La hija perfecta XVII #2
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XVII #2

—A que alguien me lo pregunte.

El subsecretario de Estado no tenía la menor intención de recibirla.

Lo dejó muy claro el ujier, un hombre pequeño con librea gris que la miró de arriba abajo en la antesala de la casa de Whitehall que no parecía un ministerio, con la expresión de quien ha visto entrar a una vaca en una catedral.

El señor subsecretario estaba muy ocupado.

El señor subsecretario no recibía visitas sin cita previa.

El señor subsecretario, desde luego, no recibía damas.

—Esperaré —dijo Genoveva.

Y se sentó.

Alana se sentó a su lado. Había insistido en venir.

Había bajado a desayunar con su vestido más serio, uno gris oscuro que parecía de luto, y había anunciado que si su hermana pensaba ir a asaltar el gobierno de Su Majestad, ella pensaba ir de testigo.

Violet no había dicho nada. Richard tampoco.

Se había limitado a darles su propio carruaje y a pedirle al cochero que esperara en la puerta todo el tiempo que hiciera falta.

La antesala era larga, con bancos de madera contra las paredes y retratos de almirantes muertos.

Había otras personas esperando. Un comerciante con un rollo de papeles.

Dos clérigos. Un militar de uniforme. Y, al fondo, junto a la ventana, un hombre joven, elegante, vestido con una casaca de corte francés de un azul muy oscuro, casi negro, con encaje en los puños y el pelo castaño recogido en una coleta perfecta, sin empolvar.

Tenía un libro abierto sobre las rodillas.

No lo estaba leyendo. Miraba por la ventana con una expresión de cansancio infinito.

Alana lo miró. Después miró el libro.

Se inclinó hacia Genoveva.

—Eso es Rousseau —susurró, indignada—. Un aristócrata francés leyendo a Rousseau en la antesala del ministerio inglés. ¿Has visto algo más absurdo en tu vida?

—Alana.

—Es como un zorro leyendo un tratado sobre los derechos de las gallinas.

El hombre de la ventana se volvió.

No había hablado tan bajo como creía. Genoveva lo supo por la expresión del francés, que había pasado del cansancio a una curiosidad muy viva en un solo segundo.

Miró a Alana. La miró de arriba abajo, el vestido gris oscuro, el pelo castaño recogido sin gracia, los ojos brillantes de quien acaba de encontrar a alguien con quien discutir.

—Le ruego que me disculpe, mademoiselle —dijo en un inglés impecable, con un acento que convertía cada consonante en una caricia—.

Pero el zorro ha leído a Rousseau precisamente para entender por qué las gallinas le han quemado el gallinero.

Me parece una lectura bastante sensata, dadas las circunstancias.

Alana se quedó con la boca abierta. Por primera vez en su vida, Genoveva la vio sin respuesta.

Durante un segundo.

—Si el zorro hubiera leído a Rousseau antes —dijo Alana, recuperándose—, quizá las gallinas no habrían tenido que quemar nada.

El francés sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, encantada.

—Touché, mademoiselle. —Cerró el libro. Se levantó.

Hizo una reverencia impecable—. Edmundo Charpentier, marqués de Millenmont.

Hasta hace once meses, propietario de un castillo en el Loira.

Ahora, propietario de este libro y de la casaca que llevo puesta.

Y en espera, desde hace seis días, de que alguien en este edificio me reciba para explicarme por qué Inglaterra no puede ayudar a los franceses que huyen de su propia revolución.

Alana lo miró. Él la miró.

—Alana Hillenburg —dijo ella al fin, sin levantarse—. Y no voy a disculparme por lo del zorro.

—No esperaba que lo hiciera, mademoiselle. Me habría decepcionado profundamente.

La puerta del fondo se abrió.

—Lady Genoveva Hillenburg —dijo el ujier, con la cara de un hombre al que han obligado a tragarse un sapo—. El caballero la recibirá.

Genoveva se levantó. Alana también, aunque le costó apartar los ojos del francés. Al cruzar la antesala, Genoveva vio por el rabillo del ojo cómo el marqués de Millenmont volvía a sentarse junto a la ventana, abría el libro de Rousseau y no lo leía. Miraba a su hermana.

No la recibió el subsecretario.

La recibió el caballero del pelo blanco.

Estaba solo en la sala de los reyes muertos, sentado junto a la ventana que daba al parque de St. James, en el mismo sillón donde, según su padre, se había pasado la reunión tomando notas en un cuadernito de tapas de cuero.

Ahora no tenía el cuadernito. Tenía las manos cruzadas sobre el bastón y una expresión de interés muy viva en una cara llena de arrugas.

No se levantó. No dijo su nombre. Le señaló una silla frente a él.

—Siéntese, lady Genoveva. Su hermana también. —Miró a Alana con una chispa de diversión—. Me han dicho que ha venido de testigo. Me parece muy prudente.

Genoveva se sentó. No se apoyó en el respaldo. Puso las manos en el regazo, como le había enseñado su madre. Y esperó. El anciano la estudió un largo rato. Ella le sostuvo la mirada.

—Anoche, en casa de lady Pembroke —dijo él al fin—, dijo usted delante de doscientas personas que nadie le había pedido la mano.

Esta mañana, todo Londres lo repite. Las gacetas de la tarde lo publicarán.

Para mañana a mediodía, lo sabrá Dublín.

—Hizo una pausa—. Ha puesto usted a Su Majestad en una situación muy incómoda.

—Su Majestad me puso a mí en una situación muy incómoda primero.

Alana, a su lado, contuvo el aliento. El anciano no se inmutó. Solo se le movió algo en la comisura de la boca.

—Continúe.

Genoveva respiró hondo.

—Su Majestad puede hacer marqués a quien quiera.

Es su prerrogativa. Y si me permite decirlo, hace bien en hacerlo con el señor Donovan.

Es el único hombre en el norte de Irlanda capaz de evitar una guerra.

Lo he visto. He visto cómo recibe a las viudas los miércoles.

He visto cómo once hombres armados se callan cuando entra en un granero.

He visto cómo se puso delante de una bala a los veinte años para proteger a un niño de tres.

—Le tembló la voz, solo un instante—. Si Su Majestad necesita a alguien en Londonderry, no encontrará a nadie mejor.

—Me alegra oírlo.

—Pero Su Majestad no puede casarme.

El anciano levantó una ceja.

—Técnicamente, lady Genoveva, Su Majestad puede hacer muchas cosas.

—Puede hacer marqués al señor Donovan. Puede darle tierras.

Puede darle un asiento en la Cámara de los Lores de Dublín.

—Genoveva se inclinó hacia delante—. Pero si la paz del norte depende de que yo diga sí ante un altar, entonces la paz del norte depende de mí.

Y yo no he firmado nada. Y nadie me lo ha preguntado.

Y le advierto, con todo el respeto que le debo a usted y a Su Majestad, que si alguien intenta llevarme a un altar por razones de Estado, diré no.

En voz alta. Delante de quien haga falta.

Lo dije anoche delante de doscientas personas. Puedo decirlo delante de dos mil.

El silencio en la sala de los reyes muertos fue absoluto. Los almirantes la miraban desde las paredes. Alana la miraba como si fuera una aparición.

El anciano no dijo nada durante mucho tiempo.

Después, despacio, se echó a reír.

Fue una risa baja, seca, que le sacudió los hombros. Se rió con las dos manos apoyadas en el bastón y los ojos cerrados, como un hombre que no se ha reído en años y ha olvidado cómo se hacía.

—Dios bendito —dijo cuando pudo hablar—. Su padre me advirtió. Me dijo que no se lo preguntáramos a él, sino a usted. No le hicimos caso. Error mío. —Se secó los ojos con un pañuelo—. ¿Qué quiere, lady Genoveva?

Ella parpadeó.

Nadie le había hecho esa pregunta en un ministerio. Nadie, salvo un hombre en una carta sin firma.

—Quiero que quiten la cláusula —dijo—. La del matrimonio.

Que el título del señor Donovan no dependa de mí.

Ni de ninguna otra mujer. Que sea marqués porque lo merece, no porque se casa con la hija de un duque.

—Hizo una pausa—. Y quiero que lo escriban así.

Exactamente así. Con mi nombre fuera del papel.

—¿Y si la Corona se niega?

—Entonces el señor Donovan tendrá que elegir entre el título y yo. —Le tembló la voz—. Y sospecho, señor, que no elegiría el título. Y Su Majestad se quedaría sin su paz, y sin su marqués, y con una dama inglesa diciendo no en todas las gacetas de Londres y de Dublín.

El anciano la miró largo rato. Después tomó una campanilla de plata que había sobre la mesita junto a su sillón y la hizo sonar. Entró el subsecretario, tenía la cara pálida y la peluca torcida.

—Tráigame el acuerdo con el señor Donovan —dijo el anciano—. Y una pluma.

Tardaron una hora.

Genoveva leyó el documento entero, de principio a fin, sentada frente al anciano en la sala de los reyes muertos, mientras Alana leía por encima de su hombro.

Leyó cada cláusula. Leyó la del título, la de las tierras, la de la paz, la de las armas.

Leyó la del matrimonio, la que hablaba de una alianza con una de las grandes casas inglesas y de la hija mayor de Su Excelencia el duque de Bermont.

El anciano la tachó delante de ella. Con una sola línea. Limpia. Igual que ella había tachado exigimos en el despacho de la casa del Foyle. Y debajo, con su letra temblorosa de anciano, escribió:

El presente acuerdo no impone condición matrimonial alguna a ninguna de las partes.

Firmó. Puso su sello. Y le tendió la pluma a Genoveva.

—¿Yo?

—Testigo —dijo el anciano—. De que la cláusula ha sido retirada a petición de la interesada. Me parece lo justo.

Genoveva tomó la pluma. La mojó en el tintero. La sostuvo sobre el papel.

Y firmó. Con su nombre entero. Genoveva Hillenburg. Con su letra pequeña, inclinada, perfecta.

Cuando terminó, la tinta le había manchado la yema del índice derecho. Una mancha pequeña, negra, redonda.

No se la limpió.

El anciano la acompañó hasta la puerta. Allí se detuvo y le tomó la mano, la de la mancha, entre las suyas, viejas, secas, cubiertas de manchas oscuras de la edad.