XV #3
Tardó mucho en hablar. Cuando lo hizo, su voz era muy baja, casi ahogada por la lluvia sobre los cristales.
—Tenía veinte años. Un terrateniente inglés, vecino de mi padre, mandó desalojar a una familia de su tierra en pleno enero.
Una viuda con cinco hijos. Mandó soldados porque la viuda se había atrancado dentro y se negaba a salir.
Yo pasaba por allí. A caballo. Volvía de Derry.
—Abrió los ojos, pero no la miraba a ella.
Miraba algo muy lejos—. Los soldados prendieron fuego al tejado para obligarla a salir.
Salieron los cinco niños corriendo, gritando.
El más pequeño tenía tres años. Corrió hacia el camino, hacia mí, y uno de los soldados, un muchacho, tan joven como yo, asustado, se volvió y disparó.
No sé a qué. No sé si a mí, al niño o al aire.
Genoveva no respiraba.
—Me puse delante —dijo Frederick—. No lo pensé. Salté del caballo y me puse delante. La bala entró aquí. —Puso su mano encima de la de ella, sobre la cicatriz—. El niño no tuvo ni un rasguño. Se llamaba Brennan.
Genoveva sintió que las lágrimas le corrían por la cara, mezcladas con la lluvia que todavía le goteaba del pelo.
—Brennan.
—Me lo traje a casa. A él y a su madre y a sus hermanos.
Bridget los crió en la cocina. —Frederick la miró por fin—.
Esa noche, con la bala todavía dentro y el cirujano de Derry hurgándome con unas pinzas, decidí que no volvería a mirar desde lejos.
Que si iba a vivir en esta tierra, iba a ponerme delante.
Genoveva no dijo nada, no podía. Se inclinó y besó la cicatriz, despacio, con los labios. Una vez. Sobre la piel pálida y lisa debajo de la clavícula, que sabía a lluvia y a sal y a él.
Lo oyó gemir. Un sonido roto, desde muy hondo.
Sintió sus manos en la espalda, a través del camisón mojado, abiertas, temblando.
Sintió que se le doblaban las rodillas. Y sintió que la levantaba otra vez, y que la sentaba en el banco de hierro forjado, sobre los cojines de terciopelo verde, y que se arrodillaba delante de ella, en el suelo de piedra del invernadero, entre las orquídeas de su madre.
La miró desde abajo. Ahora sus ojos estaban a la altura de los de ella. Igual que en la biblioteca del Foyle, cuando él estaba sentado en el alféizar.
Le tomó el pie descalzo. Cubierto de barro hasta el tobillo.
—Barro hasta las rodillas —murmuró.
Genoveva lo miró, atónita.
—¿Cómo sabes eso?
—Tu padre me lo contó. En Whitehall. Al salir de la reunión.
—Le limpió el barro del tobillo con la mano, despacio, con el pulgar, siguiendo el hueso, igual que lo había hecho en el prado del Foyle cuando le ajustó el estribo—.
Me dijo que llevaba veinte años esperando verte volver del jardín con barro hasta las rodillas.
Le subió la mano por la pantorrilla. Despacio. Por encima del camisón mojado. Hasta la rodilla. Se detuvo allí.
Genoveva dejó de respirar.
Notaba su mano en la rodilla como si no hubiera tela.
Grande, caliente, inmóvil. Notaba la mirada de él en la cara.
Notaba el latido sordo entre las piernas, que ahora tenía nombre, y tenía cara, y tenía una mano a un palmo de distancia.
Notaba los pechos duros contra el lino empapado, tan sensibles que la caricia del aire caliente de la estufa casi le dolía.
Notaba la lluvia en los cristales, el olor a jazmín, la luz roja.
Lo notaba todol, por primera vez en su vida, lo notaba todo. Y él no subió más. Se quedó allí, de rodillas, con la mano en su rodilla, mirándola. Le temblaba la mano. Le temblaba la mandíbula. Le temblaba todo.
—Si sigo —dijo, muy bajo—, no voy a parar.
—No quiero que pares.
—Lo sé. —Cerró los ojos un instante—. Dios, Genoveva, lo sé. Lo veo. Lo siento.
Los abrió.
—Pero cuando te tenga, no va a ser en el invernadero de tu madre, a escondidas, con la casa entera durmiendo a cincuenta pasos y Wexford llorando en Sussex.
No va a ser como un robo. —Le apretó la rodilla—.
Va a ser en mi casa. En mi cama. Con la puerta abierta y la ventana sin rejas y todo el condado de Londonderry sabiendo exactamente dónde estoy y con quién.
Y tú vas a haberlo elegido. Con los ojos abiertos.
Sin que nadie te empuje. Ni Miriam, ni tu padre, ni yo.
Genoveva lo miró. Desde el banco de hierro, empapada, temblando, con la boca hinchada y la camisa de él abierta y la cicatriz que acababa de besar a un palmo de su cara.
Pensó que nunca había querido tanto a nadie.
Lo pensó así, con esa palabra, por primera vez. Querido. No deseado. No admirado. No respetado. Querido.
—Eres el hombre más obstinado que he conocido nunca.
—Lo sé.
—Y el más cruel.
—También lo sé.
—Ven aquí.
No se movió. Ella se inclinó, le tomó la cara entre las manos y lo besó otra vez. Despacio esta vez. Con la boca cerrada al principio, y luego no. Con todo el tiempo del mundo.
Él se levantó del suelo y se sentó a su lado en el banco, y la atrajo hacia él, y ella apoyó la cabeza en su hombro desnudo, en el hueco donde el pecho se encuentra con el brazo, y él le echó encima su chaqueta, que estaba seca, colgada de un gancho junto a la estufa, donde él la había dejado esa tarde sin que ella lo supiera.
Porque él también había ido al invernadero.
Antes. A esperar a que pasara la tormenta. A pensar en ella.
Se quedaron así hasta el amanecer.
Hablaron. De todo. De nada. De Bridget y de la viuda Quinn, de los libros que ella leía a escondidas y de los que él leía en irlandés.
De los ojos de ella, que cambiaban con la luz, y de los de él, que no cambiaban nunca salvo cuando la miraba.
De la carta sin firma. De la segunda. De la tercera.
De la frase de la leche con miel, que a ella le había quitado más sueño que la amenaza, y que a él, confesó, se le había ocurrido en el momento, sin pensarla, y que llevaba semanas avergonzado de lo melodramática que sonaba.
Ella se rió. Él se rió. Y la lluvia fue amainando sobre los cristales.
No volvieron a besarse con hambre, pero él no le soltó la mano en toda la noche y en algún momento, poco antes del amanecer, ella se durmió contra su pecho, con la llave de hierro todavía en el puño, igual que se había dormido en el caballo, la primera noche, camino del norte.
El papel llegó a las seis.
Lo trajo un mensajero de Whitehall, a caballo, empapado, que preguntó en la puerta principal por el señor Donovan y al que Mary, que ya estaba levantada y que no había dormido en toda la noche por razones que se guardó para sí misma, mandó directamente al invernadero sin hacer una sola pregunta.
Frederick lo recibió en la puerta de cristal, en mangas de camisa, con la camisa abierta, con una mujer dormida en el banco de hierro a su espalda, bajo su chaqueta.
El mensajero vio a la mujer, vio el pelo castaño oscuro suelto sobre el terciopelo verde, vio el pie descalzo manchado de barro asomando bajo la chaqueta. No dijo nada. Le tendió el papel, se tocó el ala del sombrero y se fue.
Frederick rompió el sello. Era una sola hoja con el membrete de la Secretaría de Estado. Escrita con la letra pulcra e impersonal de un escribiente.
Señor:
Su Majestad ha considerado con detenimiento la conversación mantenida ayer en esta casa y desea que se le transmita lo siguiente.
La Corona está dispuesta a reconocer formalmente la posición del señor Donovan en el condado de Londonderry mediante la concesión del título de Marqués de Londonderry, con todas las tierras y derechos que le son propios, en la nobleza de Irlanda.
A cambio, se espera del señor Donovan el compromiso público de mantener la paz en el norte, de dispersar a los grupos armados que operan bajo su influencia, y de garantizar la seguridad de las propiedades de los súbditos de Su Majestad en dicha región.
Asimismo, y con el fin de sellar dicho compromiso de manera que no admita duda ante la opinión pública de ambos reinos, Su Majestad vería con muy buenos ojos una alianza matrimonial entre el nuevo marqués y una de las grandes casas inglesas con intereses en Irlanda.
El duque de Bermont ha sido sondeado al respecto y no ha manifestado objeción.
Se entiende que la hija mayor de Su Excelencia se encuentra libre de compromiso desde fecha reciente.
Se ruega al señor Donovan que comunique su respuesta antes del viernes.
No había firma. Solo un sello.
Frederick leyó el papel una vez. Dos. Tres.
Después se volvió y miró a Genoveva, dormida en el banco de hierro forjado, bajo su chaqueta, con la cabeza sobre el cojín de terciopelo verde y una mano abierta junto a la cara.
En la palma, la llave. Respiraba despacio.
Tenía barro seco en los tobillos y una sonrisa pequeña, desordenada, en la boca.
La sonrisa de detrás de la cortina.
Se entiende que la hija mayor de Su Excelencia se encuentra libre de compromiso desde fecha reciente.
Desde ayer. Desde hacía veinticuatro horas. Desde que un hombre había entrado en una biblioteca a las cuatro de la mañana y había visto una llave en un puño cerrado.
Frederick dobló el papel con precisión. No la despertó.