XIV #2
—Porque llevas tres semanas en esta casa, hija, mirando por la ventana hacia el oeste cuando crees que nadie te ve.
Y bajando a la biblioteca a las cuatro de la mañana para no leer nada.
Y llevando ese chal de cachemira incluso cuando hace calor.
—Se acercó a ella. Le puso una mano en el hombro—.
Y porque un día tendrás que elegir. Y prefiero que elijas mirando a los dos a la cara.
No a uno en la mesa y al otro en una carta.
Salió del comedor. Genoveva se quedó sentada, inmóvil, con la mano de Cristina en la suya y el chal de cachemira sobre los hombros. Debajo del chal, contra el pecho, cosida con tres puntadas nuevas, la llave.
Se vistió tres veces.
Primero el vestido de seda verde que Violet había elegido, el que según su madre le iluminaba los ojos. Se lo puso y se miró en el espejo y se lo quitó. Demasiado. Parecía que se hubiera vestido para él.
Después el de muselina blanca que Alexander le había comprado en Armagh.
Se lo puso y se miró en el espejo y se lo quitó.
Demasiado poco. Parecía que se hubiera vestido para no ser vista.
Al final se puso uno que no se ponía nunca.
De seda color crema, sencillo, de talle alto, con un escote cuadrado un poco más bajo de lo que su madre aprobaba y las mangas hasta el codo.
Lo había mandado hacer madame Delorme con los restos de la tela del vestido de novia.
Violet lo detestaba. Decía que le daba un aire de campesina.
Se miró en el espejo. Se parecía al vestido azul de la difunta señora Donovan. No en el color. En la forma.
No se lo quitó.
—Dos agujeros, Mary.
La doncella, que estaba atando el corsé a su espalda, se detuvo.
—Milady, con ese escote…
—Dos agujeros, por favor.
Mary la miró en el espejo. Llevaba quince años vistiéndola.
La había vestido para su primer baile, para su presentación en la corte, para el compromiso con Alexander.
Conocía cada centímetro de su cuerpo, cada hábito, cada manía.
Y Genoveva vio en sus ojos que había entendido algo.
Que quizá lo había entendido hacía semanas, el día que encontró medio limón sin usar en el tocador.
Mary aflojó los cordones. Dos agujeros. Y después, sin que nadie se lo pidiera, aflojó uno más.
Él llegó a las siete en punto.
Genoveva estaba en lo alto de la escalera.
No había planeado estar allí. Había planeado estar en el salón, sentada, con las manos en el regazo, como le habían enseñado a recibir a los invitados.
Pero a las siete menos cinco se había levantado, había salido al rellano y se había quedado allí, junto a la barandilla, en la penumbra, donde nadie podía verla desde el vestíbulo.
Oyó el carruaje. Oyó la puerta. Oyó la voz del mayordomo anunciando el señor Donovan, con una entonación tan neutra que era en sí misma una opinión.
Y lo vio.
Vestido de Londres. Una chaqueta oscura de buen paño que le apretaba un poco en los hombros, un chaleco gris, una corbata blanca anudada con más prisa que arte.
El pelo rojo, recogido en la nuca con una cinta negra, pulcro, como no lo había visto nunca.
Recién afeitado. Sin el corte en la frente, que se había convertido en una línea fina y rosada.
Parecía otro hombre. Parecía un caballero inglés.
Hasta que levantó la vista hacia la escalera.
La encontró al instante. No la buscó. La encontró, como si hubiera sabido exactamente dónde iba a estar, en la penumbra del rellano, junto a la barandilla, con el vestido color crema.
Y los ojos de él, a la luz de las velas del vestíbulo, quietos, claros, pálidos como el hielo, se oscurecieron de golpe.
Genoveva sintió que se le doblaban las rodillas.
No bajó. Él no subió. Se quedaron así, mirándose, él al pie de la escalera y ella en lo alto, durante un segundo que no terminaba nunca.
Y en ese segundo Genoveva sintió todo lo que había sentido en tres semanas sin sentirlo.
La cintura en sus manos al bajar del caballo.
La tinta bajo su pulgar. El dedo de aire en la biblioteca del Foyle. Ya son más de cuarenta.
Detrás de ella, alguien carraspeó.
Genoveva se volvió. Alexander estaba en el pasillo, a tres pasos, con su casaca de terciopelo azul oscuro y su chaleco de seda.
Recién llegado, por la puerta del jardín, como hacía siempre que venía a cenar.
Había visto la escena entera. Lo supo por la expresión de su cara, que no era enfado, ni celos, ni dolor.
Era algo más quieto. La expresión de un hombre que acaba de confirmar algo que llevaba semanas sospechando.
—Genoveva —dijo, tendiéndole el brazo—. ¿Bajamos?
Ella tomó su brazo.
Bajaron juntos la escalera, despacio, paso a paso, del brazo, como los novios en los grabados de las revistas. Y al llegar abajo, Alexander Whitmore, duque de Wexford, y Frederick Donovan, del condado de Londonderry, se miraron por primera vez a los ojos.
—Señor Donovan.
—Su Gracia.
Alexander le tendió la mano. Frederick la estrechó. Fue un apretón breve, firme, correcto. Ninguno de los dos apretó más de lo necesario. Ninguno de los dos soltó antes que el otro.
—Creo que le debo una disculpa —dijo Alexander, con una voz tan educada que cortaba—. Mis hombres quemaron una granja en su condado buscando a mi prometida. Sé que no fue usted quien se la llevó. Lo lamento.
—La granja de los Conlon —dijo Frederick—. Ya la han reconstruido. Con el dinero que usted mandó la semana pasada.
Genoveva lo miró, miró a Alexander, pero él no la miró a ella.
—¿Mandaste dinero?
—Mandé lo que costaba un tejado. —Alexander se encogió de hombros, incómodo—. Me pareció lo justo.
Frederick lo observó un momento con una expresión indescifrable. Después inclinó la cabeza, apenas, en un gesto que en otro hombre habría sido una reverencia y en él era otra cosa.
—Lo fue.
Y pasaron al comedor.
Violet había puesto a Frederick en el extremo opuesto de la mesa, junto a la tía Beatrice, que había llegado esa tarde de Bath sin que nadie la invitara y que se pasó toda la sopa mirándolo como si fuera a sacar un mosquete de debajo del chaleco.
Alana había cambiado las tarjetas.
Nadie supo cuándo. Nadie la vio hacerlo.
Pero cuando entraron en el comedor, Frederick Donovan estaba sentado a la derecha de Alana, en el centro de la mesa, justo frente a Genoveva.
Y la tía Beatrice estaba sentada junto a lord Ashcombe, que había venido con su esposa y que se pasó toda la cena hablando de sus perros de caza mientras la tía Beatrice lo miraba como si quisiera envenenarlo.
Violet vio el cambio de tarjetas. Miró a Alana. Alana le sonrió con una inocencia angelical.
Violet se sentó sin decir nada.
Y entonces empezó la cena más larga de la vida de Genoveva.
Alexander, a su izquierda, le servía el vino, le pasaba la sal, le preguntaba si tenía frío. Era atento, cariñoso, impecable. Le rozó la mano dos veces bajo el mantel. Le habló al oído para comentarle algo gracioso sobre el sombrero de la tía Beatrice. Le sonrió.
Frederick, enfrente, no la miraba.
No la miró durante la sopa, ni durante el pescado, ni durante el cordero.
Habló con Alana, que lo acribilló a preguntas sobre los Defenders, sobre los diezmos, sobre si había leído a Paine, y él le respondió con una paciencia y un humor seco que hicieron reír a Alana tres veces, cosa que Genoveva no había visto hacer a ningún hombre en una cena.
Habló con Richard sobre el precio del lino.
Habló con lady Ashcombe, que le preguntó con mucha amabilidad si en Irlanda había buenos jardineros, y él le contestó que los mejores del mundo, porque llevaban siglos aprendiendo a hacer crecer cosas en tierra ajena.
No miró a Genoveva ni una sola vez.
Y ella no podía dejar de mirarlo.
Le miraba las manos sobre el mantel, grandes, morenas, con aquellos dedos largos que habían sostenido su tobillo.
Le miraba la boca cuando hablaba. Le miraba el cuello, la corbata mal anudada, el pulso que se le veía latir en la vena, encima del cuello de la camisa, más deprisa de lo que debería para un hombre que hablaba con tanta calma del precio del lino.
Alexander le tocó la mano bajo el mantel.
—¿Estás bien? —le susurró.
—Perfectamente.
—Estás pálida.
—Es el corsé —dijo Miriam desde el otro lado de la mesa, con la boca llena de cordero.
Era exactamente lo mismo que había dicho en otra cena, dos meses antes, la noche del primer ejemplar de Cecilia. Genoveva la miró. Miriam la miraba a ella con los ojos muy abiertos, y en ellos había algo que no era broma.
Y entonces, por fin, Frederick levantó la vista.
Fue un segundo. Uno solo. Mientras Alexander le hablaba al oído a Genoveva sobre el corsé y lady Ashcombe se reía de algo que había dicho Richard, Frederick levantó los ojos del plato y la miró.
Directamente. A la cara. Al escote del vestido color crema.
A la mano de Alexander, que todavía estaba sobre la suya, bajo el mantel, aunque él no podía verla, aunque nadie podía verla.
Y Genoveva vio en sus ojos algo que no había visto nunca. Ni en Keady, ni en el Foyle, ni a un dedo de su boca.
Vio celos.
Unos celos tan desnudos, tan crudos, que le cortaron la respiración. Duraron un segundo. Después él bajó la vista otra vez al plato, cortó un pedazo de cordero con una precisión excesiva, y se volvió hacia Alana para preguntarle si había leído a Wollstonecraft.
Pero Alexander había visto la mirada.
Genoveva lo supo porque la mano de él, sobre la suya, se quedó muy quieta. Y luego, despacio, se retiró.
Fue Miriam quien lo hizo.