La hija perfecta XVI
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XVI

ANTES DEL VIERNES

Frederick salió del invernadero a las siete, cuando la casa empezaba a despertar, y caminó por Londres durante cuatro horas sin saber adónde iba.

No la despertó. La dejó dormida en el banco de hierro forjado, bajo su chaqueta, con la llave en la mano abierta y el barro seco en los tobillos, y salió por la puerta del jardín que daba a las caballerizas, como un ladrón.

Mary lo vio pasar desde la ventana de la cocina.

No dijo nada. Le sostuvo la mirada un instante, con la cara de una mujer que llevaba quince años vistiendo a la muchacha que dormía en aquel invernadero, y después bajó la vista al pan que estaba cortando.

Frederick caminó.

Por Mayfair, todavía dormido, con las aceras mojadas por la tormenta y los barrenderos recogiendo ramas caídas.

Por Piccadilly, donde empezaban a abrir las tiendas.

Por el Strand, lleno de carros y de gente y de ruido.

Hasta el río. Se quedó en el puente de Westminster con las manos apoyadas en el pretil, mirando el agua marrón que bajaba hacia el mar, igual que había mirado el Foyle mil veces desde la ventana de su despacho.

El papel le quemaba en el bolsillo.

Una alianza matrimonial entre el nuevo marqués y una de las grandes casas inglesas.

Lo había leído veinte veces. Lo había analizado como analizaba un contrato de arrendamiento, cláusula por cláusula, buscando la trampa.

No había trampa. Era exactamente lo que parecía.

La Corona le ofrecía todo lo que había pedido durante diez años: un nombre que Londres no pudiera ignorar, tierras que nadie pudiera quitarle, la capacidad de proteger a la viuda Quinn y a los Conlon y a todos los que esperaban de pie en su vestíbulo los miércoles. Y a cambio le pedía la paz.

Y a ella.

No. Eso no era justo. No le pedían a ella. Le pedían una alianza con una de las grandes casas. Habían sondeado a Bermont, y Bermont no había objetado. Y la hija mayor de Bermont estaba libre de compromiso desde fecha reciente. No decía su nombre. No hacía falta.

Frederick cerró los ojos.

Pensó en ella bajo la lluvia, descalza, con el camisón pegado a la piel. Ya no soy su prisionera. Ni la prometida de otro. Y no me voy. Pensó en su boca. En el sonido que se le había escapado contra la suya. En la cicatriz, que todavía sentía arder donde ella la había besado.

Ella lo quería. Lo había dicho. No con esa palabra, pero lo había dicho, y él la había oído.

Entonces, ¿qué importaba cómo llegara? Si ella lo quería, y él la quería, y la Corona les ofrecía un camino…

Un camino que no exigía escándalos, ni fugas, ni que su madre la repudiara, ni que su nombre apareciera en las gacetas como el de una mujer perdida.

Un camino que la convertía en marquesa en lugar de en la amante de un rebelde irlandés.

Que la protegía. Que protegía a su familia. Que protegía a la viuda Quinn.

Era perfecto.

Esa palabra lo detuvo. Perfecto. La palabra que ella odiaba. La que su madre le había puesto encima como una piedra lisa y fría desde que nació.

Frederick abrió los ojos y miró el río.

Se lo diría. Por supuesto que se lo diría.

Esa noche. En cuanto la viera a solas. Se lo explicaría todo, el papel, la cláusula, por qué era la única salida.

Ella lo entendería. Era la mujer más inteligente que había conocido nunca.

Había tachado exigimos y había escrito proponemos.

Entendería que aquello también era una propuesta. Una buena propuesta.

Pero el viernes era pasado mañana.

Y si esperaba a decírselo, y ella dudaba, y el viernes llegaba sin respuesta, la Corona retiraría la oferta. Y Keogh tendría razón. Y los dragones volverían a Newry. Y él volvería a ser un rebelde con una casa de piedra y una lista de nombres que nadie en Londres querría leer.

Se dijo que solo era una formalidad. Que la respuesta a Whitehall no era la respuesta a ella. Que aceptaría el título y la paz, y que lo del matrimonio lo hablaría con ella después, con calma, y que si ella decía que no, buscaría otra manera.

Sabía que no había otra manera. Lo sabía mientras se lo decía.

A las once y media, Frederick Donovan entró en la casa de Whitehall que no parecía un ministerio, subió la escalera hasta la sala de los reyes muertos y le dijo al subsecretario de la peluca impecable que aceptaba.

Todo.

El subsecretario sonrió. El caballero del pelo blanco, junto a la ventana, cerró su cuadernito de tapas de cuero por primera vez.

Y Frederick firmó.

—Lo sabemos —dijo Miriam.

Genoveva se quedó congelada en el umbral de su habitación.

Las tres estaban allí. Miriam sentada en la cama, con las piernas cruzadas y una sonrisa de oreja a oreja.

Alana junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable.

Cristina en el banco del tocador, con los ojos rojos de haber llorado, pero sonriendo también, un poco, a su pesar.

Era mediodía. Genoveva acababa de despertarse en el invernadero, sola, bajo la chaqueta de él, con el sol entrando a raudales por los cristales mojados y el olor a jazmín y a tierra y a él todavía en la piel.

Había subido por la escalera de servicio, descalza, con la chaqueta todavía sobre los hombros, rezando para no encontrarse con nadie.

—¿Qué sabéis? —dijo, con toda la dignidad que pudo reunir, que no era mucha.

Miriam señaló la ventana con un gesto teatral.

—Mi habitación da al jardín, Su Perfección. Y anoche había tormenta. Y yo no puedo dormir con tormenta desde que tenía seis años, como bien sabes. —Hizo una pausa deliciosa—. Así que estaba asomada. Contando relámpagos. Como hace Tina.

Genoveva sintió que se le subía toda la sangre del cuerpo a la cara.

—Miri…

—Y en el relámpago número catorce, vi algo muy interesante junto a los rosales de mamá.

—Miriam se llevó una mano al pecho—. Y en el quince, algo todavía más interesante.

Y en el dieciséis, a cierto irlandés cruzando el jardín bajo la lluvia con cierta hermana en brazos camino del invernadero, y debo decirte, querida, que nunca había visto a nadie llevar a otra persona en brazos con tanta… determinación.

Cristina se tapó la cara con las dos manos. Genoveva no supo si para no reírse o para no llorar.

—No pasó nada —dijo Genoveva.

—Eso dice la chaqueta que llevas puesta —dijo Alana desde la ventana.

Genoveva bajó la vista. La chaqueta de él. Oscura. Enorme sobre sus hombros. Con el olor a turba y a lluvia y a jabón inglés que ya no sabía separar de su propio olor.

Y se echó a reír.

No pudo evitarlo. Le salió de golpe, desde el estómago, una carcajada enorme, imposible, como la de la galería de los Devonshire a los catorce años.

Se dejó caer en el suelo, contra la puerta, con la chaqueta de Frederick sobre los hombros y el barro en los pies, y se rió hasta que le dolieron las costillas.

Y Miriam se rió con ella, y Cristina, entre las lágrimas, también, y al final hasta Alana se rió, con la frente apoyada en el cristal de la ventana.

Cuando por fin se calmaron, Cristina se levantó del banco y se sentó en el suelo junto a ella. Le apoyó la cabeza en el hombro.

—¿Le quieres, Vev?

Era la misma pregunta que le había hecho en su habitación de Grosvenor Square, la noche del compromiso con Alexander, mientras le cepillaba el pelo. Genoveva lo recordó. Recordó su respuesta: le querré.

—Sí —dijo.

Cristina cerró los ojos.

—Pobre Alexander.

—Lo sé, Tina.

—No, no lo sabes. —Cristina levantó la cabeza.

Tenía los ojos llenos de lágrimas otra vez—.

Tú no lo viste ayer, cuando se fue. Yo sí.

Estaba en el vestíbulo, buscando mi chal, y él pasó por delante sin verme.

Iba llorando, Vev. Un hombre como él. Llorando en mitad del vestíbulo de nuestra casa como un niño.

Y aun así, al llegar a la puerta, se detuvo y le dijo al lacayo que se asegurara de que nadie te molestara en la biblioteca.

—Se le quebró la voz—. Incluso ahí, estaba pensando en ti.

Genoveva no pudo contestar. Se le había cerrado la garganta.

Alana se apartó de la ventana. Se agachó frente a las dos. Le tomó la mano a Cristina, con una suavidad que no le había visto nunca.

—Tina —dijo—. Alexander es un buen hombre. Nadie lo duda. Ni siquiera yo, y mira que lo he intentado. —Miró a Genoveva—. Pero un buen hombre no es lo mismo que el hombre correcto. Y Gen lleva veinte años eligiendo lo correcto. Déjala elegir lo que quiere. Aunque sea una vez.

Cristina se secó los ojos con el dorso de la mano.

—¿Y si lo que quiere le hace daño?

Alana tardó en responder.

—Entonces estaremos aquí —dijo al fin—. Como siempre.

Miriam, desde la cama, se dejó caer hacia atrás sobre la colcha con un suspiro enorme.

—Bueno. Ahora que hemos llorado todas, hablemos de lo importante. —Levantó un papel que tenía en la mano—. Lady Pembroke da una velada musical mañana por la noche. Y mamá ha decidido que vamos todas, porque dice que si nos quedamos en casa la gente pensará que tenemos algo que esconder.

—Tenemos algo que esconder —dijo Alana.

—Precisamente por eso. —Miriam agitó el papel—. Y papá ha dicho que el irlandés viene con nosotras. Porque es su invitado. Y porque, cito textualmente, si Londres va a hablar, que hable con la boca llena.

No lo vio en todo el día.

Supo por Mary que había vuelto a la casa a primera hora de la tarde, que había subido directamente a su habitación y que no había salido.

Supo por su padre, al cruzarse con él en la escalera, que había estado en Whitehall.

Su padre se lo dijo con una expresión rara, como si quisiera añadir algo y no se atreviera.

—¿Qué ha pasado en Whitehall, padre?

Richard la miró por encima de las gafas. Abrió la boca. La cerró.

—Pregúntaselo a él —dijo. Y siguió bajando.

Genoveva lo encontró a las once de la noche, en el pasillo del segundo piso, frente a la puerta de su habitación.