XVII
NADIE ME LO HA PREGUNTADO
Genoveva dejó la copa de champán sobre el borde de la fuente de mármol.
Lo hizo despacio. Sin que el cristal hiciera el menor ruido contra la piedra.
Con la misma precisión con que dejaba una taza de té sobre un platillo en el salón de su madre desde los ocho años.
Y los aplausos, que llenaban el invernadero de los Pembroke como una lluvia de verano, empezaron a apagarse, uno a uno, porque había algo en aquel gesto tan pequeño que hacía imposible seguir aplaudiendo.
Cuando se hizo el silencio, levantó la barbilla.
—Lady Pembroke —dijo—. Debe de haber un error.
Lady Pembroke parpadeó, con la copa todavía en alto.
—¿Un error, querida?
—Nadie me ha pedido la mano.
No lo dijo alto. No le hizo falta. Lo dijo con la voz clara y tranquila que había aprendido en los salones, la que usaba para pedir más té o para preguntar por la salud de una tía, y en el silencio del invernadero cada palabra llegó hasta el último helecho.
—No sé qué le ha contado el señor subsecretario —siguió, volviéndose hacia el hombre de la peluca impecable, que de pronto parecía muy interesado en una palmera—, ni qué se ha firmado esta mañana, ni entre quiénes.
Pero le aseguro que yo no estaba presente.
Y que nadie, en ningún momento, me ha preguntado nada.
Se oyó un abanico cerrarse. Lady Ashby se llevó una mano a la boca. La tía Beatrice murmuró algo que sonó a Dios bendito.
Genoveva no miró a Frederick. Sabía exactamente dónde estaba, a tres pasos, junto a la fuente, inmóvil. Lo sentía como se siente el calor de una chimenea en una habitación fría. No lo miró.
Se volvió hacia su madre.
—Madre, me duele la cabeza. Me gustaría volver a casa.
Violet la miraba con la boca entreabierta, blanca como el mármol, con una expresión que Genoveva no había visto nunca en su cara: no era vergüenza, ni enfado. Era algo que se parecía mucho al asombro.
Violet cerró la boca. Se irguió. Y con una dignidad que Genoveva le reconocería durante el resto de su vida, le tendió el brazo a su hija.
—Por supuesto, cariño. Lady Pembroke, una velada encantadora. Le ruego que nos disculpe.
Y salieron del invernadero juntas, del brazo, entre doscientas personas que se apartaban a su paso como las aguas del mar Rojo.
Nadie habló en el carruaje.
Violet iba sentada junto a Genoveva, muy recta, con las manos en el regazo y la vista fija en la ventanilla.
Frente a ellas, Alana, Miriam y Cristina, apretadas en el mismo asiento, se miraban unas a otras sin atreverse a respirar.
Richard había subido el último. Se había sentado en el borde del asiento, junto a Cristina, con el sombrero en las rodillas.
Frederick no venía. Genoveva no sabía dónde estaba. No había querido saberlo.
A mitad de Grosvenor Street, Violet dijo, sin apartar la vista de la ventanilla:
—Marqués de Londonderry.
Nadie respondió.
—Es un título antiguo —siguió Violet, muy despacio, como si estuviera haciendo cuentas—. Con tierras. Muchas tierras. Y con un asiento en la Cámara de los Lores irlandesa. Y Su Majestad en persona lo ha…
—Mamá —dijo Alana.
Violet se volvió hacia ella. Después hacia Genoveva.
Y en sus ojos, por un instante, Genoveva vio algo terrible y muy humano: vio a su madre empezando a calcular.
Empezando a pensar que un marqués era más que un duque recién humillado.
Que la hija secuestrada podía convertirse en marquesa.
Que el escándalo podía convertirse en triunfo.
Vio a su madre volviendo a ser su madre.
Y vio también cómo Violet se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Cómo se le apagaba el brillo en los ojos. Cómo bajaba la vista a sus propias manos.
—Perdóname —dijo Violet en voz muy baja—. Es la costumbre.
Genoveva le tomó la mano.
Y después levantó la vista hacia su padre.
Richard no la miraba. Tenía los ojos fijos en el sombrero que sostenía en las rodillas, dándole vueltas despacio por el ala, como si fuera lo más interesante del mundo. Genoveva lo conocía. Lo conocía mejor que a nadie. Y supo, por la forma en que le daba vueltas al sombrero, que sabía algo.
—El duque de Bermont ha sido sondeado al respecto —dijo despacio— y no ha manifestado objeción.
Richard dejó de girar el sombrero.
Miriam se tapó la boca. Cristina miró a su padre con los ojos muy abiertos. Alana no se movió.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Richard.
—Porque estaba en el papel que lady Pembroke le quitó al subsecretario de las manos para leerlo en voz alta en mitad del salón, mientras yo estaba en el invernadero. Lady Ashby me lo repitió palabra por palabra al salir. Estaba encantada. —Genoveva lo miró—. ¿Es verdad?
Richard levantó por fin los ojos. Tenía la cara gris.
—Me preguntaron hace tres días, en Whitehall.
El caballero del pelo blanco. Me preguntaron si me opondría a una alianza entre el futuro marqués y mi casa.
Les dije que no me correspondía a mí decidirlo.
Que tendrían que preguntárselo a mi hija.
—Se le quebró la voz—. Y ellos escribieron no ha manifestado objeción.
—¿Y tú no lo corregiste?
—No lo vi escrito hasta esta noche, Genoveva. Te lo juro por tu madre.
Genoveva lo miró mucho rato. Su padre. El hombre que le había dicho que llevaba veinte años esperando verla volver con barro hasta las rodillas. El que había leído la carta de Frederick y la había dejado tener cosas suyas. El que se había agachado en la cocina a tocar el barro de su capa.
El que había estado en una habitación con hombres que decidían su matrimonio, y había dicho pregúntenle a ella, y había salido de allí creyendo que con eso bastaba.
—Te creo, padre —dijo—. Pero no basta con decir que no te corresponde. Si nadie más en la habitación piensa lo mismo, tienes que levantarte y decirlo otra vez, hasta que lo escriban bien.
Richard cerró los ojos.
—Lo sé.
El carruaje se detuvo frente a la casa de Grosvenor Square. Nadie se movió durante un largo momento.
Después Alana abrió la portezuela, bajó la primera y le tendió la mano a su hermana mayor. Genoveva la tomó. Bajó. Y entró en la casa sin mirar atrás.
Frederick llamó a su puerta a la una de la madrugada.
No fueron golpes. Fue un solo toque. Los nudillos contra la madera, suave, una vez. Y después nada.
Genoveva estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda contra la cama y las rodillas recogidas bajo el camisón. Exactamente donde había leído su primera carta. Exactamente donde había escrito la segunda. Tenía la llave de hierro en las manos. Llevaba tres horas dándole vueltas.
No se levantó.
—Genoveva.
Su voz, al otro lado de la puerta. Baja. Ronca. Tan cerca que podía oír cómo respiraba.
No contestó.
—Sé que estás ahí. Veo la luz por debajo.
No contestó.
Lo oyó apoyarse contra la puerta. No la empujó. Solo se apoyó, como un hombre que de pronto no puede sostenerse solo. La madera crujió un poco bajo su peso.
—No voy a pedirte que abras —dijo—. No tengo derecho. Solo te pido que me escuches.
Genoveva cerró los ojos.
—Hablaste junto a una pared en Keady para que te oyera —dijo al fin, sin levantarse del suelo. Le salió la voz más firme de lo que esperaba—. Ahora es mi turno.
Silencio al otro lado.
—Durante veinte años —siguió ella— todo el mundo ha decidido por mí.
Qué vestido ponerme. Qué libros leer. A qué hora bajar a cenar.
Con quién bailar. Con quién casarme. Mi madre elegía los vestidos.
El obispo elegía los libros. Alexander eligió la fecha de mi boda en el despacho de mi padre, con la puerta cerrada, y vino a explicármela después.
Y yo lo acepté. Siempre lo aceptaba. Porque era lo correcto. Porque no sabía que había otra cosa.
Se levantó del suelo. Despacio. Se acercó a la puerta. Se detuvo a un palmo de la madera.
—Y entonces llegaste tú. Y me preguntaste qué quería.
Nadie me lo había preguntado nunca. Me diste una llave para que pudiera irme.
Te negaste a tocarme hasta que pudiera elegir.
Dijiste que cuando me tuvieras, iba a ser porque yo lo había elegido.
Con los ojos abiertos. Sin que nadie me empujara.
—Se le quebró la voz—. Ni Miriam. Ni mi padre. Ni tú.
Al otro lado de la puerta, lo oyó contener la respiración.
—Y esta mañana —dijo Genoveva, muy despacio— fuiste a una habitación cerrada con hombres que no me conocen, y decidiste mi matrimonio. Y pensabas explicármelo después.
Apoyó la frente contra la puerta.
—Igual que él.
El silencio que siguió fue el más largo de su vida.
Después lo oyó. Al otro lado de la madera, a la altura de su frente, un ruido sordo. La frente de él, contra la puerta. Igual que la suya. Separados solo por dos dedos de roble.
—Tienes razón —dijo Frederick.
No se defendió. No dio explicaciones. No habló del título, ni de Keogh, ni de los dragones, ni de la viuda Quinn. Solo eso.
—Tienes razón. Lo hice. Me dije que era por ti, para protegerte, para que no hubiera escándalo, para que tu madre no te repudiara. Me dije que te lo contaría después y que lo entenderías. —Le tembló la voz—. Me dije exactamente lo mismo que se diría Wexford. Y lo sabía mientras me lo decía.
Genoveva sintió las lágrimas correrle por la cara.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo. —Lo dijo muy bajo. Tan bajo que casi no lo oyó—. Miedo de que si te lo preguntaba, dijeras que no. Y de perderlo todo. El título, la paz, los miércoles. A ti.
Genoveva levantó una mano. La apoyó en la puerta, con la palma abierta, a la altura de su cara.
No podía saberlo. No había forma de saberlo. Pero tuvo la certeza absoluta de que al otro lado, exactamente en el mismo sitio, había otra mano.
—Nunca habías tenido miedo de nada —dijo.
—Nunca había tenido nada que perder.
Se quedaron así mucho rato. Frente contra frente, mano contra mano, con dos dedos de roble entre los dos. Ella oía su respiración. Él oía la suya. La casa entera dormía a su alrededor.
—No voy a abrirte —dijo ella al fin.
—Lo sé.
—No esta noche.
—Lo sé.
—Mañana voy a Whitehall.
Silencio al otro lado. Luego:
—¿A qué?
Genoveva apartó la mano de la puerta.