La hija perfecta XVIII #2
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XVIII #2

Cenaron en el palco. Jamón transparente, pollo frío, tartas de fresa, ponche.

La orquesta tocó Händel y después una canción escocesa, y Miriam tarareó con los ojos cerrados.

Richard contó historias de su juventud en Vauxhall que hicieron que Violet se tapara la cara con el abanico y que las cuatro hermanas lloraran de risa.

Alexander, sentado junto a Violet, le servía el ponche, y la hacía reír, y de vez en cuando miraba a Genoveva por encima de la mesa con una ternura tan tranquila que a ella le dolía el pecho.

Frederick estaba sentado en el otro extremo del palco, junto a Richard.

No había hablado con ella en todo el día, ni en la barca, ni durante la cena.

La miraba, sí. Genoveva sentía su mirada como se siente el calor de una vela cerca de la piel.

Pero cada vez que ella levantaba los ojos, él los bajaba.

Lo había visto en la ventana. Lo sabía. Lo había sabido al entrar en la casa, después del jardín, al cruzarse con él en la escalera. Él no le había dicho nada. Ni una palabra. Se había apartado para dejarla pasar, con los ojos claros, pálidos, quietos, y había seguido subiendo.

A las diez empezaron los fuegos artificiales.

Todo el mundo salió de los palcos hacia la gran avenida para verlos.

Violet del brazo de Richard. Cristina y Miriam juntas, corriendo para coger un buen sitio.

Alana se quedó un momento rezagada, mirando hacia uno de los pabellones donde, Genoveva habría jurado, había un caballero con casaca francesa azul oscuro y un libro bajo el brazo.

Alexander le ofreció el brazo a Genoveva.

Ella lo miró. Después miró a Frederick, que se había quedado en el palco, de pie, junto a la barandilla.

—Ve —le dijo Alexander en voz baja—. Habla con él. Te espero junto a la cascada.

Y se fue tras Violet, sin esperar respuesta.

Genoveva se quedó sola en el palco con Frederick.

—Lo viste —dijo ella.

Él no se volvió. Miraba los fuegos, que estallaban sobre los olmos en lluvias de oro y plata y verde.

—Lo vi.

—No me besó.

—Lo sé. También vi eso. —Se volvió por fin. Tenía la cara iluminada a ráfagas por los fuegos, roja, dorada, verde—. Se detuvo a un dedo. Igual que yo en el Foyle.

—Sí.

—Y tú te inclinaste hacia él.

Genoveva no lo negó.

Frederick cerró los ojos.

—No tengo derecho a esto —dijo—. A estar celoso. Lo sé. Le quitaste la palabra a él y a mí me quitaste la cláusula. Estás libre. Tienes derecho a inclinarte hacia quien quieras. Hacia él. Hacia mí. Hacia el marqués francés que tu hermana finge no mirar.

—Frederick.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. Solo eso. Sin señor, sin Donovan. Él abrió los ojos de golpe.

—Me incliné hacia él —dijo Genoveva, despacio— porque lo quiero.

No voy a mentirte. Lo quiero. Me conoce desde que tenía catorce años.

Me vio detrás de una cortina. Quitó las rejas con sus propias manos.

Y esta tarde, en el jardín, me ha dicho que nunca me había querido más que leyendo que le dije que no a todo Londres.

—Le tembló la voz—. ¿Cómo no voy a quererlo?

Frederick no dijo nada.

—Pero cuando él se detuvo a un dedo de mi boca —siguió ella—, yo pensé en ti.

Un cohete estalló sobre sus cabezas, enorme, dorado, y su luz los bañó a los dos. Frederick la miraba. Tenía los ojos negros.

—Y cuando tú me besaste bajo la lluvia —dijo Genoveva—, yo no pensé en nadie. En nadie. Por primera vez en mi vida, no pensé en nada ni en nadie. Solo sentí.

Él dio un paso hacia ella.

—No lo sé todavía, Frederick. Te dije la verdad en la escalinata. No lo sé. —Le tembló la barbilla—. Pero eso sí lo sé.

No la besó. Le tendió la mano.

—Ven.

El paseo oscuro estaba al fondo de los jardines, lejos de las orquestas y de los fuegos, donde las lámparas de aceite se acababan y empezaban los árboles.

Era famoso. Todas las madres de Londres lo conocían y todas prohibían a sus hijas acercarse a él.

Era un sendero estrecho entre setos altos, sin una sola luz, donde las parejas se perdían para hacer lo que no podían hacer bajo las lámparas.

Frederick la llevó de la mano hasta la entrada. Se detuvo allí.

—No tenemos que entrar —dijo.

Genoveva miró el sendero oscuro. Los setos, negros contra el cielo encendido de fuegos. El silencio, después del ruido de la avenida, tan profundo que se oía el canto de un grillo.

Entró ella primero.

A los veinte pasos ya no se veía nada. Solo la mano de él en la suya, grande, caliente, y el ruido de sus pasos en la grava, y los fuegos artificiales estallando lejos, por encima de los setos, iluminando el sendero a ráfagas, rojo, dorado, verde, y dejándolo luego más oscuro que antes.

Genoveva se detuvo. Él se detuvo. Se volvió hacia ella en la oscuridad.

No se veían. Solo se sentían.

Ella levantó la mano libre y le tocó la cara. A ciegas. La mandíbula, áspera de barba de un día. La mejilla, donde todavía, si una sabía dónde buscar, había una sombra gris de tinta que no se había limpiado. La boca.

Él le besó los dedos.

Uno a uno. Despacio. Los labios contra las yemas, contra los nudillos, contra el hueco de la palma.

Genoveva sintió cada beso como una chispa que le subía por el brazo y le estallaba en el pecho.

Le tomó la mano y le besó la muñeca. El pulso.

Donde había caído la tinta en el despacho del Foyle.

Donde la había besado Alexander en el invernadero de Grosvenor Square hacía una vida.

Y después la besó en la boca.

En la oscuridad absoluta. Con los fuegos estallando sobre los setos.

Con el ruido de la música muy lejos. La empujó despacio contra el seto, y las ramas le arañaron los hombros desnudos por encima del vestido, y no le importó.

Le rodeó el cuello con los brazos. Se apretó contra él.

Sintió sus manos en la cintura, subiendo, por encima del corsé, hasta el borde del escote, y detenerse allí, con los pulgares en el nacimiento de los pechos, temblando.

Sintió que se le escapaba un gemido contra su boca, y que él se lo bebía, y que su cuerpo entero se encendía como los olmos de la avenida cuando prendían las lámparas.

—Genoveva —le dijo contra los labios, con la voz rota.

—No pares.

—Tengo que…

—No pares, Frederick.

Un cohete estalló sobre ellos. Rojo. Toda la avenida se iluminó de rojo, y el sendero, y la cara de él, a un dedo de la suya, con los ojos negros y la boca abierta y el pelo cayéndole sobre la frente.

Y en esa luz roja, detrás de él, al fondo del sendero, Genoveva vio a un hombre. Grande. Lento. Con una cicatriz que le partía la ceja izquierda y una pistola en la mano.