La hija perfecta XVI #3
67%

XVI #3

Cristina miró el brazo de Humberto. Miró a Digory.

Miró a Humberto otra vez. Y tomó el brazo de Humberto, porque se lo había pedido primero y porque era lo correcto.

Pero mientras se alejaba hacia la pista de baile, se volvió.

Solo un momento. Por encima del hombro. Y miró a Digory, que se había quedado solo en mitad del salón, con las manos a la espalda, mirándola marcharse.

Genoveva conocía aquella mirada. Era la de detrás de la cortina.

Frederick la encontró en el invernadero de los Pembroke.

No era como el de su madre. Era el doble de grande, con palmeras en macetas de porcelana china y una fuente de mármol en el centro y bancos de mimbre entre los helechos.

Estaba en penumbra, iluminado solo por unas lámparas de aceite colgadas de las vigas de hierro, y vacío, porque todo Londres estaba en el salón escuchando a una soprano italiana destrozar a Händel.

Genoveva había ido allí a respirar. Nada más. El salón era un horno, el corsé le apretaba, y no podía soportar ni un segundo más las miradas de lady Ashby.

Oyó la puerta de cristal. Se volvió.

Él se detuvo junto a la fuente. A tres pasos. Las lámparas de aceite le daban en la cara desde arriba, y tenía los ojos en sombra.

—Me has seguido —dijo ella.

—Sí.

—Dijiste que después de la velada.

—No puedo esperar.

Genoveva lo miró. Algo en su voz la asustó. No la voz de la terraza, ni la de la biblioteca, ni la del jardín bajo la lluvia. Era la voz de Keady. La de detrás de la pared. Escribiré.

—Dímelo, entonces.

Frederick dio un paso hacia ella. Otro. Se detuvo a un palmo. Le tomó las manos. Las tenía frías, a pesar del calor.

—Ayer por la mañana —empezó—, mientras dormías en el invernadero de tu madre, llegó un mensajero de Whitehall…

—¡Lady Genoveva!

Los dos se volvieron.

En la puerta de cristal del invernadero, con una copa de champán en la mano y una sonrisa enorme en la cara, estaba lady Pembroke.

Y detrás de ella, la mitad de su salón: la tía Beatrice, lady Ashby, dos condesas que Genoveva conocía de vista, un coronel, el subsecretario de Estado de la peluca impecable.

Y Violet. Y su padre, muy pálido, al fondo, intentando abrirse paso entre la gente.

Frederick le soltó las manos.

—¡Querida, querida, querida! —Lady Pembroke cruzó el invernadero con los brazos abiertos, derramando champán sobre los helechos—.

¡Qué discreción! ¡Qué misterio! ¡Escondida aquí con él, en mi invernadero, como dos tortolitos!

¡Y yo enterándome por el señor subsecretario, que me lo acaba de contar en el salón como si fuera la cosa más natural del mundo!

Genoveva no entendió nada. Miró a lady Pembroke. Miró a su madre, que tenía la cara blanca como el mármol de la fuente. Miró a Frederick.

Frederick había cerrado los ojos.

—Lady Pembroke —dijo Richard, desde el fondo, con una voz que Genoveva no le había oído nunca—, le ruego que…

—¡Oh, Bermont, no sea aguafiestas! ¡Es la noticia de la temporada!

—Lady Pembroke se volvió hacia los invitados con la copa en alto—.

¡Les presento al futuro Marqués de Londonderry!

¡Firmado esta misma mañana con la Corona!

¡Y a su prometida, lady Genoveva Hillenburg!

¡La alianza que va a traer la paz al norte de Irlanda!

Alguien aplaudió. Luego otro. Luego todos, la mitad del salón de lady Pembroke aplaudiendo entre las palmeras y los helechos, a la luz de las lámparas de aceite, con las copas de champán en alto.

Genoveva no oyó los aplausos.

Oyó otra cosa. Muy lejos. Como desde el fondo de un pozo.

Oyó a Alexander, en el despacho de su padre, tres meses antes, al otro lado de una puerta entornada: Hablaré con ella esta tarde.

Oyó a su padre: ¿Para preguntarle?

Oyó a Alexander: Para explicárselo.

Se volvió despacio hacia Frederick.

Él ya la estaba mirando. Tenía los ojos abiertos.

Claros, pálidos, quietos, como el hielo en el borde de un estanque.

Como el primer día en Keady, antes de que nada los oscureciera.

Y en ellos vio que era verdad. Que lo había firmado.

Esa misma mañana, mientras ella se reía en el suelo de su habitación con la chaqueta de él sobre los hombros.

Que había decidido su matrimonio en una habitación cerrada, con hombres que no la conocían, y que pensaba explicárselo después.

Como se explica el tiempo que hará mañana.

Los aplausos seguían. Lady Pembroke le estaba besando las mejillas. La tía Beatrice decía algo sobre el escándalo y la suerte. Alguien le puso una copa de champán en la mano.

Genoveva no la soltó. No la bebió. No dijo nada.

Solo lo miró. A él. En mitad del invernadero de los Pembroke, rodeada de doscientas personas que la felicitaban por un matrimonio que nadie le había preguntado.

Y Frederick Donovan, futuro Marqués de Londonderry, que había cabalgado dos días bajo la lluvia sin dormir para que nadie le pusiera una mano encima, que se había negado a cruzar un dedo de aire hasta que ella pudiera elegir, que le había dado una llave para que pudiera irse, bajó la vista.

Por primera vez desde que lo conocía, no pudo sostenerle la mirada.