

Se detuvo él. Con la boca en su clavícula. Con la respiración rota. Levantó la cabeza y la miró desde muy cerca.

—No —dijo.

Genoveva parpadeó.

—¿No?

—No hasta que me des tu palabra otra vez. —Le apartó el pelo de la cara—. No voy a tomarte a medias, Genoveva. Te lo dije en Londres. Te quiero entera.

Ella lo miró. Desde abajo, desde la cama, con el pelo suelto sobre la almohada y la boca hinchada de sus besos y el corazón golpeándole las costillas.

Y abrió la boca para dársela.

Lo sintió en la lengua. La palabra. Sí. Estaba allí, lista, tibia, fácil.

Tan fácil como había sido siempre. Sí, Alexander.

Sí, Su Gracia. Será un honor. Solo tenía que decirla.

Y entonces todo sería sencillo. La biblioteca, las estrellas, los paseos a caballo, el ungüento cada noche.

Una vida buena, cálida, con un hombre que la quería entera y que había aprendido a preguntarle si le interesaban las estrellas.

La palabra se quedó en su boca.

No salió.

Alexander la miró. Lo vio todo. La palabra en la lengua. La palabra que no salía. Y algo le cambió en la cara, algo muy pequeño, como cuando una nube pasa delante del sol y no termina de taparlo. Se apartó. Despacio. Se sentó en el borde de la cama. Recogió su camisa del suelo.

—No pasa nada —dijo, de espaldas—. No tengo prisa. Te lo prometí.

Genoveva se incorporó. Se quedó sentada en la cama, con el vestido arrugado, mirándole la espalda. La cicatriz rosada por encima del omóplato, brillante de ungüento.

—Alexander…

—Mañana —dijo él, poniéndose la camisa—. O la semana que viene. O dentro de un mes. Cuando estés lista. —Se volvió y le sonrió, una sonrisa cansada, sincera, que le partió el alma—. Ya te lo dije. No tienes que cruzar ningún mar. Solo abrir una puerta.

Salió del dormitorio.