XVIII #3
No gritó. Igual que en la biblioteca de Sussex, pero esta vez no fue para que nadie disparara. Fue porque no le dio tiempo.
El Doyle mayor levantó la pistola. Apuntaba a la espalda de Frederick. A diez pasos. En la luz roja del cohete, que ya empezaba a apagarse. Genoveva vio cómo tensaba el dedo en el gatillo. Vio, detrás de él, otra figura, más delgada, rubia, que gritaba algo que no oyó. Vio todo eso en un segundo.
Y empujó a Frederick.
Con las dos manos. Con todas sus fuerzas. Lo apartó de ella, hacia un lado, contra el seto. Y se quedó sola en mitad del sendero, de cara a la pistola.
La luz roja se apagó, el disparo sonó como un trueno en la oscuridad, pero no la alcanzó.
Algo la golpeó de lado antes. Algo grande, pesado, que surgió de la oscuridad del seto de enfrente y se lanzó sobre ella y la tiró al suelo.
Genoveva cayó sobre la grava. Sintió un peso encima.
Un cuerpo. Un olor a sándalo y a ponche.
Oyó un gemido ahogado, muy cerca de su oído.
Y sintió algo caliente y húmedo empaparle el vestido, a la altura del pecho.
Otro cohete. Verde. El sendero se iluminó.
Alexander estaba encima de ella. Con la cara a un palmo de la suya. Con los ojos abiertos de par en par, sorprendidos, como los de un niño. Con una mancha oscura extendiéndose por la espalda de su casaca de terciopelo azul, a la altura del hombro.
—Te dije… —jadeó—. Te dije que estaría allí.
Detrás, en la luz verde, Frederick se había levantado del seto.
Genoveva lo vio cruzar los diez pasos que lo separaban del Doyle mayor en dos zancadas, sin un ruido, como un lobo.
Lo vio agarrarle la muñeca de la pistola descargada y retorcérsela hasta que el hombre gritó.
Lo vio golpearle en la cara, una vez, con el codo, y tirarlo al suelo, y ponerle una rodilla en el pecho.
El Doyle menor no se movió. Estaba de pie al fondo del sendero, con las manos en alto, temblando, llorando.
—¡No era para ella! —gritaba—. ¡Le dije que no era para ella! ¡Le dije que esperara! ¡No era para ella!
La luz verde se apagó.
En la oscuridad, Genoveva oía la respiración de Alexander contra su cuello. Rota. Rápida. Sentía su peso encima. Sentía la sangre caliente empapándole la seda del vestido, el corsé, la piel.
—Alexander. —Le tomó la cara entre las manos, a ciegas—. Alexander, mírame.
—Estoy… mirándote.
—No, no, no. No cierres los ojos. Mírame.
Un cohete. Dorado. La cara de él, muy pálida, sobre la suya. Tenía sangre en la comisura de la boca. Sonreía.
—Siempre… —dijo—. Siempre detrás de la cortina.
Y cerró los ojos.
Luego hubo gente. Muchísima gente.
Corriendo por el sendero con faroles. Gritando.
Guardias de los jardines con porras. Damas que se desmayaban en la entrada del paseo oscuro.
Su padre, que apareció de pronto entre el gentío con la cara blanca y el sombrero perdido.
Alana detrás, y detrás de Alana, sin que nadie supiera de dónde había salido, el marqués de Millenmont con la espada desenvainada.
Frederick se arrodilló junto a ellos.
Le dio la vuelta a Alexander con cuidado, despacio, y lo tendió de lado sobre la grava.
Le abrió la casaca. Le rasgó la camisa con las dos manos.
Genoveva vio la herida, a la luz de un farol que alguien sostenía: un agujero oscuro en la parte de atrás del hombro, por encima del omóplato, del que manaba sangre a borbotones.
Frederick se quitó la chaqueta. La dobló. La apretó contra la herida con las dos manos, con todo su peso.
—Un cirujano —dijo, sin levantar la voz—. Ahora.
Richard se volvió hacia la multitud y gritó.
Alguien salió corriendo. Genoveva seguía en el suelo, no se había levantado, no podía.
Tenía la cabeza de Alexander en el regazo, sobre la seda del vestido color crema, que ya no era color crema.
Le acariciaba el pelo. Le hablaba. No sabía qué le decía.
Palabras. Su nombre. Quédate. Mírame. No te vayas.
Frederick levantó la vista hacia ella por encima del cuerpo de Alexander, con las manos rojas hasta las muñecas, apretando la chaqueta contra la herida.
—No va a morirse —le dijo—. ¿Me oyes, Genoveva? La bala ha entrado por arriba. No ha tocado el pulmón. Lo sé. He visto muchas. Tengo una igual. —Apretó más—. No va a morirse.
Ella lo miró. A él. Arrodillado en la grava del paseo oscuro de Vauxhall, salvando con sus manos la vida del hombre que la quería, al que ella quería, al que acababa de ver ponerse delante de una bala por ella.
Ponerse delante. Esa noche decidí que no volvería a mirar desde lejos. Que iba a ponerme delante.
Genoveva bajó la vista hacia Alexander. Hacia su cara pálida sobre su regazo. Hacia sus ojos cerrados. Hacia su boca, que todavía sonreía un poco.
Después se miró las manos.
Las tenía rojas. Empapadas. Hasta las muñecas. Hasta los codos. Rojas en las palmas, en los dedos, en las uñas, en la yema del índice derecho, donde unas horas antes todavía quedaba una sombra gris de tinta de Whitehall.
Ya no se veía.
Esta vez no era tinta.