XVIII
EL PASEO OSCURO
Keady, condado de Armagh
Cormac Keogh leyó la noticia en voz alta, en el granero, delante de veinte hombres, y cuando terminó escupió en el suelo.
No sabía leer muy bien. Tardó mucho. Se trabó en las palabras largas, en reconocimiento y en prerrogativa y en pacificación, y uno de los muchachos tuvo que ayudarle con Londonderry, porque estaba escrito con una letra tan pequeña que bailaba.
Pero llegó al final. Y el final decía que el señor Frederick Donovan, del condado de Londonderry, había sido elevado por Su Majestad a la dignidad de marqués, y que a cambio se había comprometido públicamente a dispersar a los grupos armados del norte y a entregar a la Corona las armas que estuvieran bajo su influencia.
Entregar. Las armas.
El granero estaba en silencio. Solo se oía la lluvia en el tejado de turba y las gallinas en el patio.
—Marqués —dijo Keogh.
Nadie respondió.
—Nos dijo que la dejáramos fuera. A la inglesa. Nos dijo que tocarla nos pondría a todos la soga al cuello. —Dobló la gaceta despacio—. Y ahora resulta que él sí la ha tocado. Y que se va a casar con ella. Y que lo han hecho marqués por las molestias.
—Dicen que ella dijo que no —murmuró alguien al fondo—. Delante de todo Londres.
—¿Y qué más da lo que diga ella? —Keogh tiró la gaceta al suelo—.
Lo que importa es lo que dice él. Y él dice que nos va a quitar las armas.
Las que compramos con nuestro dinero. Las que escondimos en nuestros establos arriesgando el cuello.
Para dárselas a los ingleses. A cambio de un título y una mujer.
El viejo de la barba blanca y la cicatriz en la boca, sentado junto al fuego, no dijo nada. Se limitó a mirar a Keogh con aquellos ojos que lo habían visto todo.
Keogh se volvió hacia el rincón, donde dos hombres esperaban de pie, apartados del resto. Uno grande, lento, con una cicatriz que le partía la ceja izquierda. El otro delgado, rubio, con una peca debajo del ojo.
—Los Doyle conocen Londres —dijo Keogh—. Ya han estado. Saben cómo moverse.
El Doyle menor dio un paso atrás.
—Cormac. A Donovan no.
—¿Por qué no?
El muchacho tragó saliva.
—Porque es Donovan.
—Era Donovan. —Keogh se acercó a él—. Ahora es el marqués de Londonderry. Y un marqués que entrega nuestras armas a los ingleses no es de los nuestros. Es de ellos. —Le puso una mano en el hombro—. Y lo que es de ellos, muchacho, se quema.
Condado de Londonderry
Brennan se enteró dos días después, por la mujer de uno de los hombres de Keogh, que llegó a la casa del Foyle a medianoche con un bebé en brazos y la cara blanca de miedo.
No se quedó ni un minuto. Le dijo lo que sabía en la puerta de la cocina, temblando, sin entrar, y se fue antes de que Bridget pudiera ofrecerle siquiera un vaso de agua.
Que Keogh había roto con Donovan. Que lo había llamado traidor delante de todos.
Y que los Doyle habían embarcado la noche anterior en Carlingford, en un pesquero que iba a Liverpool, y que desde Liverpool pensaban ir a Londres.
Brennan escribió la carta esa misma noche, a la luz de una vela, con la letra torpe de un muchacho de catorce años al que Bridget había enseñado a escribir en la mesa de la cocina.
Señor. Los Doyle van a Londres. Por usted. Keogh dice que es usted un traidor. Tenga cuidado. No sé qué más poner. Brennan.
La dobló en dos. La metió en un sobre. Se lo dio a un buhonero que salía al amanecer para Derry, y le pagó con las monedas que había ido ahorrando todo el año para comprarse unas botas.
Y se quedó en el patio, bajo la lluvia, mirando el camino por el que se iba el buhonero, rezando por primera vez en su vida para que una carta llegara a tiempo.
Londres
Alexander volvió a Grosvenor Square una tarde de calor espeso, sin avisar, con una gaceta arrugada en la mano.
Genoveva estaba en el jardín de atrás, sentada en un banco junto a los rosales de su madre, con un libro en el regazo que no estaba leyendo. Lo vio llegar por el camino de grava. Lo vio detenerse a diez pasos. Y se levantó, con el libro contra el pecho, sin saber qué hacer con las manos.
Hacía dos semanas que no lo veía. Desde la madrugada de la biblioteca. Desde la llave.
Estaba más delgado. Tenía ojeras. Se había afeitado la barba de Irlanda, pero no se había vuelto a poner la peluca, y el pelo castaño claro, suelto, recogido en la nuca con una cinta, le hacía parecer más joven y más cansado a la vez.
Llevaba una casaca de montar, no de visita.
Había venido a caballo desde Sussex. Se le notaba en las botas.
Levantó la gaceta.
—Nadie me ha pedido la mano —leyó—. Ante doscientos invitados, en el invernadero de lady Pembroke, la hija mayor del duque de Bermont desmintió públicamente su compromiso con el recién nombrado marqués de Londonderry.
—Bajó el papel—. Lo leí en Sussex. En el desayuno. Mi madre se atragantó con el té.
Genoveva no supo qué decir.
—Alexander…
—No he venido a pedirte nada. —Dio un paso hacia ella.
Uno solo—. Te prometí que no lo haría. Solo he venido porque cuando lo leí…
—Se le quebró la voz. Se aclaró la garganta—.
Cuando lo leí, me reí. Me reí tanto que mi padre me preguntó si me había vuelto loco.
Y luego me di cuenta de que estaba llorando. Y no sabía si era de pena o de orgullo.
Genoveva sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿De orgullo?
—Le dijiste a doscientas personas que nadie te lo había preguntado.
A lady Pembroke. Al subsecretario. Al futuro marqués.
—Alexander sonrió, una sonrisa torcida, dolorosa—.
Lo que yo tendría que haberte oído decir en el despacho de tu padre, hace tres meses, cuando me arrodillé sobre la alfombra.
Y no lo dijiste. Porque yo no te había dejado espacio para decirlo.
Se acercó otro paso. Estaban ya muy cerca. Genoveva olía el sándalo y el polvo del camino y el sudor del caballo.
—Nunca te he querido más que esta mañana, leyendo esa gaceta —dijo él en voz baja—. Ni detrás de la cortina. Ni en la biblioteca de Sussex. Ni en la tienda de Armagh. Nunca.
Genoveva no pudo contenerse. Dejó caer el libro sobre la grava y lo abrazó.
No como en Armagh, de alivio. Ni como en la biblioteca, con hambre.
Lo abrazó como se abraza a alguien que se ha perdido y se vuelve a encontrar sin esperarlo.
Con los brazos alrededor de su cuello y la cara contra su hombro.
Y él la abrazó también, despacio, sin apretar, con una mano abierta en su espalda y la otra en su nuca, bajo el pelo, y Genoveva sintió su corazón contra el pecho, latiendo deprisa, y se le escapó un sollozo que no sabía que tenía guardado.
Alexander le besó el pelo. Una vez. Junto a la sien.
Después le bajó los labios, muy despacio, por la sien, por la mejilla, hasta la comisura de la boca. Y se detuvo allí. Sin besarla. A un dedo.
Como Frederick en la biblioteca del Foyle.
Genoveva contuvo el aliento. Sintió el aliento de él en los labios, cálido.
Sintió que su cuerpo, traicionero, se inclinaba hacia él.
Sintió el latido entre las piernas, el mismo, el que ya tenía nombre, y comprendió con un escalofrío que no era solo de Frederick.
Que también era suyo. Que Alexander también sabía despertarlo.
—No voy a besarte —susurró él contra su boca—. Te devolví la palabra. No voy a quitártela a escondidas en un jardín.
Se apartó. Le secó una lágrima con el pulgar. Le recogió el libro de la grava y se lo puso en las manos.
—Tu padre me ha invitado a Vauxhall mañana por la noche —dijo—. Con toda la familia. Dice que si Londres quiere hablar de los Hillenburg, que hable viéndolos divertirse. —Hizo una pausa—. ¿Te importa que vaya?
Genoveva lo miró. Tenía el corazón desbocado.
—No —dijo—. No me importa.
Alexander asintió, se tocó el ala de un sombrero que no llevaba, un gesto vacío, nervioso y se fue por el camino de grava, despacio, sin volverse.
Genoveva se quedó en el jardín, junto a los rosales, con el libro contra el pecho y la boca ardiendo de un beso que no le habían dado.
Desde la ventana del segundo piso, con la cortina apartada dos dedos, Frederick lo había visto todo.
Vauxhall era otro mundo.
Genoveva había ido muchas veces, de niña, con su madre y una institutriz, por las tardes, cuando los jardines estaban llenos de familias y las orquestas tocaban música de baile en los pabellones.
Nunca de noche. Las damas decentes no iban a Vauxhall de noche.
Eso decía siempre Violet. Por eso, cuando Richard anunció que irían todos, a las nueve, con cena en un palco junto a la orquesta, Violet se había llevado una mano al pecho y había dicho que su marido estaba decidido a matarla.
Pero había ido.
Cruzaron el Támesis en barca, al anochecer, con el agua dorada por el último sol y el humo de las chimeneas de Londres a su espalda. Y al desembarcar en la orilla de Lambeth, Genoveva se quedó sin aliento.
Miles de luces.
Lámparas de aceite colgadas de cada árbol, de cada arco, de cada columna, a miles, encendidas todas a la vez en el momento en que oscurecía, como si alguien hubiera soltado un cielo entero de estrellas entre las ramas.
Avenidas de olmos que se perdían hacia el fondo, iluminadas como salones de baile.
Pabellones con columnas pintadas, cascadas artificiales, estatuas, templetes chinos.
Música por todas partes, de tres orquestas a la vez.
Y gente. Miles de personas. Damas con plumas, caballeros con espada, muchachas del servicio con sus novios, soldados, comerciantes, cortesanas con los labios pintados de rojo, niños corriendo entre las piernas de todos.
Olía a pólvora de los fuegos artificiales, a jamón tan fino que se transparentaba, a ponche de arac, a hierba pisada y a perfume.
—Dios mío —dijo Cristina, aferrada al brazo de Miriam—. Es como un cuento.
—Es como un burdel con mejor iluminación —dijo Alana.
—¡Alana! —dijo Violet.
—Es una cita, madre. De una novela. —Alana sonrió con inocencia—. Muy respetable.