XIX
LO QUE NO SE PIDE
El cirujano llegó a las doce y media, en camisón, con una casaca echada por encima y un maletín de cuero negro que olía a vinagre y a algo dulce y podrido que Genoveva no olvidaría nunca.
Lo habían subido a la habitación de invitados del primer piso de Grosvenor Square, la que daba al jardín.
Cuatro lacayos, una puerta arrancada de sus goznes en Vauxhall para usarla de camilla, una barca que cruzó el Támesis a oscuras con Frederick arrodillado en el fondo apretando la chaqueta empapada contra el hombro de Alexander.
Genoveva no recordaba la travesía. Recordaba el agua negra, y las luces de Vauxhall alejándose, y la cara de Alexander sobre su regazo, cada vez más blanca, y la voz de Frederick, baja, constante, que no dejaba de hablarle a Alexander en irlandés, en inglés, en algo que no era ningún idioma, para que no se durmiera.
Ahora Alexander estaba tendido boca abajo sobre la cama de dosel, desnudo de cintura para arriba, con la espalda iluminada por seis velas que Mary había colocado alrededor sin que nadie se lo pidiera.
La herida era un agujero oscuro por encima del omóplato derecho, del tamaño de una moneda, con los bordes hinchados y morados.
Ya no sangraba tanto. Frederick había apretado durante dos horas.
—La bala sigue dentro —dijo el cirujano, después de mirarla un momento—. Hay que sacarla. Necesito a alguien que lo sujete.
—Yo —dijo Frederick.
El cirujano lo miró de arriba abajo. La camisa abierta y manchada de sangre hasta los codos. Las manos rojas. El pelo suelto y revuelto. La cara de quien lleva cuatro horas sin parpadear.
—¿Ha hecho esto antes?
—Me lo han hecho a mí.
El cirujano asintió despacio, como si eso explicara todo.
—Y la dama, fuera.
—No —dijo Genoveva.
Todos se volvieron hacia ella. Richard, junto a la ventana.
Violet, en el umbral, con las sales en la mano.
Lady Ashcombe, que había llegado desde su casa de Brook Street media hora antes, en bata, con el pelo canoso suelto y la cara deshecha.
Alana, Miriam, Cristina, apiñadas en el pasillo, que no se habían movido de allí desde que llegaron.
Genoveva seguía con el vestido de Vauxhall. Ya no era color crema. Era marrón, rígido, pegado a la piel. No se lo había quitado. No había tenido tiempo.
—Me quedo —dijo.
El cirujano abrió la boca, Frederick lo miró y la cerró.
Genoveva se sentó en el borde de la cama, junto a la cabeza de Alexander. Le tomó la mano derecha, la que colgaba del borde del colchón. La tenía fría. Se la apretó.
Alexander abrió los ojos.
La miró. Estaba muy pálido, con los labios casi grises, y tenía las pupilas dilatadas por el láudano que el cirujano le había hecho beber. Tardó en reconocerla. Cuando lo hizo, sonrió.
—Estás… —dijo— …manchada.
—Es tuya.
—Lo siento.
—No digas tonterías.
—Era… color crema. Te quedaba… —Cerró los ojos—. Te quedaba como a una campesina. Tu madre tenía razón.
Genoveva se echó a reír y a llorar a la vez. Frederick, al otro lado de la cama, apoyó las dos manos en los hombros desnudos de Alexander, con todo su peso.
—Wexford —dijo en voz baja—. Esto va a doler.
Alexander abrió un ojo y lo miró de lado, con la mejilla contra la almohada.
—Donovan. —Sonrió otra vez, una sonrisa torcida, drogada—. Si me muero, quiero que sepas… que tu corbata… de la cena… estaba muy mal anudada.
Frederick se quedó mirándolo. Después, por primera vez desde que Genoveva lo conocía delante de otro hombre, se echó a reír. Una risa corta, ronca, incrédula.
—No te vas a morir.
—Qué lástima. Tenía más cosas que decir de tu chaqueta.
El cirujano metió las pinzas en la herida.
Alexander gritó.
Un grito que le salió de muy dentro, que le arqueó toda la espalda contra las manos de Frederick, que hizo temblar las seis velas.
Frederick apretó. No le dejó moverse. Le habló al oído, sin parar, en voz baja, palabras que Genoveva no entendía.
Y Genoveva le apretó la mano a Alexander con las dos suyas, tan fuerte que sintió crujir sus propios huesos, y no lo soltó.
—Mírame —le dijo—. Alexander. Mírame a mí.
Él la miró. Con los ojos llenos de lágrimas de dolor, con la cara contra la almohada empapada de sudor, la miró.
—Detrás de la cortina —le dijo ella—. ¿Te acuerdas? Lord Ashby. La viuda de las plumas de avestruz. Cayeron los dos. Las plumas por todas partes. Me reí tanto que me temblaban los hombros.
Alexander soltó un sonido entre el grito y la risa.
—Te… temblaban…
—Me temblaban. Y tú estabas detrás de la otra cortina. Y no me dijiste nada. Durante seis años no me dijiste nada.
—No… sabía… cómo…
El cirujano sacó las pinzas.
Entre las puntas, roja, brillante, una bola de plomo deformada del tamaño de un guisante.
Alexander se desmayó.
No se murió.
Tuvo fiebre tres días. Tres días de sudor, de delirio, de sábanas empapadas que Mary cambiaba cada cuatro horas, de compresas frías que Genoveva le ponía en la frente.
Tres días en los que no salió de aquella habitación más que para dormir dos horas en un sillón del pasillo y volver.
Tres días en los que se quitó por fin el vestido de Vauxhall, porque Violet la obligó, y Mary lo quemó en la chimenea de la cocina sin decirle nada a nadie.
Tres días cuidándolo.
Le limpiaba la herida. Lo aprendió el primer día, mirando al cirujano: el agua hervida, el vinagre, las vendas de lino limpias.
Lo hacía ella sola, despacio, sentada en el borde de la cama, mientras él dormía boca abajo, o fingía dormir.
Le apartaba el pelo castaño claro de la nuca, empapado de sudor.
Le pasaba un paño húmedo por la espalda, por los hombros, por la columna, por los músculos que se le marcaban bajo la piel pálida.
Le cambiaba el vendaje. Le ponía la mano en la frente para ver si la fiebre bajaba.
Nunca había tocado así el cuerpo de un hombre.
Ni siquiera el de Frederick, en el invernadero, cuando le desabrochó la camisa y le besó la cicatriz.
Aquello había sido deseo. Esto era otra cosa.
Era la piel caliente de Alexander bajo sus dedos, la respiración de Alexander acompasándose a la suya, el olor de Alexander, a sudor y a vinagre y debajo, todavía, a sándalo.
Era saber dónde le dolía. Era saber cuándo tenía sed antes de que la pidiera.
Era una intimidad que no tenía nada que ver con el jardín bajo la tormenta, y que la conmovía de una manera que no sabía nombrar.
El segundo día, en mitad de la fiebre, Alexander le tomó la muñeca. Estaba dormido, o eso creía ella. Le estaba pasando el paño húmedo por el cuello, y él levantó la mano izquierda, la buena, y le rodeó la muñeca con los dedos, sin abrir los ojos.
—Genoveva —murmuró.
—Estoy aquí.
—No te vayas.
—No me voy.
No la soltó. Se quedó así, con los dedos alrededor de su muñeca, sobre el pulso, y se volvió a dormir. Y Genoveva se quedó sentada en el borde de la cama, sin moverse, durante dos horas, con el paño húmedo en la otra mano, mirando cómo respiraba.
El tercer día, la fiebre bajó.
Alexander abrió los ojos al amanecer. Lúcido. Cansado. Vivo. Y lo primero que vio fue a Genoveva, dormida en el sillón junto a la cama, con la cabeza ladeada y un libro abierto en el regazo y el pelo suelto cayéndole por los hombros.
No la despertó. La miró dormir hasta que salió el sol.
—Yo elijo a Alexander —dijo Cristina.
Lo dijo en voz alta, en el saloncito de la planta baja, con los brazos cruzados y la barbilla levantada, como no la había levantado nunca.
Las otras tres la miraron. Era el cuarto día.
Alexander dormía arriba, sin fiebre. Frederick había salido de la casa al amanecer y no había vuelto.
Violet y lady Ashcombe tomaban el té en el salón grande, hablando en voz baja.
—Nadie te ha preguntado, Tina —dijo Alana desde la ventana.
—Lo digo igual. —Cristina tenía las mejillas encendidas—.
Yo elijo a Alexander. Se puso delante de una bala, Lana.
Por ella. Sin pensarlo. Llevaba toda la noche en Vauxhall vigilándola desde lejos, sin acercarse, sin molestar, para que pudiera hablar con el otro.
Y cuando vio la pistola, saltó. —Se le quebró la voz—.
Eso es amor. Eso es lo que hace un hombre que te quiere de verdad.
—Donovan también se puso delante de una bala —dijo Alana—. A los veinte años. Por un niño que ni siquiera conocía.
—Por un niño. No por Vev.
—Gen lo empujó para apartarlo de la pistola, Tina. ¿No te das cuenta? Fue ella quien se puso delante de él. Antes que nadie.
Cristina abrió la boca. La cerró. Miriam, tumbada en el sofá con una partitura sobre la cara, no se movió.
—Miri —dijo Cristina—. Di algo. ¿Tú a quién eliges?
Miriam levantó la partitura. Miró a sus hermanas. Miró a Genoveva, que estaba sentada en el banco del pianoforte, de espaldas al instrumento, con las manos en el regazo, muy pálida, sin decir nada desde que habían empezado.
—Yo —dijo Miriam— no elegiría a ninguno de los dos.
—¿Cómo que a ninguno?
—A ninguno. Me iría a Viena. Me compraría un pianoforte como el de lady Pembroke y me pasaría el resto de mi vida tocando sonatas con alguien que supiera cuándo me salto una repetición. —Volvió a ponerse la partitura sobre la cara—. Pero yo no soy Gen. Y Gen no se va a ir a Viena.
Hubo un silencio.
—Viena —repitió Alana, mirando a Miriam con los ojos entrecerrados—. Qué interesante elección de ciudad.
—Calla, Lana.
—Bavaria está muy cerca de Viena, ¿no es cierto?
—He dicho que calles.
Cristina se volvió hacia Genoveva.
—Vev. —Su voz se volvió muy suave—. ¿A quién eliges tú?
Genoveva levantó la vista. Miró a sus tres hermanas. Cristina, con los ojos llenos de lágrimas, del lado de Alexander. Alana, con los brazos cruzados, del lado de Frederick. Miriam, escondida bajo una partitura, del lado de Viena.
Abrió la boca para contestar y no le salió nada.
Newgate olía a orina, a paja podrida y a miedo.