XIX #2
Frederick no le había dicho que iba. Genoveva lo supo por su padre, que se lo contó a la hora de la comida, en voz baja, mientras partía el pan: que el marqués de Londonderry había ido a la prisión a ver a los Doyle. Que había pedido hablar con el menor. A solas.
Genoveva se levantó de la mesa sin terminar la sopa.
Richard no la detuvo. Le dio su carruaje.
La celda del Doyle menor era un agujero de piedra húmeda, sin ventana, con un camastro de paja y un cubo en un rincón.
El muchacho estaba sentado en el suelo, con las rodillas contra el pecho y grilletes en los tobillos.
Tenía la cara hinchada de un golpe que no le había dado Frederick y los ojos rojos de no dormir.
Cuando vio entrar a Genoveva detrás del carcelero, se puso de pie tan deprisa que las cadenas sonaron.
Frederick estaba allí. De pie, junto a la pared, con los brazos cruzados. Se volvió al oírla. No pareció sorprendido.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Tú tampoco.
El muchacho la miraba como si fuera una aparición.
—Milady. —Le tembló la voz—. Milady, yo… Le dije a Ciarán que no. Que no era para usted. Que a usted no. Le dije que esperara a que se quedara solo, que esperara, que no disparara si estaba usted, pero Ciarán… Ciarán no esperó, nunca espera.
Genoveva lo miró. Tenía veinte años. Quizá menos. Con aquella peca debajo del ojo y las pestañas rubias, y la misma cara que en la bodega del barco, cuando le dio agua y le limpió la boca con una delicadeza que le había dado más miedo que la pistola.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
El muchacho parpadeó.
—Liam, milady.
—Liam. —Genoveva se acercó. El carcelero hizo un gesto, pero Frederick lo detuvo con una mirada—. En el barco me diste agua. Me limpiaste la cara cuando vomitaba. No me pusiste nunca la mano encima.
—No, milady.
—¿Por qué?
Liam bajó la vista.
—Porque mi madre no me lo habría perdonado.
Genoveva se volvió hacia Frederick.
—¿Qué le va a pasar?
Frederick tardó en contestar.
—Al mayor lo van a colgar. Disparó a un duque inglés delante de cien testigos. No hay nada que hacer. —Hizo una pausa—. A Liam… depende.
—¿De qué?
—De lo que diga el duque inglés al que dispararon.
Genoveva lo miró. Él le sostuvo la mirada. Y ella comprendió que había ido allí por lo mismo que ella: porque no podía dejar a un muchacho de veinte años con la cara de un niño en un agujero de piedra sin intentar algo.
—Hablaré con Alexander —dijo.
Liam se echó a llorar.
Al salir de Newgate, en el patio, bajo un cielo blanco y bajo, Frederick se detuvo. Genoveva también.
—Me ha contado otras cosas —dijo él en voz baja—.
Liam. Me ha contado que Keogh no va a parar.
Que ha reunido a sesenta hombres en Keady.
Que tiene las armas que yo me comprometí a entregar, escondidas en tres granjas.
Y que piensa usarlas antes de que llegue el invierno.
Contra los dragones. Contra los protestantes de Armagh. Contra mí.
Genoveva sintió que se le helaba la sangre.
—¿Cuándo?
—No lo sabe. Pronto. —La miró—. Tengo que volver, Genoveva. Mañana. Si no estoy allí cuando Keogh se mueva, no habrá nadie entre él y el condado. Ni entre él y los dragones. Ni entre los dragones y las granjas. Será Armagh otra vez, pero peor. Será una guerra.
Ella no dijo nada. No podía.
Frederick levantó una mano. Le apartó un mechón de pelo de la cara. Con los dedos, despacio, sin tocarle la piel.
—Esta noche —dijo—. En la biblioteca. A las cuatro.
Y se fue.
Alexander la escuchó sin interrumpirla.
Estaba sentado en la cama, recostado contra tres almohadas, con el brazo derecho en cabestrillo y el pecho vendado, más pálido que las sábanas, pero con los ojos limpios de fiebre. Genoveva le habló de Liam. De la peca debajo del ojo. Del agua en la bodega. De mi madre no me lo habría perdonado.
Cuando terminó, Alexander se quedó un largo rato mirando por la ventana.
—Ese muchacho estaba en el sendero —dijo al fin—. Cuando caí. Lo vi. Antes de cerrar los ojos. Estaba de pie con las manos en alto. Llorando. Gritando que no era para ti.
—Sí.
—Le escribiré al juez esta tarde. —Volvió la cabeza hacia ella—. Diré que no disparó. Que intentó impedirlo. Que lo vi con mis propios ojos. Es la verdad.
Genoveva sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Alexander…
—No me des las gracias. —Le tomó la mano con la izquierda, la buena—. Me pasé seis años mirándote desde detrás de una cortina sin decirte nada. Un muchacho que llora porque no quería hacerte daño merece más que yo una segunda oportunidad.
Se quedaron así, con las manos juntas sobre la colcha. La luz de la tarde entraba por la ventana, dorada, y le daba en la cara a Alexander, en el pelo castaño claro, en las ojeras.
—Se va mañana, ¿verdad? —dijo él de pronto.
Genoveva se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—Vino a verme esta mañana. Antes de ir a Newgate. —Alexander miró sus manos juntas—. Me lo dijo. Que Keogh va a levantarse. Que tiene que volver. Y me pidió perdón.
—¿Por qué?
—Por el pasillo de la casa de los Pembroke. Por la ventana del segundo piso. Por mirarte. Por no poder dejar de mirarte. —Alexander sonrió apenas—. Le dije que yo tampoco puedo. Que no era culpa suya.
Genoveva no pudo contestar.
—Y después —siguió Alexander— me dio las gracias.
Por Vauxhall. Por ponerme delante. Me dijo que él no habría llegado a tiempo.
Que estaba demasiado cerca de ti para ver la pistola.
—Le apretó la mano—. Dos hombres dándose las gracias en un dormitorio por haber estado dispuestos a morir por la misma mujer.
Si lo cuentas en una novela, nadie te lo cree.
—Alexander.
—No voy a preguntarte nada, Genoveva. Te lo prometí. —La miró a los ojos—. Pero esta noche, cuando bajes a esa biblioteca a las cuatro, porque sé que vas a bajar, quiero que sepas una cosa.
—¿Qué?
—Que yo no me voy a ninguna parte. —Lo dijo con la voz muy tranquila—.
Él tiene que irse. Lo entiendo. Es lo que hace un hombre como él.
Pero yo voy a estar aquí. Mañana. Y pasado.
Y dentro de un año. En esta cama, en Sussex o donde sea.
Y si un día quieres volver a darme tu palabra, solo tendrás que abrir una puerta. No tendrás que cruzar ningún mar.
Alas cuatro, Genoveva bajó a la biblioteca.