La hija perfecta XVII #3
71%

XVII #3

—Lady Genoveva —dijo—. Llevo cuarenta años en esta casa.

He visto a hombres poderosos pedir títulos, tierras, favores, ejércitos.

He visto a reyes firmar tratados que cambiaban el mapa de Europa.

—Le apretó la mano—. Es la primera vez que veo a alguien entrar en esta sala a pedir que le quiten algo.

—No he venido a pedir que me quiten nada, señor.

—¿No?

—He venido a pedir que me devuelvan algo.

El anciano la miró. Y sonrió.

—¿El qué?

Genoveva pensó en una carta sin firma. En una pregunta escrita con letra pequeña e inclinada. En una llave de hierro con la cabeza en forma de trébol.

—La pregunta —dijo.

En la antesala, el marqués de Millenmont seguía junto a la ventana. Cuando las vio salir, cerró el libro de Rousseau y se levantó.

—¿Y bien, mademoiselle? —le preguntó a Alana, no a Genoveva—. ¿Han asaltado ustedes el gobierno de Su Majestad?

Alana lo miró por encima del hombro, sin detenerse.

—Mi hermana lo ha asaltado, monsieur. Yo solo he mirado.

—Entonces la próxima vez —dijo el francés, con una reverencia— espero que sea usted quien asalte algo. Me gustaría mucho verlo.

Alana no respondió. Pero en el carruaje, de vuelta a Grosvenor Square, se pasó todo el camino mirando por la ventanilla con una expresión furiosa y las mejillas encendidas, y cuando Genoveva le preguntó en qué pensaba, le contestó que en Rousseau.

Genoveva no se lo creyó ni por un momento.

Él estaba en la escalinata cuando llegaron.

De pie, junto a la puerta principal, en mangas de camisa, sin chaqueta, sin sombrero, con el pelo rojo suelto sobre los hombros. Como si llevara horas allí. Como si no se hubiera movido desde que ella salió por la mañana.

Alana bajó del carruaje primero. Lo miró. Le dijo algo al pasar, en voz baja, que Genoveva no oyó y que hizo que él cerrara los ojos un instante. Después entró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

Genoveva bajó del carruaje. Sola. Subió los escalones de la escalinata. Uno. Dos. Tres. Se detuvo en el último, frente a él. Así, en el último escalón, sus ojos quedaban a la altura de los de él.

—Lo han quitado —dijo—. La cláusula. El título es tuyo. Sin condiciones. Sin mí.

Frederick no dijo nada. La miraba. Tenía los ojos claros, pálidos, quietos. Y entonces vio la mancha de tinta en su dedo, y se le oscurecieron de golpe.

—Has firmado algo —dijo.

—De testigo. Que la cláusula se retiraba a petición de la interesada.

—De la interesada.

—De mí.

Él cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, tenía en ellos algo que Genoveva no había visto nunca. Ni en Keady, ni en el Foyle, ni en el jardín bajo la tormenta. Era humildad.

—Entonces ya no hay nada que te ate a mí —dijo—. Ni un papel, ni una llave, ni una deuda. Nada.

—Nada.

—Puedes volver con Wexford. Puedes quedarte en Londres. Puedes irte a Italia, si quieres, y llenar cien bibliotecas con libros que nadie haya elegido por ti.

—Puedo.

Frederick bajó un escalón. Ahora ella estaba un poco más alta que él. Tuvo que levantar la cara para mirarla.

—Genoveva —dijo—. ¿Qué quieres tú?

Ella lo miró desde arriba. Pensó en todas las respuestas que tenía, pensó en el beso bajo la lluvia, en la cicatriz bajo sus labios, en la mano en su rodilla en el invernadero, pensó en Alexander, en la biblioteca vacía de Sussex, en te quiero entera o no te quiero, pensó en la habitación cerrada de Whitehall y papel firmado sin ella.

—No lo sé todavía —dijo.

Él asintió despacio. No pareció dolido. Pareció aliviado.

—Y por primera vez en mi vida —siguió ella— tengo derecho a no saberlo. A tardar. A equivocarme. A cambiar de opinión. Nadie me va a firmar la respuesta. Ni la Corona, ni mi madre, ni Alexander. —Se le quebró la voz—. Ni tú.

—Ni yo.

—Pregúntamelo otra vez cuando lo sepa.

—¿Y cuándo será eso?

Genoveva no respondió.

Se inclinó. Desde el último escalón, desde arriba, como nunca lo había hecho. Le tomó la cara entre las manos, con la mancha de tinta en el dedo apoyada justo en su mejilla. Y lo besó.

No como bajo la lluvia, con hambre. No como en el pasillo, con miedo.

Lo besó despacio. Con la boca entreabierta.

Con los ojos cerrados. Sintiendo cómo se le escapaba a él el aliento, cómo se le tensaban las manos a los costados sin atreverse a tocarla, cómo todo su cuerpo se inclinaba hacia ella como las plantas hacia una ventana.

Lo besó como se firma algo. Con todo el tiempo del mundo. Con su nombre entero.

Cuando se separó, él tenía los ojos cerrados y la marca de su dedo en la mejilla. Una mancha pequeña, gris, de tinta.

—Eso no es una respuesta —dijo él, con la voz destrozada.

—No. —Genoveva bajó las manos—. Es una pregunta.

Se apartó. Pasó junto a él. Entró en la casa.

Y cerró la puerta.

Frederick se quedó en la escalinata de Grosvenor Square, en mangas de camisa, con la marca de tinta en la mejilla y los ojos todavía cerrados, durante tanto tiempo que el cochero de Bermont, que seguía esperando junto al carruaje, se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.

Cuando por fin abrió los ojos, estaba sonriendo.

No se limpió la mejilla.