La hija perfecta XIV
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XIV

TRES EN LA MESA

Londres

Frederick Donovan pisó Inglaterra por primera vez en once años un martes de julio, en un muelle de Wapping que olía a brea, a pescado podrido y a carbón, y lo primero que pensó fue que ella había crecido respirando aquello.

No lo pensó con desprecio. Lo pensó con una especie de asombro.

Miró el Támesis, ancho y marrón, cubierto de barcazas, de botes, de mástiles que se perdían río arriba hasta donde alcanzaba la vista.

Miró las grúas, los almacenes, los estibadores que cargaban sacos de azúcar de las Antillas sobre los hombros.

Miró la cúpula de San Pablo, muy lejos, gris contra un cielo que por una vez no llovía.

Y pensó que en algún lugar de aquella ciudad inmensa, que olía a dinero y a podredumbre, había una biblioteca con un atlas en el estante más alto, y detrás del atlas, un libro.

—No pongas esa cara —dijo Callahan, a su lado, con el sombrero calado—. Pareces un hombre que ha venido a conquistar Londres.

—He venido a hablar.

—Con esa cara, nadie te va a creer.

La carta del Castillo de Dublín había llegado diez días después de que ella zarpara.

No era exactamente una invitación, era una sugerencia, redactada con tanto cuidado que Frederick había tenido que leerla cuatro veces para entender qué decía: que ciertos caballeros de Whitehall verían con buenos ojos una conversación, discreta, sin compromiso, sobre la situación en el norte.

Que el duque de Bermont se había ofrecido a facilitar dicha conversación.

Y que, si el señor Donovan deseaba viajar a Londres, se le garantizaba un salvoconducto firmado por el secretario de Estado.

Un salvoconducto. Como si fuera un general enemigo. Como si fuera alguien.

Callahan se había reído al leerlo. Bridget había llorado.

Brennan había preguntado si podía acompañarlo, y Frederick le había dicho que no, que alguien tenía que quedarse para recibir los miércoles.

Y ahora estaba allí, en un muelle de Wapping, con una chaqueta nueva que Callahan le había obligado a comprarse en Dublín y que le apretaba en los hombros, y una carta de salvoconducto en el bolsillo interior, junto a otras tres cartas que no tenían firma.

La reunión fue en una casa de Whitehall que no parecía un ministerio, en una sala de techos altos con retratos de reyes muertos y una ventana que daba al parque de St. James.

Lo esperaban tres hombres. Uno era Bermont.

Frederick lo reconoció antes de que se lo presentaran, aunque no lo había visto nunca: alto, de hombros anchos que el tiempo había empezado a redondear, con unas gafas de leer colgando del chaleco y una manera de mirar que no se parecía a la de nadie.

Lo miró al entrar como un jugador de ajedrez mira un tablero.

Con interés. Con una paciencia infinita.

Y con algo más, debajo, que Frederick tardó en identificar y que, cuando lo identificó, le hizo bajar la vista un instante.

Era la mirada de un padre.

Los otros dos eran un subsecretario de Estado, delgado, pálido, con una peluca impecable y la expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar, y un caballero mayor, de pelo blanco, que no dijo su nombre ni su cargo y que se pasó toda la reunión sentado junto a la ventana, sin hablar, tomando notas en un cuadernito de tapas de cuero.

Hablaron dos horas.

De los diezmos. De las rentas. De los catorce presos de Armagh, de los que ya habían salido nueve.

De los Defenders y de los Peep-of-Day Boys, y de qué podía hacer un hombre para que dejaran de quemarse las casas unos a otros.

De los dragones de Newry, que habían vuelto a su guarnición y no habían vuelto a salir.

De Keogh, cuyo nombre el subsecretario pronunció con una mueca, como quien pronuncia el nombre de una enfermedad.

Frederick habló con números. Siempre hablaba con números.

Cuántas familias. Cuántos acres. Cuántas libras de renta y cuántas de cosecha.

Cuántos desahucios en los últimos tres años y cuántos ataques en las semanas siguientes a cada uno.

Habló sin levantar la voz, sin adornos, sin pedir nada que no pudiera justificar con una cifra.

Y vio, poco a poco, cómo la cara del subsecretario pasaba de la desconfianza a la sorpresa y de la sorpresa a algo que se parecía mucho al cálculo.

El caballero del pelo blanco no levantó la vista del cuadernito ni una sola vez.

Al final, el subsecretario se aclaró la garganta.

—Señor Donovan. Debo decirle que Su Majestad está…

interesado en la posibilidad de que el norte de Irlanda encuentre un periodo de calma.

Y que hay quien piensa en esta casa que esa calma podría alcanzarse con más eficacia mediante el acuerdo que mediante la fuerza.

—Hizo una pausa—. Hay precedentes. Hombres de influencia local que, a cambio de ciertas garantías, se han comprometido con la Corona.

Y la Corona ha sabido reconocer ese compromiso.

—¿Reconocerlo cómo?

El subsecretario miró al caballero del pelo blanco. El caballero del pelo blanco siguió escribiendo.

—De la manera habitual —dijo el subsecretario—. Hay títulos en la nobleza irlandesa que llevan tiempo vacantes. Algunos con tierras en el condado de Londonderry.

Frederick se quedó muy quieto.

Miró a Bermont. Bermont lo miraba a él, con aquellos ojos de ajedrecista, y no dijo nada. Pero Frederick vio que lo sabía. Que lo había sabido antes de entrar en aquella sala. Que quizá incluso lo había propuesto él.

—No he venido a Londres a comprar un título —dijo despacio.

—Nadie habla de comprar, señor Donovan. —El subsecretario sonrió, una sonrisa fina, aceitosa—. Hablamos de reconocer una realidad. Usted ya tiene la influencia. La Corona solo le daría la forma. —Se levantó—. Le ruego que lo piense. No hay prisa. Su salvoconducto es válido durante un mes.

Cuando salieron a la calle, bajo el sol de julio, Frederick se detuvo en la acera y se volvió hacia Bermont.

—¿Lo sabía?

—Lo sospechaba.

—¿Fue idea suya?

Bermont sacó las gafas del chaleco, las limpió con un pañuelo, volvió a guardarlas. Un gesto vacío, de hombre que necesita algo que hacer con las manos.

—Fue idea de un hombre que lleva tres años recibiendo cartas firmadas con una D y que ha llegado a la conclusión de que el autor de esas cartas es la única persona en el norte de Irlanda capaz de evitar una guerra.

—Lo miró por encima de la montura—. Si eso es una idea, señor Donovan, entonces sí. Fue mía.

Frederick no supo qué contestar. Bermont se puso el sombrero.

—Cena esta noche en mi casa. A las siete.

—Excelencia, no creo que sea…

—No es una invitación. —Bermont empezó a caminar hacia su carruaje. A mitad de camino se detuvo y se volvió—. Mi hija estará.

Y se fue.

—¿Que viene quién?

Violet Hillenburg dejó caer la taza de té. No la soltó del todo: la porcelana chocó contra el plato con un estrépito que hizo saltar a las cuatro hermanas, se derramó la mitad sobre el mantel de lino irlandés, y Violet se quedó mirando la mancha como si fuera sangre.

—Frederick Donovan —repitió Richard con toda tranquilidad, untando mantequilla en una tostada—. A las siete. Le he dicho a la cocinera que haga cordero.

—¡Richard! —Violet se puso de pie—. ¡Ese hombre secuestró a nuestra hija!

—No la secuestró. La secuestraron otros. Él la protegió.

—¡La tuvo veinte días en su casa!

—Y la devolvió intacta. Lo cual, querida, es bastante más de lo que muchos caballeros ingleses habrían hecho en su lugar.

Violet se llevó una mano al pecho. Abrió la boca. La cerró. Se volvió hacia Genoveva, que estaba sentada en su sitio de siempre con la taza de té entre las manos, muy quieta, muy pálida, con los ojos fijos en el mantel.

—Genoveva. Dile a tu padre que esto es una locura.

Genoveva no dijo nada.

No podía. Tenía la garganta cerrada. Notaba el corazón golpeándole contra las costillas, contra el corsé que llevaba dos agujeros más flojo de lo que debería, con una fuerza que le daba miedo. Frederick Donovan. En Londres. En aquella casa. A las siete. Esa noche.

Se le había caído la cuchara. No se había dado cuenta.

—Bueno —dijo Miriam en el silencio, dejando su taza con mucho cuidado—, yo solo quiero hacer una pregunta, y espero que nadie se la tome a mal. ¿Qué me pongo?

Nadie respondió. Miriam miró alrededor de la mesa con expresión ofendida.

—Es una pregunta perfectamente razonable. Viene a cenar el hombre más peligroso del Ulster. No puedo bajar con el vestido de rayas amarillas. ¿O sí? Lana, ¿tú qué crees? ¿Rayas amarillas o el verde de los Pembroke?

—El verde —dijo Alana, que llevaba un minuto entero sonriendo como un gato que acaba de encontrar la puerta de la despensa abierta—. Definitivamente el verde. Y yo me pondré el azul. Y me sentaré a su lado.

—Tú te sentarás donde yo te diga —dijo Violet.

—Por supuesto, madre.

Pero Alana seguía sonriendo.

Cristina era la única que no había dicho nada. Estaba sentada junto a Genoveva, con la mano sobre la suya, debajo de la mesa, donde nadie podía verlo. Y miraba a su padre con una expresión preocupada que no era propia de ella.

—¿Y Alexander? —preguntó al fin, en voz baja.

Richard dejó la tostada en el plato.

—Alexander también viene.

Violet se sentó de golpe. Miriam soltó un silbido largo, impropio de una dama, que le valió una mirada asesina de su madre. Alana dejó de sonreír, solo un instante, y después volvió a hacerlo, más todavía. Y Genoveva, por fin, levantó la vista del mantel y miró a su padre.

—¿Por qué? —Le salió un hilo de voz—. ¿Por qué haces esto?

Richard la miró por encima de las gafas. Durante un largo momento, no dijo nada. Después dejó la servilleta junto al plato y se levantó.