XIII #2
Alexander la leyó. Eran treinta y dos títulos.
Poesía, sobre todo. Poetas ingleses de los que había oído hablar y otros de los que no.
Dos franceses. Un tratado de astronomía.
Una novela que él mismo consideraba escandalosa.
Un libro de viajes por Italia. Y al principio de la lista, subrayado dos veces, un tomo de poemas cuyo título Alexander conocía porque lady Bermont lo había mencionado una vez, en una cena, como ejemplo de lo que una joven decente no debería leer jamás.
—Ese —dijo Alana— lo tiene escondido en el estante más alto de esta biblioteca desde los quince años. Detrás de un atlas. Cree que nadie lo sabe.
—¿Usted lo sabía?
—Yo lo sé todo, Su Gracia. Es mi única virtud y mi peor defecto.
Alexander dobló la hoja con cuidado y la guardó en el bolsillo del chaleco, contra el pecho.
—Gracias.
—No me dé las gracias. —Alana volvió a sentarse en el sillón, recogió las piernas y abrió otra vez el libro—. Sigo pensando que debería casarse con alguien que le recomiende a Fordyce. Usted y mi hermana no se merecen.
—Lo sé.
Alana levantó la vista, sorprendida.
—¿Lo sabe?
—Ella se merece más. —Alexander se dirigió a la puerta. Con la mano en el pomo, se detuvo—. Pero estoy aprendiendo, lady Alana. Despacio. Soy un alumno lento. Pero aprendo.
Salió. Alana se quedó mirando la puerta cerrada durante mucho rato, con el libro abierto sobre las rodillas y una expresión que, si alguien la hubiera visto, habría jurado que era respeto.
Sussex
Las rejas las quitó él mismo.
No llamó a los albañiles. No llamó al arquitecto. Bajó a la biblioteca a las once de la noche, en mangas de camisa, con una palanca de hierro que había sacado de los establos y un farol, y cerró la puerta tras de sí.
Los carpinteros habían clavado tablas sobre el hueco de la ventana después del secuestro.
Alexander las arrancó una por una. Le costó.
Los clavos eran largos, la madera estaba húmeda, y él no había usado una palanca en su vida.
Se despellejó los nudillos. Se clavó una astilla en la palma de la mano izquierda que tardaría una semana en salir.
Sudaba como un mozo de cuadra. Y cuando por fin cayó la última tabla, se quedó mirando la reja.
La reja de hierro, pintada del color de la madera para que no se notara, que alguien había vuelto a colocar en su sitio y a atornillar con cuatro pernos nuevos, más gruesos que los anteriores.
Alexander apoyó la palanca en el primer perno. Empujó.
Tardó tres horas.
A las dos de la madrugada, la reja cayó al jardín del sur con un estruendo que despertó a media casa.
Los perros ladraron. Su madre se asomó a la ventana de su dormitorio, en camisón, con una vela, y lo vio de pie en la ventana abierta de la biblioteca, sudoroso, con la camisa rota y las manos sangrando, mirando hacia el jardín como un hombre que acaba de matar a un dragón.
—¡Alexander! ¿Qué estás haciendo?
—Nada, madre. Vuelve a la cama.
No volvió a la cama. Bajó al jardín en camisón y en zapatillas, con la vela en la mano, y se quedó mirando la reja tirada en la tierra removida donde dentro de un año habría rosales.
Después miró a su hijo. Y lady Ashcombe, que lo había parido y criado y lo conocía mejor que nadie en el mundo, no dijo nada. Solo sonrió.
Luego vino Fordyce.
Alexander sacó de las estanterías, uno por uno, los sermones para jóvenes damas, encuadernados en piel.
Los libros de oraciones con cierres de plata.
El tratado de economía doméstica. Los seis volúmenes de Hume.
Todos los libros que el obispo y lady Bermont le habían recomendado.
Los apiló en el suelo. Después se quedó mirándolos.
No los quemó. Pensó en hacerlo. Pensó en la chimenea, en el fuego, en el gesto.
Pero era un gesto que habría hecho otro hombre, uno más dramático que él, uno que llevaba la camisa abierta y escribía con la letra inclinada hacia delante.
Alexander era otra cosa. Alexander era un hombre que hacía las cosas en orden.
Los metió en cajas. Mandó que los llevaran a la parroquia del pueblo, con una nota para el párroco: Para la escuela de niñas. Con los saludos del duque de Wexford. Y las estanterías de nogal se quedaron vacías.
Todas menos una.
En la estantería que quedaba junto a la ventana, a la altura de los ojos, colocó un solo libro.
Lo había encontrado en una librería de Paternoster Row, cuyo librero calvo con gafas de aro de alambre lo había mirado con una expresión muy rara cuando se lo pidió.
Un tomo de poemas. El que estaba subrayado dos veces al principio de la lista de Alana.
Una edición nueva, sin manchas, sin las esquinas gastadas por siete años de lecturas furtivas a la luz de una vela.
Y junto a él, una nota. Escrita con su letra, que no era pequeña ni inclinada ni perfecta, sino grande, redonda, un poco torpe, la letra de un hombre que había aprendido a escribir con institutrices que no se preocupaban mucho por la caligrafía de los segundos hijos de los condes.
Llénalas tú.
Genoveva vino a Sussex dos semanas después, con su madre y sus hermanas, para quedarse hasta que se fijara una nueva fecha para la boda.
Alexander no le dijo nada. La recibió en la escalinata como siempre. Le besó la mano como siempre. Durante la cena habló de caballos y del tiempo, y su padre lo miró de reojo como siempre, y su madre sonrió como siempre, y lady Bermont habló de las flores de la capilla como siempre.
Y esa noche, a las cuatro de la mañana, se sentó en el suelo del pasillo, frente a la puerta de la biblioteca, con la espalda contra la pared, como en la posada de Armagh. Y esperó.
La oyó levantarse a las cuatro y diez. Oyó la puerta que comunicaba su dormitorio con la biblioteca. Oyó sus pasos descalzos sobre el suelo de madera, despacio, primero tranquilos.
Después, se detuvieron.
No oyó nada más durante mucho tiempo. Ni un paso. Ni un ruido. Solo el viento de la noche, que entraba por una ventana que ya no tenía rejas, y el murmullo de los tilos del jardín. Alexander se quedó sentado en el suelo del pasillo con el corazón golpeándole las costillas, sin atreverse a respirar.
Luego la oyó llorar.
No como había llorado en la tienda de campaña, contra su hombro, de alivio.
Ni como había llorado en el vestíbulo de Grosvenor Square, contra el pecho de su padre.
Era otra cosa. Un sonido pequeño, ahogado, sorprendido, como el de alguien que encuentra algo que había perdido hace mucho tiempo en el sitio donde menos lo esperaba.
Alexander se levantó.
Abrió la puerta del pasillo.
Ella estaba de pie junto a la ventana sin rejas, en camisón, con el pelo suelto sobre los hombros y una vela en la mano.
A la luz de la vela vio las estanterías vacías.
Todas. Del suelo al techo. Y en la única que no estaba vacía, a la altura de sus ojos, un tomo de poemas.
Lo tenía en la otra mano, contra el pecho, abierto.
La nota estaba en el suelo, a sus pies, donde se le había caído.
Se volvió al oírlo entrar.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Y a la luz de la vela, por primera vez en todo el tiempo que la conocía, Alexander vio que no eran verdes ni azules. Eran de un color que no tenía nombre, entre los dos, como el agua de un río cuando cambia el cielo.
—¿Cómo…? —Le temblaba la voz—. ¿Cómo sabías…?
—Le pregunté a tu hermana.
—¿A Alana?
—A Alana.
—Alana te odia.
—Por eso le pregunté a ella. —Alexander no se movió de la puerta—.
Quité las rejas. Yo. Con una palanca. Me pasé tres horas.
Mi madre cree que me he vuelto loco. —Se miró las manos, todavía con las costras en los nudillos—.
Doné a Fordyce a la escuela de niñas de la parroquia.
Pensé en quemarlo, pero me pareció un desperdicio de buen cuero.
Genoveva se rió entre lágrimas. Una risa pequeña, temblorosa, que se le escapó sin querer.
—Las estanterías están vacías —dijo.
—Lo sé.
—Son muchas estanterías, Alexander.