XVI #2
No lo buscaba. Subía a acostarse, con una vela en la mano, y él salía de su habitación, en mangas de camisa, con una carta sellada en la mano que iba a dejar en la bandeja del vestíbulo para el correo de la mañana. Se encontraron en mitad del pasillo. Se detuvieron los dos a la vez.
Él la miró.
Y Genoveva vio algo en su cara que no supo leer. Algo nuevo. Cansancio, sí. Y deseo, también, ese deseo oscuro que ya conocía y que le hizo temblar las rodillas. Pero debajo de las dos cosas había otra, algo que se parecía mucho a la culpa.
—Te fuiste sin despertarme —dijo ella.
—Lo sé.
—Me desperté sola. En el invernadero de mi madre. Con tu chaqueta.
—Lo sé. Perdóname.
—¿Por qué?
Frederick bajó la vista hacia la carta que tenía en la mano. Tardó en contestar.
—Tenía que pensar.
—¿En qué?
No respondió. Se acercó. Un paso. Dos. Le quitó la vela de la mano con cuidado y la dejó en una mesita del pasillo, junto a un jarrón de flores secas. Después le tomó la cara entre las manos.
Y la besó.
No como en el jardín, bajo la lluvia, con hambre de sesenta días.
Distinto. Despacio. Con una ternura casi desesperada, como si fuera la última vez, o como si quisiera aprenderse de memoria la forma de su boca.
La empujó suavemente contra la pared del pasillo, entre dos retratos de antepasados Hillenburg que la miraban con desaprobación desde sus marcos dorados, y la besó como se besa algo que se tiene miedo de perder.
Genoveva le rodeó el cuello con los brazos.
Sintió su cuerpo contra el suyo, a todo lo largo, a través de la seda del vestido de noche y el lino de su camisa.
Sintió su mano bajar desde la cara hasta el cuello, hasta la clavícula, hasta el borde del escote, y detenerse allí, con el pulgar apoyado justo en el nacimiento del pecho, sobre la piel desnuda.
Quieto. Temblando. Sintió que se le cortaba la respiración.
Sintió el corsé, tres agujeros flojo, demasiado apretado de pronto.
Sintió el latido entre las piernas, que ahora reconocía, que ya sabía cómo se llamaba.
Él le dejó la boca. Le bajó los labios al cuello. Al pulso. Se quedó allí, respirando contra su piel.
—Genoveva —dijo, con la voz ahogada contra su garganta—. Tengo que decirte algo.
—Dímelo.
Él levantó la cabeza. La miró. Tenía los ojos oscuros, y algo en ellos, muy al fondo, que le dio miedo.
Abrió la boca.
En el piso de abajo, una puerta se cerró de golpe. Se oyeron pasos en la escalera. La voz de Violet, llamando a Mary, quejándose de un dolor de cabeza. Pasos que subían.
Frederick se apartó. Recogió la vela de la mesita y se la puso en la mano. Le alisó el escote del vestido con un dedo, sin tocarle la piel. Retrocedió hasta la puerta de su habitación.
—Mañana —dijo en voz baja—. Después de la velada. Te lo diré todo.
Y cerró la puerta.
Genoveva se quedó sola en el pasillo, con la espalda contra la pared, la vela temblándole en la mano y la boca ardiendo. Oyó los pasos de su madre llegar al rellano, detenerse, seguir hacia su dormitorio. Oyó cerrarse otra puerta.
Bajó la vista. En la bandeja de plata de la mesita del pasillo, junto al jarrón de flores secas, había quedado la carta sellada que él llevaba en la mano. Se le había olvidado.
Estaba dirigida a Callahan.
Genoveva la miró mucho rato. No la tocó. No la abrió. No era asunto suyo. Él le había dicho que mañana se lo contaría todo.
La dejó donde estaba y se fue a dormir, pero no durmió.
La casa de los Pembroke en Grosvenor Street brillaba como una lámpara.
Cientos de velas en las arañas. Flores blancas en cada mesa.
Un cuarteto de cuerda en el salón grande y, en el salón de música, al fondo, un pianoforte de cola nuevo, traído de Viena, que lady Pembroke enseñaba a todo el que se acercaba como si lo hubiera dado a luz ella misma.
Doscientos invitados, quizá más. El calor de julio, las ventanas cerradas, el olor a cera y a polvos de arroz y a perfume.
Genoveva entró del brazo de su padre. Llevaba el vestido de seda color crema, el del escote cuadrado, el que su madre detestaba.
Violet no había dicho nada al verla bajar la escalera.
Había abierto la boca, la había cerrado y había mirado hacia otro lado, y Genoveva no supo si aquello era una derrota o una tregua.
Frederick venía detrás, con Alana del brazo.
No se habían hablado en todo el día. Él había pasado la mañana fuera otra vez, en Whitehall, según Mary.
Había vuelto a la hora de vestirse. Se habían cruzado en el vestíbulo, frente al carruaje, y él la había mirado de arriba abajo, el vestido crema, el pelo recogido con un rizo junto a la sien que parecía deliberado, y algo le había pasado por la cara tan deprisa que ella no había podido leerlo.
Mañana. Después de la velada. Te lo diré todo.
La velada empezó como empiezan todas: con saludos, con reverencias, con miradas.
Las miradas fueron peores que de costumbre.
Todo Londres sabía, a esas alturas, que la hija mayor de Bermont había sido secuestrada por los irlandeses, que había vuelto, que el duque de Wexford le había devuelto la palabra, y que el irlandés en cuestión estaba ahora mismo entrando en el salón de lady Pembroke del brazo de su hermana.
Genoveva lo oyó en los abanicos. En los murmullos.
En el silencio repentino que se hacía en cada grupo cuando ella pasaba.
No le importó.
Lo descubrió con sorpresa, a mitad del salón, mientras lady Ashby la miraba con la boca abierta desde un sofá: no le importaba. Un año antes, una sola mirada como aquella le habría quitado el sueño una semana. Ahora la sentía resbalar sobre ella como el agua sobre el cristal.
Levantó la barbilla. Alta. Tan alta como quiso.
Miriam desapareció a los diez minutos.
Genoveva la encontró en el salón de música, al fondo, junto al pianoforte de Viena.
No estaba sola. Había un hombre sentado en la banqueta, un hombre joven, rubio, con el pelo recogido en una coleta y una casaca de corte extranjero, azul oscura, con unos botones de plata que no se veían en Londres.
Tocaba. Algo que Genoveva no conocía, una sonata, rápida, brillante, llena de notas que corrían unas detrás de otras como agua por una ladera.
Y Miriam, de pie a su lado, le pasaba las hojas de la partitura.
No como una dama que hace un favor. Como alguien que sabe leer música. Se inclinaba sobre su hombro, seguía las notas con los ojos, y pasaba la página exactamente en el compás preciso, ni uno antes ni uno después, sin que él tuviera que mirarla.
Cuando terminó, el hombre se volvió en la banqueta y la miró. Tenía los ojos muy azules y una expresión de absoluto asombro.
—Sie lesen Noten —dijo. Y después, en un inglés con acento cerrado—: Usted lee música, señorita.
—Desde los cinco años —dijo Miriam—. Usted se ha saltado una repetición en el segundo movimiento, por cierto.
El hombre parpadeó. Después se echó a reír, una risa franca, sorprendida.
—Es verdad. Me la he saltado. Nadie en Londres se había dado cuenta en tres semanas. —Se levantó de la banqueta e hizo una reverencia rígida, extranjera—. Hugo von Kügler, barón de Kügler, de Baviera. Aunque eso, en Londres, no le importa a nadie. A su servicio.
Miriam le devolvió la reverencia con una sonrisa que Genoveva no le había visto nunca. No era la sonrisa resplandeciente de los salones. Era más pequeña. Más curiosa.
—Miriam Hillenburg —dijo—. Y no estoy al servicio de nadie, barón. Pero acepto pasarle las páginas si me deja elegir la próxima pieza.
Genoveva retrocedió hacia la puerta sin hacer ruido. Miriam no la vio. Estaba demasiado ocupada discutiendo en voz baja con el alemán sobre si Haydn era superior a Mozart, con las mejillas encendidas.
Cristina, en cambio, estaba en el centro del salón grande, y no sabía qué hacer con las manos.
Tenía delante a dos hombres. Hermanos, era evidente: los dos altos, morenos, con la misma mandíbula cuadrada y los mismos ojos oscuros.
Uno, el menor, llevaba una casaca de terciopelo granate y hablaba con la seguridad de quien está acostumbrado a llenar los silencios ajenos.
El otro, el mayor, más serio, con una casaca sencilla que no delataba en absoluto su rango, no hablaba. Miraba a Cristina.
—Lady Cristina —estaba diciendo el menor—, permítame que le presente a mi hermano, Digory, marqués de Sutherland. Lleva apenas un año con el título, acaba de volver de Oxford y todavía no ha aprendido a comportarse en sociedad, así que le ruego que sea indulgente.
—Humberto exagera —dijo el marqués, sin apartar los ojos de Cristina—. Sé comportarme perfectamente. Lo que no sé es fingir que me interesa el precio de los caballos cuando hay cosas más interesantes en la habitación.
Cristina se puso roja hasta las orejas.
Humberto Hamilton, conde por gracia de uno de los títulos menores de la familia y segundo en todo lo demás, miró a su hermano con una expresión que Genoveva, desde el otro extremo del salón, reconoció enseguida, porque la había visto en la cara de Alexander la noche anterior en la mesa: la de un hombre que acaba de descubrir que tiene un rival.
—Lady Cristina —dijo Humberto, tendiéndole el brazo antes de que su hermano pudiera hacerlo—, ¿me concede la próxima contradanza?