XIV #3
Después de la cena, en el salón, mientras los caballeros tomaban el oporto y las damas el té, Miriam se sentó al pianoforte sin que nadie se lo pidiera.
Tocó una pieza de Haydn, luego otra de Clementi, luego una canción escocesa que hizo llorar a lady Ashcombe.
Y cuando los caballeros entraron por fin en el salón, olorosos a oporto y a tabaco, Miriam dejó de tocar, se volvió en la banqueta y anunció, con su sonrisa más resplandeciente:
—¡Bailemos!
—Miriam —dijo Violet.
—Una contradanza, madre. Solo una. Somos ocho.
Es perfecto. —Ya estaba tocando los primeros compases—.
Tina con papá, porque si no papá se escapa al despacho.
Lana con lord Ashcombe, porque lord Ashcombe necesita que alguien le lleve la contraria.
La tía Beatrice con… bueno, la tía Beatrice no baila.
Mamá con Alexander, porque mamá adora a Alexander y Alexander adora a mamá.
—Hizo una pausa teatral—. Y Su Perfección con el señor Donovan.
El silencio fue absoluto.
Violet se puso blanca. Lady Ashcombe se llevó la mano a la boca. Alexander se quedó inmóvil junto a la chimenea, con la copa de oporto a medio camino de los labios. Y Alana, desde el sofá, soltó una carcajada que intentó convertir en tos y no lo consiguió.
—Miriam —dijo Violet, con una voz que podría haber helado el Támesis—. Eso es completamente…
—Lógico, madre. —Miriam siguió tocando—. Es el invitado de honor. Y Gen es la hija mayor. Es lo que dicta el protocolo. —Le guiñó un ojo a Genoveva por encima del pianoforte—. Lo leí en Fordyce.
Nadie se movió. Y entonces Richard, que estaba de pie junto a la puerta con las manos a la espalda, cruzó el salón, le tendió la mano a Cristina y dijo, con la mayor tranquilidad del mundo:
—Miriam tiene razón. Es el protocolo.
Y se puso en posición para la contradanza.
Alexander dejó la copa de oporto sobre la repisa de la chimenea. Miró a Genoveva. Miró a Frederick. Y después, con una sonrisa que solo Genoveva supo que le costaba un esfuerzo enorme, le tendió el brazo a Violet.
—Lady Bermont. ¿Me concede este baile?
Violet lo miró como si se hubiera vuelto loco. Pero tomó su brazo.
Frederick se acercó a Genoveva. Despacio. Se detuvo frente a ella. Le tendió la mano. No dijo nada.
Ella la tomó.
Y bailaron.
Era una contradanza sencilla, de las que Genoveva había bailado mil veces en mil salones. Las parejas en fila, frente a frente. Avanzar, retroceder, girar. Las manos que se encuentran, se separan, se vuelven a encontrar. La conocía de memoria. Podía bailarla dormida.
No podía bailarla con él.
Cada vez que sus manos se encontraban, sentía el calor de su palma a través de los guantes, de los dos pares de guantes, como si no hubiera nada.
Cada vez que giraban, sentía su mano en la cintura, apenas, el roce mínimo que permitía la figura, y la piel bajo el corsé flojo se le encendía como si la tocara desnuda.
Cada vez que se acercaban, en el centro de la fila, el olor de él la envolvía: jabón inglés, sí, y almidón, y oporto, pero debajo, muy débil, todavía, a turba. A lluvia. A él.
Y él la miraba.
Ahora sí. Ahora no apartaba los ojos. La miraba en cada figura, en cada giro, en cada encuentro de las manos.
La miraba con una intensidad tan quieta que Genoveva sentía que el resto del salón desaparecía: su madre, Alexander, sus hermanas, el pianoforte de Miriam.
Solo quedaban los ojos de él, oscuros, fijos, y sus manos que se encontraban y se separaban y se volvían a encontrar.
En el último giro, él le apretó los dedos. Una sola vez. Muy fuerte. Y al otro lado de la fila, del brazo de Violet, Alexander vio cómo se le cortaba la respiración a su prometida.
La terraza daba al jardín de atrás, oscuro, con olor a tierra mojada y a las rosas de Violet.
Alexander salió primero. Frederick lo siguió unos minutos después, con una copa de oporto que no pensaba beber. No se lo había pedido nadie. Ninguno de los dos se lo había pedido al otro, pero los dos sabían que tenía que ocurrir.
Se quedaron de pie junto a la balaustrada, a tres pasos de distancia, mirando el jardín. Durante un rato no dijeron nada.
—La besé —dijo Alexander al fin—. Hace dos semanas. En Sussex.
Frederick no se movió. No dijo nada. Pero Alexander, que lo estaba mirando de reojo, vio cómo se le tensaba la mandíbula.
—No —corrigió Alexander despacio—. Eso no es exacto. Ella me besó a mí.
Silencio. Desde el salón llegaba la música de Miriam, una sonata lenta, y la risa de lady Ashcombe.
—Entonces es usted un hombre afortunado —dijo Frederick. La voz le salió ronca.
—Lo soy. —Alexander se volvió hacia él—. Y quiero que lo sepa, señor Donovan, porque esta noche, en ese salón, lo he visto mirarla. Y la he visto a ella mirarlo a usted. Y no soy tan estúpido como mi futura cuñada Alana cree que soy.
Frederick se volvió también. Se miraron a la luz que salía de las ventanas del salón. Dos hombres de la misma estatura, casi de la misma edad. Uno castaño, uno pelirrojo. Uno de terciopelo azul, otro de paño oscuro.
—¿Qué quiere de mí, Su Gracia?
—La verdad.
—¿Sobre qué?
—¿La quiere?
Frederick no respondió enseguida. Miró el jardín. Las rosas. La oscuridad.
—No es asunto suyo.
—Es mi prometida.
—Eso no la convierte en asunto suyo. —Frederick lo miró—. La convierte en su prometida. Son cosas distintas. Ella me enseñó la diferencia.
Alexander se quedó en silencio. Frederick vio cómo el golpe le llegaba, despacio, y cómo lo absorbía sin retroceder. Y pensó, a su pesar, que aquel hombre tenía más valor del que había supuesto.
—Tiene razón —dijo Alexander al fin—. No es mi asunto.
Es el de ella. —Se apoyó en la balaustrada—.
Pero voy a decirle algo, señor Donovan, y le ruego que me escuche, porque solo voy a decirlo una vez.
La conozco desde que tenía catorce años.
La vi reírse detrás de una cortina cuando creía que nadie la veía, y esperé seis años a poder pedir su mano por esa risa.
La he visto bailar su primer minueto y cruzar medio Ulster a caballo y enfrentarse a un secretario del Castillo de Dublín y besarme en una biblioteca vacía.
La quiero. La quiero de una manera que no sé explicar y que no tengo por qué explicarle a usted. Y no voy a apartarme.
Frederick lo miró largo rato.
—No se lo he pedido.
—Lo sé. —Alexander bajó la vista hacia sus manos, apoyadas en la piedra. Todavía tenía costras en los nudillos—. Eso es lo que más me asusta de usted.
Frederick no dijo nada. Dejó la copa de oporto sobre la balaustrada, intacta. Se quedó mirando el jardín.
—¿Sabe qué hizo cuando llegó a mi casa? —dijo al fin, muy bajo—. Lo primero. Antes de comer, antes de bañarse, antes de nada. Se quedó mirando las ventanas. Para ver si tenían rejas.
Alexander cerró los ojos.
—Las he quitado —dijo—. Las de Sussex. Yo mismo. Con una palanca.
—Lo sé. Me lo ha contado su futura cuñada en la mesa. Entre el pescado y el cordero. —Frederick casi sonrió—. Creo que quería que me doliera.
—¿Y le ha dolido?
Frederick lo miró. Esta vez no apartó la vista.
—Más de lo que debería.
Se quedaron allí, en la terraza, uno junto al otro, sin hablar, mientras la música de Miriam llegaba desde el salón y el olor de las rosas subía desde el jardín oscuro.
Dos hombres que querían a la misma mujer.
Que se respetaban a su pesar. Y que sabían, los dos, que al final solo uno de ellos podía ganar.
Ninguno sabía cuál.
Richard insistió en que se quedara a dormir.