La hija perfecta XV #2
61%

XV #2

Llevaba todo el día amenazando, con un calor pesado de julio que no dejaba respirar y unas nubes negras que se amontonaban sobre los tejados de Mayfair.

A las siete empezó a tronar. A las ocho, el cielo se abrió y cayó encima de Londres toda el agua que no había caído en una semana, de golpe, a cántaros, como si alguien hubiera volcado un cubo enorme sobre la ciudad.

Genoveva no lo había visto en todo el día.

Sabía que seguía en la casa. Su padre se lo había dicho a mediodía, en voz baja, en el pasillo: que Frederick había querido irse esa misma mañana, que había pedido su caballo, que él le había rogado que se quedara al menos hasta el día siguiente, por prudencia.

Que estaba en la habitación de invitados del segundo piso. Que no había bajado a comer.

No le había dicho nada más. No le había preguntado nada. Solo le había apretado el hombro, como en el comedor la mañana del anuncio, y se había ido a su despacho.

Genoveva había pasado la tarde en su habitación, sentada junto a la ventana, con la llave en el regazo. Había oído la tormenta acercarse. Había visto oscurecerse el cielo. Había contado los truenos, como hacía Cristina de niña antes de correr a su cama.

Y a las nueve, cuando el primer relámpago iluminó el jardín de atrás, lo vio.

Estaba allí. En mitad del jardín. Bajo la lluvia.

Sin chaqueta, sin sombrero, en mangas de camisa, de pie junto a los rosales de Violet, con la cara levantada hacia el cielo y los ojos cerrados.

La lluvia le caía encima a chorros. Le aplastaba el pelo rojo contra la frente, le pegaba la camisa al cuerpo, le corría por la cara, por el cuello, por los brazos.

No se movía. Parecía que la estuviera bebiendo.

Genoveva se levantó de la silla.

No lo pensó. Ni una sola vez, en todo el camino, lo pensó.

No pensó en su madre, que lloraba en su dormitorio con un frasco de láudano.

No pensó en Alexander, que estaría en Sussex, en la biblioteca vacía, o en el suelo de algún pasillo.

No pensó en lo que dirían los criados, ni las vecinas, ni las gacetas.

No pensó en que llevaba solo el camisón y una bata de seda, ni en que iba descalza, ni en que no se había recogido el pelo.

Bajó la escalera, cruzó el vestíbulo, abrió la puerta del jardín y salió a la lluvia.

El agua la golpeó como una bofetada. Fría, a pesar del calor.

Le empapó la bata en un segundo, el camisón en dos, el pelo en tres.

Le corrió por la cara, por los hombros, por la espalda.

Le pegó la seda y el lino al cuerpo como una segunda piel.

El suelo del camino de grava estaba encharcado y se le hundían los pies descalzos en el barro.

Barro hasta los tobillos. Barro hasta las rodillas.

Caminó hacia él.

Frederick abrió los ojos.

La vio. Venía hacia él bajo la lluvia, descalza, con el pelo suelto y negro de agua pegado a la cara y al cuello, con la bata de seda transparentándose sobre el camisón y el camisón transparentándose sobre la piel. Con la llave de hierro en la mano derecha, apretada contra el pecho.

Se quedó inmóvil.

Ella se detuvo a un paso de él. Tuvo que levantar la cara para mirarlo. La lluvia le caía en los ojos y parpadeó, y no se los secó.

—Me ha devuelto la palabra —dijo. Tuvo que gritar un poco por encima del ruido del agua—. Alexander. Esta mañana. En la biblioteca. Ya no estoy comprometida con nadie.

Frederick no dijo nada. La miraba. El agua le corría por la cara y por la barba y por los labios, y no hacía nada por apartarla.

—Ya no soy su prisionera —siguió ella—. Ni la prometida de otro. Estoy en mi casa. En mi jardín. Puedo irme cuando quiera, adonde quiera.

Dio el último paso. El que faltaba. Ahora estaban tan cerca que la lluvia que caía del pelo de él le caía a ella en la frente.

—Y no me voy.

Frederick cerró los ojos. Lo vio estremecerse.

De arriba abajo. Igual que en la biblioteca del Foyle, cuando ella preguntó ¿y si yo quisiera?

. Lo vio apretar los puños a los costados, tan fuerte que se le marcaron los tendones de los antebrazos bajo la camisa mojada. Lo vio tragar saliva. Lo vio luchar.

—Genoveva.

Nunca la había llamado así con aquella voz. Ronca. Rota. Como si el nombre le doliera.

—Ya son más de cuarenta días —dijo ella—. Lo dijo usted. En la biblioteca. Más de cuarenta días queriendo algo que no me iba a decir.

Él abrió los ojos.

—Ya son más de sesenta.

Y la besó. No fue despacio. No hubo un dedo de aire, ni una pausa, ni una pregunta.

Le tomó la cara entre las dos manos, grandes, mojadas, calientes a pesar de la lluvia, y la besó como un hombre que lleva sesenta días muriéndose de sed y de pronto encuentra el río.

La besó con la boca abierta, con hambre, con una urgencia que no tenía nada de caballero inglés y nada de prudente y nada de correcto.

Y Genoveva, que había besado a Alexander tres veces y creía saber lo que era un beso, descubrió que no tenía la menor idea.

Se le doblaron las rodillas.

Él la sujetó. Le soltó la cara y la rodeó por la cintura con un brazo, y la levantó contra él, y Genoveva sintió todo su cuerpo de golpe, a través de la seda mojada y el lino mojado y la camisa mojada de él.

El pecho. El vientre. Las caderas. El calor que salía de él como de un horno, a pesar del agua.

Sintió su boca, que sabía a lluvia, y a algo más, salado, oscuro, que no había probado nunca.

Sintió su mano en la nuca, enredada en el pelo empapado, inclinándole la cabeza hacia atrás para besarla más hondo.

Sintió su barba contra la barbilla, áspera. Sintió su lengua.

Se le escapó un sonido. No lo eligió. Le salió de algún sitio debajo del ombligo, ronco, desesperado, contra la boca de él.

Él gimió también.

Genoveva lo sintió en el pecho, una vibración que le atravesó todo el cuerpo.

Soltó la llave. No se dio cuenta. Cayó al barro, a sus pies, y ella le metió las dos manos en el pelo, en la nuca, y se apretó contra él con todas sus fuerzas, como si quisiera meterse debajo de su piel.

Le devolvió el beso. Con hambre. Con veinte años de hambre.

Con la boca abierta y los ojos cerrados y la lluvia corriéndole por la cara.

Un trueno estalló sobre sus cabezas. Ninguno de los dos lo oyó.

Él le dejó la boca. Le bajó los labios por la mandíbula, por el cuello, despacio, hasta el hueco de la garganta, donde el pulso le latía como un pájaro atrapado.

Se quedó allí. Lo besó. Lo sintió latir contra su boca, igual que lo había visto latir bajo la tinta, en el despacho, aquella tarde en que le pasó el pulgar por la vena.

Genoveva echó la cabeza hacia atrás. La lluvia le caía en la cara.

Abrió los ojos y vio el cielo negro sobre Londres, atravesado de relámpagos, y sintió la boca de él en la garganta, caliente, y sus manos en la cintura, abarcándola entera a través del camisón empapado, y pensó que se iba a morir.

Que era imposible sentir tanto y no morirse.

No se murió.

Él levantó la cabeza. La miró. Desde muy cerca, con la frente casi rozando la suya, con el agua corriéndole por la cara. Tenía los ojos negros. Completamente negros. Sin un rastro de aquel azul pálido que la luz no cambiaba.

—Aquí no —dijo, con la voz destrozada—. Aquí no. En el jardín de tu madre. Bajo su ventana.

Genoveva casi se rió. Casi.

—El invernadero —dijo—. Está al fondo. Detrás de los rosales.

Frederick la miró un segundo más. Después se agachó, recogió la llave del barro, se la puso en la mano y le cerró los dedos encima. Y la levantó en brazos.

Sin esfuerzo. Como en el patio del Foyle, al bajarla del caballo.

Como si no pesara nada. Y cruzó el jardín bajo la tormenta con ella en brazos, entre los rosales de Violet, hacia la puerta de cristal del invernadero, mientras Genoveva le rodeaba el cuello con los brazos y le besaba la mandíbula, el cuello, la oreja, todo lo que alcanzaba, y lo sentía estremecerse a cada beso.

El invernadero olía a tierra mojada, a naranjos y a jazmín.

Era pequeño, de hierro y cristal, con una estufa de carbón en un rincón que alguien había dejado encendida para que no se helaran las orquídeas de Violet.

La lluvia golpeaba los cristales del techo con un ruido ensordecedor, como un millón de dedos tamborileando sobre una mesa.

Los relámpagos lo iluminaban todo de blanco, a ráfagas: los naranjos en sus macetas, los helechos, las orquídeas, un banco de hierro forjado con cojines de terciopelo verde.

Él la dejó en el suelo, junto a la estufa. No la soltó.

Se quedaron así, de pie, abrazados, empapados, respirando como si hubieran corrido desde Armagh. Genoveva tenía la mejilla contra su pecho. Le oía el corazón. Desbocado. Igual que el suyo.

—Tiemblas —dijo él.

—No es de frío.

—Lo sé.

Le apartó el pelo mojado de la cara. Con los dedos, despacio, mechón a mechón, como había hecho ella con el pelo de Cristina tantas noches de tormenta. Le recorrió la cara con la mirada, a la luz roja de la estufa. Los ojos. La boca, hinchada de sus besos.

—Tus ojos —dijo—. Ahora mismo. No sé de qué color son.

—Yo tampoco.

—Son del color del Foyle cuando sale el sol después de la lluvia.

Genoveva sintió que algo se le rompía dentro. Algo bueno.

Levantó las manos. Las puso sobre su pecho, sobre la camisa empapada, pegada a la piel. Sintió el calor debajo, los músculos, el latido. Y despacio, con dedos que temblaban, empezó a desabrocharle los botones.

Él contuvo el aliento. No la detuvo.

Uno. Dos. Tres. La camisa se abrió. Debajo estaba la piel, morena, mojada, cubierta de vello rojizo que brillaba a la luz de la estufa. Estaba la clavícula. Y debajo de la clavícula, pequeña, redonda, pálida, la cicatriz. Genoveva la tocó con la punta del dedo. Como en la cocina del Foyle.

Él se estremeció, igual que entonces.

—Me dijo que me lo contaría el día que pudiera irme —susurró.

Frederick cerró los ojos.