La hija perfecta XIX #3
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XIX #3

Él estaba allí. De pie, junto a la ventana, de espaldas a la puerta.

Vestido para el viaje. Botas de montar, calzones de gamuza, una chaqueta oscura y gastada que Genoveva reconoció: era la que llevaba en Keady.

La que le había echado sobre los hombros en la habitación de la granja. La que olía a turba y a lluvia.

Se volvió al oírla entrar.

No dijo nada. La miró. Desde el otro extremo de la biblioteca, a la luz de una sola vela, con los ojos claros, pálidos, quietos.

Genoveva cerró la puerta.

—Te vas —dijo.

—Al amanecer.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Lo que haga falta. Semanas. Meses. —Hizo una pausa—. Quizá más.

Ella cruzó la biblioteca. Despacio. Hasta quedar frente a él, a un paso. Como en el Foyle. Como en la noche de la llave.

—Llévame contigo.

Lo dijo sin pensar. Le salió del mismo sitio donde vivía el nudo, donde vivía el latido, donde vivía ¿y si yo quisiera?.

Frederick cerró los ojos.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque Keady va a arder y no voy a llevarte a un sitio así.

—Me has llevado antes.

—Antes no te llevé. Te trajeron. —Abrió los ojos—. Y no voy a hacerte eso dos veces.

Genoveva sintió que le temblaba la barbilla. Se mordió el labio para que no le temblara.

—Entonces espera a que pase. Y vuelve. O llámame. Y yo iré.

Frederick la miró un largo momento y después hizo algo que ella no esperaba. Le tomó las manos. Las dos. Y se las llevó al pecho. A la chaqueta de Keady. Al bolsillo interior, donde llevaba, dobladas en tres con precisión matemática, sus cartas.

—Escúchame, Genoveva. Porque solo voy a decirlo una vez. Y voy a decirlo despacio, porque me cuesta.

Ella no respiró.

—Arriba, en el primer piso —dijo él—, hay un hombre que se puso delante de una bala por ti.

Que te conoce desde que tenías catorce años.

Que quitó las rejas con sus propias manos.

Que esta tarde ha escrito al juez para salvar a un muchacho irlandés que ayudó a dispararle, solo porque tú se lo pediste.

Que no se va a ir a ninguna parte. —Le apretó las manos contra el pecho—.

Y tú lo quieres. Lo he visto. En el jardín.

En la cama, estos tres días, cuando le cambiabas la venda. Lo quieres.

—Frederick…

—Déjame terminar. —La voz le tembló un poco—. Tú me preguntaste una vez qué quería yo. Te lo dije. Una casa sin rejas. Que mi apellido fuera solo un apellido. Dormir una noche entera… Ahora quiero otra cosa y esta sí te la voy a decir.

La miró a los ojos.

—No te quiero a mi lado por gratitud. Ni por deuda.

Ni por obligación. Ni porque te salvé en Keady o te di una llave o te besé bajo la lluvia.

Ni porque te enseñé a montar a horcajadas o te dejé tachar una palabra en una carta.

—Le soltó las manos, despacio—. Si necesitas volver con Wexford para descubrir si esa vida todavía te pertenece, debes hacerlo.

Quédate. Cuídalo. Ve a Sussex. Llena esas estanterías vacías.

Y si un día descubres que esa vida es la tuya, Genoveva…

si un día descubres que eres feliz allí…

Se detuvo. Tragó saliva. No terminó la frase.

—¿Y si no lo descubro? —susurró ella.

Frederick no contestó.

Levantó una mano. Le tomó la cara. Le pasó el pulgar por la mejilla, despacio, por donde le corría una lágrima. Y se inclinó.

No la besó en la boca.

La besó en la frente. Una vez. Largo rato. Con los labios apretados contra su piel y los ojos cerrados, respirando contra su pelo, como se besa a alguien que no se sabe si se volverá a ver.

Después se apartó.

Cruzó la biblioteca hacia la puerta. Con la mano en el pomo, se detuvo. No se volvió.

—La llave —dijo—. Quédatela.

—Frederick.

—La casa del Foyle no tiene otra.

Abrió la puerta. Salió.

Genoveva no lo siguió. No pudo. Se quedó de pie junto a la ventana, en camisón, con la vela temblándole en la mano, mirando la puerta cerrada.

Oyó sus pasos en el vestíbulo. Oyó la puerta principal.

Oyó, muy lejos, los cascos de un caballo sobre los adoquines de Grosvenor Square, alejándose hacia el oeste en la última oscuridad antes del amanecer.

No lloró.

Se quedó allí hasta que el cielo se volvió gris. Después subió la escalera, despacio, hasta el primer piso. Abrió la puerta de la habitación de invitados sin hacer ruido.

Alexander estaba despierto. Recostado contra las almohadas, con el brazo en cabestrillo, mirando la ventana. La había estado esperando. Se le notaba en la cara.

La miró en la puerta. En camisón. Descalza. Con la vela apagada en la mano y los ojos secos.

—¿Se ha ido? —preguntó en voz baja.

—Sí.

Alexander la miró un largo momento.

—¿Y tú te has quedado?

Genoveva no respondió.

Cruzó la habitación. Se sentó en el sillón junto a la cama, el mismo donde había dormido tres noches. Le tomó la mano izquierda, la buena, entre las suyas.

Y debajo del camisón, contra el pecho, cosida con tres puntadas nuevas que se había dado esa misma noche, antes de bajar a la biblioteca, sin saber todavía para qué, la llave de hierro de una casa sin rejas le pesaba más que nunca.