La hija perfecta XV
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XV

LA PALAbrA DEVUELTA

Nadie se movió.

La vela chisporroteaba sobre la mesa, junto al libro de poemas abierto. En la chimenea apagada crujió una brasa. Y Alexander Whitmore se quedó en el umbral de la biblioteca de Bermont, en mangas de camisa, con el pelo revuelto y los ojos rojos, mirando la mano de Genoveva.

El puño cerrado, los nudillos blancos y entre los dedos, asomando apenas, un borde de hierro negro con la forma de una hoja de trébol.

Genoveva no intentó esconderla. Era demasiado tarde para eso, y además, se dio cuenta en ese instante, no quería.

Llevaba un mes escondiéndola. En el bolsillo de un vestido azul.

En el forro de un chal. Contra el pecho, cosida con tres puntadas, mientras Alexander la besaba. Estaba cansada de esconder cosas.

Abrió la mano.

La llave quedó en su palma, a la luz de la vela, negra, antigua, con los bordes gastados.

Alexander la miró. Mucho rato. Después levantó los ojos hacia Frederick, que no se había movido de su sitio, a tres pasos de ella, con la corbata deshecha y los brazos a los costados.

—Señor Donovan —dijo Alexander, con una voz tan tranquila que daba miedo—. Le ruego que nos deje solos.

Frederick no se movió. Miró a Genoveva.

Ella asintió.

Frederick recogió el libro de poemas de la mesa. Lo cerró con cuidado. Lo devolvió a su sitio, en el estante más alto, detrás del atlas, exactamente donde lo había encontrado. Después cruzó la biblioteca hacia la puerta. Al pasar junto a Alexander, se detuvo.

Los dos hombres se miraron, a un palmo de distancia.

—No la he tocado —dijo Frederick en voz baja.

—Lo sé —dijo Alexander—. Eso es lo peor.

Frederick salió. Alexander cerró la puerta tras él.

—¿Qué es?

Genoveva sostuvo su mirada.

—La llave de su casa. De la puerta principal. No tiene otra.

—¿Te la dio él?

—La noche que los dragones quemaron la granja de los Conlon. Antes de irse a detenerlos. —Le tembló un poco la voz, pero no bajó los ojos—. Me dijo que si quería irme, Brennan me llevaría contigo. Que nadie me lo impediría. Ni Keogh. Ni él.

Alexander cerró los ojos.

—Y te fuiste.

—Me fui.

—Y te llevaste la llave.

—Me la llevé.

—¿Por qué?

Genoveva no respondió enseguida. Miró la llave en su mano. Pensó en todas las respuestas correctas que podía dar. Que la había cogido sin pensar. Que era un recuerdo. Que no significaba nada.

Pensó en su padre con la cara cubierta de espuma.

—Porque no quería devolverla —dijo.

Alexander abrió los ojos. Y Genoveva vio en ellos algo que no había visto nunca, ni siquiera en la tienda de campaña de Armagh, ni siquiera en el pasillo de la posada con la pistola en el regazo.

Vio dolor. Un dolor tan limpio, tan desnudo, que tuvo que agarrarse al borde de la mesa para no ir hacia él.

—La llevabas encima en Armagh —dijo él despacio—. Cuando te abracé. Cuando te besé en la tienda.

—Sí.

—En el pasillo de la posada. Cuando me diste la mano.

—Sí.

—En Sussex. —La voz se le quebró—. En la biblioteca. Cuando me besaste tú.

Genoveva sintió que las lágrimas le subían a los ojos.

—Sí.

Alexander se dio la vuelta. Se apoyó con las dos manos en la estantería más cercana, de espaldas a ella, con la cabeza baja, igual que en la biblioteca de Sussex la mañana en que la encontró vacía.

Genoveva vio cómo le subían y bajaban los hombros.

Lo oyó respirar. Despacio. Muy despacio.

Como un hombre que se está obligando a no romper algo.

—No te mentí —dijo ella, con la voz rota—. Cuando te besé en Sussex. No te mentí, Alexander. Lo sentí. Todo lo que sentí era verdad.

—Lo sé.

—Lo de la cortina… Lo que me contaste… Nadie me había…

—Lo sé, Genoveva.

Se volvió. Tenía la cara mojada. No se la secó.

—¿Sabes qué es lo más terrible? —dijo—. Que te creo.

Te creo cuando dices que lo sentiste. Te vi la cara en esa biblioteca.

Te sentí temblar. No me mentiste. —Se acercó.

Un paso. Dos. Se detuvo frente a ella, a la distancia exacta a la que se había detenido Frederick un momento antes—.

Pero mientras me besabas, apretabas esa llave.

Genoveva no pudo contestar.

Alexander bajó la vista hacia la mano de ella. Hacia la llave. Y despacio, con una delicadeza que le partió el alma, le cerró los dedos encima. Igual que lo había hecho Frederick.

—Te devuelvo tu palabra —dijo.

El mundo se detuvo.

—¿Qué?

—Tu palabra. La que me diste en el despacho de tu padre, cuando me arrodillé sobre la alfombra. La que me diste en Armagh. La que me diste anoche, aunque no dijeras nada. —Le sostuvo la mano cerrada entre las suyas—. Te la devuelvo. Ya no estás comprometida conmigo. Eres libre.

—Alexander, no…

—Escúchame. —No levantó la voz. Nunca la levantaba con ella—.

No lo hago porque no te quiera. Te quiero más de lo que he querido nunca nada.

Más que el título, más que Sussex, más que mi propio nombre.

Lo hago precisamente por eso. —Le tembló la mandíbula—.

Porque no quiero una esposa que tenga la llave de otra casa.

Y no quiero que tú seas una esposa que la esconde.

Genoveva rompió a llorar.

No como había llorado en la cocina del Foyle, contra el hombro de Frederick, con todo el peso de veinte años.

Ni como había llorado en la biblioteca de Sussex, de sorpresa, de gratitud.

Lloró como lloran los niños cuando se rompe algo que no tiene arreglo.

Con la cara entre las manos. Con la llave apretada entre los dedos.

Con un sonido que le salía del pecho y que le dolía.

Alexander la abrazó.

La abrazó con los dos brazos, despacio, sin apretar, como se abraza algo que ya no es tuyo. Le apoyó la barbilla en la cabeza. Le acarició el pelo, una sola vez, de arriba abajo. Y se quedó así mientras ella lloraba contra su camisa, en la biblioteca de su padre, a las cuatro y media de la mañana.

—No he dicho que vaya a dejar de esperar —le susurró al oído—.

Te dije anoche que no lo haría. Lo mantengo.

Si un día descubres que esa llave no abre nada, si un día quieres volver a darme tu palabra, estaré allí.

En Sussex. Con las estanterías vacías. —Le besó el pelo—.

Pero no voy a casarme con la mitad de ti, Genoveva.

Te vi detrás de la cortina. Te quiero entera. O no te quiero.

La soltó, se apartó y le secó una lágrima con el pulgar. La miró una última vez, largo rato, como se mira algo que se quiere recordar exactamente como es. Y se fue.

Genoveva lo oyó cruzar el vestíbulo. Lo oyó abrir la puerta del jardín. Lo oyó alejarse por el camino de grava, despacio, sin prisa, hasta que el ruido de sus pasos se perdió en la madrugada.

No lo oyó llorar. Pero supo que lo hacía.

La casa se rompió a la hora del desayuno.

Violet se enteró por la doncella de lady Ashcombe, que se lo contó a la doncella de la tía Beatrice, que se lo contó a Mary, que no se lo contó a nadie pero tenía la cara tan blanca cuando subió el agua caliente que Violet le arrancó la verdad en tres preguntas.

Bajó al comedor en bata, con el pelo suelto y los ojos desorbitados, y encontró a su hija sentada a la mesa con una taza de té que no había tocado.

—¿Es verdad?

Genoveva levantó la vista.

—Sí, madre.

—¿Te ha devuelto la palabra? ¿Wexford? ¿Alexander?

—Sí.

—¿Por qué?

Genoveva no respondió. Violet se quedó de pie junto a la mesa, temblando, con una mano sobre el respaldo de una silla. Miró a su hija. La miró de verdad, como no la había mirado nunca, buscando algo en su cara.

Y lo encontró.

—Por él —susurró—. Por el irlandés.

Genoveva no lo negó.

Violet se sentó. Se dejó caer en la silla, como si le hubieran cortado los hilos. Se quedó mirando el mantel de lino irlandés, donde todavía se veía, si una sabía dónde buscar, la sombra de la mancha de té de la víspera.

—Te he dado todo —dijo, en voz muy baja—. Toda mi vida. Te enseñé a caminar, a sentarte, a hablar, a bailar. A ser la mejor de todas. La más perfecta. Y te lo has tirado todo por un hombre que no tiene título, que no tiene nombre en Londres, que vive en una casa de piedra en mitad de la lluvia…

—Mamá.

Violet se calló. Genoveva nunca la llamaba mamá. Siempre madre. Desde los ocho años.

Se levantó. Rodeó la mesa. Se arrodilló junto a la silla de su madre, sobre la alfombra, y le tomó las manos.

—No me lo he tirado todo —dijo—. Todo lo que me enseñaste está aquí.

Sé caminar. Sé sentarme. Sé hablar con un secretario del Castillo de Dublín sin que se me caiga la taza de té.

Lo aprendí de ti. —Le apretó las manos—.

Pero también he aprendido otras cosas. Y no puedo desaprenderlas, mamá. Aunque quiera. Aunque tú quieras.

Violet la miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Yo solo quería que fueras feliz.

—Lo sé.

—Que no te faltara nada.

—Lo sé, mamá.

—Que fueras perfecta.

Genoveva le besó las manos.

—Ya no quiero ser perfecta. Quiero ser yo.

Violet se echó a llorar. Y Genoveva la abrazó, de rodillas en el suelo del comedor, como no la había abrazado desde que era muy pequeña.

En la puerta, sin hacer ruido, estaban las tres hermanas.

Cristina lloraba. No disimulaba. Lloraba por su madre, y por su hermana, y sobre todo por Alexander, que la había sostenido en el vestíbulo de Grosvenor Square cuando ella se le colgó del cuello. Miriam la rodeaba con un brazo, muy seria, sin una sola palabra ingeniosa en los labios.

Alana estaba un paso detrás, con los brazos cruzados, mirando a Genoveva arrodillada junto a su madre. Tenía una expresión que nadie le había visto nunca, ni siquiera ella misma en un espejo. Era miedo. Por su hermana.

—Ve a buscarlo —dijo Miriam en voz baja, al oído de Alana—. Al irlandés. Dile que se esconda. Si mamá lo ve hoy, lo mata con el cuchillo de la mantequilla.

—No —dijo Alana—. No voy a decirle nada.

—¿Por qué no?

Alana tardó en responder.

—Porque ya no me toca a mí.

La tormenta llegó al anochecer.