La hija perfecta XIV #4
58%

XIV #4

Dijo que Londres no era seguro de noche para un irlandés con salvoconducto.

Que había hombres en los muelles que reconocerían su nombre y no tendrían inconveniente en ahorrarle a la Corona la molestia de negociar con él.

Que la habitación de invitados del segundo piso estaba preparada.

Y no admitió discusión, ni de Frederick ni de Violet, que se retiró a su dormitorio con un dolor de cabeza fulminante y un frasco de sales.

Alexander se fue a medianoche. Besó la mano de Genoveva en el vestíbulo. La miró a los ojos mucho rato, sin decir nada. Y antes de salir, se inclinó y le susurró al oído:

—No te voy a pedir que elijas esta noche. Pero tampoco voy a dejar de esperar.

Y se fue.

A las cuatro de la mañana, Genoveva bajó a la biblioteca.

Sabía que él estaría allí. No lo sabía: lo sentía, con la misma certeza física con que había sabido en Keady que no lo recibiría sentada.

Bajó la escalera descalza, en camisón, con el chal de cachemira sobre los hombros y una vela en la mano.

Y al llegar a la puerta de la biblioteca de su padre, vio luz por la rendija.

Empujó la puerta.

Frederick estaba de pie junto al estante más alto. En mangas de camisa, con la corbata deshecha y el cuello abierto. Tenía un libro en la mano. Un tomo de poemas, viejo, con las esquinas gastadas, que había encontrado detrás de un atlas.

Se volvió al oírla.

—Su hermana me dijo dónde estaba —dijo—. Durante el pescado.

Genoveva cerró la puerta tras de sí.

—Alana habla demasiado.

—Alana es la única persona en esta casa que no me mira como si fuera a robar la cubertería.

—Miriam tampoco.

—Miriam me ha obligado a bailar con usted delante de su prometido y de su madre. —Frederick dejó el libro abierto sobre la mesa—. Todavía no he decidido si darle las gracias o mandarla a Irlanda a vivir con Bridget.

Genoveva se rió, no quería, pero le salió. Y él la miró reír, a la luz de la vela, con aquella expresión que ya conocía, la del sauce junto al Foyle.

Dejó la vela sobre la mesa, junto al libro de poemas. Se llevó la mano al chal. Al pecho. Cortó las tres puntadas con las uñas, despacio, sin dejar de mirarlo. Y sacó la llave.

La sostuvo un momento en la palma, a la luz de la vela. El hierro negro. La cabeza en forma de trébol. Los bordes gastados por cien años de manos. Y se la tendió.

—Es suya —dijo—. Vine a devolvérsela.

Frederick no la tomó. Miró la llave en la mano de ella, después la miró a ella y no se movió.

—Ya no soy su prisionera —siguió Genoveva, con la voz más firme de lo que se sentía—.

Estoy en mi casa. En mi biblioteca. Puedo irme cuando quiera, adonde quiera.

Puedo subir esa escalera ahora mismo y no volver a verlo nunca.

—Dio un paso hacia él—. Usted me dijo que tendría que quererlo el día que pudiera irme.

Ese día ya ha llegado, señor Donovan. Lleva tres semanas aquí.

Frederick cerró los ojos.

—No.

—¿No?

—Ahora no. —Abrió los ojos. Estaban oscuros, tan oscuros como en la biblioteca del Foyle, tan oscuros como esa misma noche en la mesa, cuando había visto la mano de Alexander sobre la de ella—.

Ahora es usted la prometida de un hombre que acaba de demostrarme en esa terraza que la merece.

Que quitó las rejas con sus propias manos.

Que mandó dinero para el tejado de los Conlon sin que nadie se lo pidiera.

Que la quiere desde que tenía catorce años.

—Hizo una pausa—. Y que esta noche ha bailado con su madre para que usted pudiera bailar conmigo.

Genoveva se quedó sin aliento.

—¿Usted lo ha visto?

—Lo he visto. —Frederick se acercó. Un paso.

Dos. Se detuvo frente a ella, tan cerca que sentía su calor a través del camisón, igual que en el Foyle—.

Y no voy a tocar a la mujer de un hombre así a escondidas, en la biblioteca de su padre, a las cuatro de la mañana.

No porque usted no pueda irse. Sino porque, si lo hago, no podré mirarlo a la cara.

Y quiero poder mirarlo a la cara el día que usted elija.

—¿Y si lo elijo a él?

La pregunta le salió rota. Frederick la miró desde muy cerca. Levantó la mano. Despacio. Le cerró los dedos sobre la llave, que todavía sostenía en la palma, con los suyos. Igual que en el vestíbulo del Foyle, la noche de los dragones.

—Entonces quédese con la llave igual —dijo, muy bajo—. Y ábrala alguna vez. Aunque sea solo para recordar que existe una casa sin rejas.

Le soltó la mano, dio un paso atrás y entonces la puerta de la biblioteca se abrió.

Genoveva se volvió de golpe. Frederick no se movió.

En el umbral, en mangas de camisa, con el pelo revuelto y los ojos rojos de no haber dormido, estaba Alexander.

No se había ido a su casa. Genoveva lo supo en cuanto lo vio. Se había quedado en el carruaje, en la esquina de la plaza, toda la noche. Y a las cuatro, al ver luz en la ventana de la biblioteca, había vuelto. Por la puerta del jardín, como siempre.

Los miró. A los dos. A tres pasos el uno del otro, sin tocarse. Ella en camisón, con el chal de cachemira resbalándole por un hombro. Él con la corbata deshecha. La vela sobre la mesa. El libro de poemas abierto. Y la llave de hierro, en el puño cerrado de Genoveva, que no tuvo tiempo de esconder.