XIII #3
—Lo sé. —Dio un paso hacia ella. Uno solo—.
Tienes toda la vida para llenarlas. Con lo que quieras.
Poesía, novelas escandalosas, tratados de astronomía, libros en francés.
Lo que tú elijas. Yo no voy a elegir ni uno más.
—Se detuvo—. No te lo voy a pedir de rodillas esta vez, Genoveva.
Ni te voy a explicar nada. Solo quería que supieras que…
que he visto detrás de la cortina. Hace mucho tiempo.
Y que siento haber tardado tanto en recordarlo.
Ella lo miró sin entender.
—¿Qué cortina?
Y Alexander se lo contó.
El baile de los Devonshire. La galería del primer piso. Lord Ashby y la viuda de las plumas de avestruz. La muchacha de catorce años, doblada sobre la balaustrada, tapándose la boca con las dos manos, llorando de risa, creyendo que nadie la veía.
Se lo contó todo, de pie en la puerta de la biblioteca sin rejas, con la voz baja y las manos despellejadas a los costados.
Le contó que había esperado seis años. Que se había casado con ella en su cabeza aquella misma noche.
Que no la había querido nunca por perfecta, sino justo por lo contrario.
Y que luego, por miedo a perderla, había intentado encerrar en una habitación precisamente lo que más quería de ella.
Cuando terminó, Genoveva estaba muy quieta. Tenía el libro de poemas apretado contra el pecho y la cara mojada, y lo miraba como no lo había mirado nunca. Como si lo viera por primera vez.
—No lo sabía —susurró—. No sabía que alguien me había visto.
—Yo te vi.
Ella dejó el libro sobre la estantería. Despacio. Con cuidado. Junto a la nota que decía Llénalas tú.
Y cruzó la biblioteca.
Fue ella. No él. Alexander no se movió de la puerta. Fue ella la que cruzó la habitación descalza, en camisón, a la luz de una vela, y se detuvo frente a él, y le puso las dos manos en el pecho, sobre la camisa. Y fue ella la que se puso de puntillas.
Y fue ella la que lo besó.
No fue como en la biblioteca, la primera vez, cuando él la besó a ella entre libros que ella no había elegido.
No fue como en la tienda de campaña, desesperado, salado de lágrimas.
Fue otra cosa. Genoveva le rodeó el cuello con los brazos, le hundió los dedos en el pelo de la nuca, se apretó contra él con todo el cuerpo, con el camisón de lino fino como única barrera entre los dos, y lo besó con la boca abierta, con hambre, con una urgencia que Alexander no le conocía y que no sabía que ella tuviera.
Él le respondió. Dios santo, le respondió.
La rodeó por la cintura, sin corsé, y la levantó del suelo, y sintió el calor de su cuerpo a través del lino, y sus pechos contra su propio pecho, y la boca de ella, que sabía a lágrimas y a algo más, algo dulce y salvaje que no había probado nunca.
La apoyó contra el marco de la puerta. Ella gimió.
Un sonido pequeño, ronco, contra su boca, que le atravesó el cuerpo de arriba abajo como un rayo.
Le bajó la boca al cuello. Ella echó la cabeza hacia atrás y le clavó los dedos en los hombros, y Alexander sintió que se le doblaban las rodillas.
Fue ella también la que se detuvo.
Se apartó, apenas, lo justo para mirarlo. Tenía la boca hinchada, las mejillas encendidas, la respiración rota. Los ojos, de aquel color sin nombre, muy abiertos, llenos de algo que Alexander no supo leer: asombro, y deseo, y una especie de miedo.
—Alexander —susurró.
—Lo sé. —Él apoyó la frente en la de ella, temblando—. Lo sé. Perdóname. No debería haber…
—No. —Ella le puso un dedo en los labios—. No me pidas perdón. No me pidas nunca perdón por esto.
Se quedaron así mucho rato, frente contra frente, en la puerta de una biblioteca vacía, respirando el uno el aliento del otro.
Después ella se fue. Volvió a su dormitorio por la puerta que comunicaba, despacio, con la vela en la mano, y antes de cerrar se volvió a mirarlo por encima del hombro.
No dijo nada. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, desordenada, que no era la de la escalera de Grosvenor Square ni la de los salones.
Era la de detrás de la cortina.
Alexander se quedó solo en la biblioteca. Se apoyó contra el marco de la puerta, donde ella había estado, y cerró los ojos. Le temblaban las manos. Le ardía la boca. Le latía el corazón como si hubiera corrido desde Armagh.
No supo, porque no podía saberlo, que en la habitación de al lado Genoveva se había sentado en el suelo junto a la cama, con la espalda contra el colchón, y había sacado del forro de su chal, cortando tres puntadas con los dientes, una llave de hierro con la cabeza en forma de trébol.
No supo que se había quedado mirándola hasta el amanecer, con los labios todavía hinchados de sus besos, llorando sin hacer ruido. No supo que, por primera vez desde que salió de la casa del Foyle, no sabía qué hacer con ella.
Alexander no sabía nada de eso. Solo sabía que la muchacha de detrás de la cortina lo había besado. Y que, por primera vez en su vida, no estaba seguro de quién era ella.
Descubrió, con sorpresa, que le gustaba.