XIII
LO QUE ALEXANDER SABÍA
Alexander se había enamorado de Genoveva Hillenburg detrás de una cortina, y nunca se lo había contado a nadie.
Fue en el baile de los Devonshire, el invierno en que ella cumplió catorce años.
Él tenía veintiséis y todavía no era duque, solo el hijo de un conde con más deudas de las que confesaba, y había ido a aquel baile porque su madre había insistido y porque en casa de los Devonshire se servía el mejor clarete de Londres.
Se aburría. Recordaba perfectamente lo mucho que se aburría.
Había bailado dos contradanzas con dos muchachas que hablaban del tiempo, había perdido dos guineas al whist con un coronel que hacía trampas y se había escondido en la galería del primer piso, detrás de una cortina de terciopelo granate, con una copa en la mano y la intención de no salir de allí hasta que su madre se cansara de buscarlo.
No estaba solo.
Al otro extremo de la galería, detrás de la otra cortina, había una muchacha.
Muy joven. Muy delgada. Con un vestido de muselina blanca demasiado sencillo para el baile y el pelo castaño oscuro recogido con una perfección que debía de haberle costado una hora.
Estaba de pie junto a la balaustrada, mirando hacia el salón de baile, abajo, donde la primera pareja de la cuadrilla acababa de tropezar.
Fue un tropiezo espectacular. Lord Ashby, que había bebido más de lo debido, pisó el bajo del vestido de su pareja, una viuda corpulenta con plumas de avestruz en el tocado, y los dos cayeron al suelo del salón en una maraña de seda, plumas y dignidad herida, delante de doscientas personas.
Nadie se rió. Era un baile de los Devonshire. Allí no se reía nadie de nadie en voz alta.
Pero la muchacha de la galería, detrás de su cortina, creyendo que nadie la veía, se tapó la boca con las dos manos y se dobló sobre la balaustrada, temblando de risa.
Una risa silenciosa, imposible, que le salía por todo el cuerpo: por los hombros, por la espalda, por las lágrimas que le corrían por las mejillas.
Se reía como una niña. Se reía como si no hubiera aprendido nunca a no hacerlo.
Y después, al cabo de un minuto, se secó los ojos con el dorso del guante, se alisó el vestido, se colocó un rizo junto a la sien, enderezó los hombros, levantó la barbilla, alta pero no demasiado, y salió de detrás de la cortina.
Alexander la vio bajar la escalera hasta el salón.
La vio cruzarlo hasta donde estaba su madre, una mujer rubia y hermosa que no la miró.
La vio sentarse a su lado con las manos en el regazo y una sonrisa serena, perfecta, como si nunca en su vida se hubiera reído de nada. Y pensó: ahí dentro hay alguien.
Preguntó quién era. Le dijeron que era la hija mayor de Bermont. Que era la muchacha mejor educada de Londres. Que nunca daba un disgusto. Que nunca se reía en público. Que nunca nada. Alexander no dijo nada. Pero esperó seis años.
Esperó a que el viejo duque de Wexford, su tío, muriera sin hijos y le dejara el título que su padre llevaba toda la vida envidiando.
Esperó a ser alguien a quien Bermont no pudiera rechazar.
Esperó a que ella tuviera edad. Y cuando por fin pidió su mano, tres meses antes de que se la robaran de una biblioteca, no lo hizo porque fuera la joven más deseada de la temporada, ni porque nunca diera un disgusto, ni porque su madre la llamara perfecta.
Lo hizo por la muchacha de detrás de la cortina.
Y se había pasado tres meses construyendo muros a su alrededor.
Rejas pintadas. Una biblioteca llena de libros elegidos por un obispo.
Veinte hombres. Cuarenta. Una fecha de boda adelantada.
Porque la quería tanto que el miedo a que alguien rompiera aquello que había visto detrás de la cortina le había hecho olvidar lo más importante.
Que lo que él había amado era precisamente la parte de ella que se escapaba.
Lo comprendió en el paquebote de Holyhead, la segunda noche, de pie junto a la borda, mientras ella dormía en el camarote.
Lo comprendió de golpe, como se comprenden las cosas que uno lleva años sabiendo sin querer saberlas.
Y se quedó allí, agarrado a la barandilla mojada, mirando el agua negra, hasta que se le entumecieron los dedos.
Otro hombre la había visto detrás de la cortina. Y en lugar de construirle muros, le había dado una llave.
Alexander no sabía lo de la llave. Pero lo sabía.
Grosvenor Square los recibió con lágrimas.
Violet bajó la escalera corriendo, en bata, con el pelo suelto y sin una sola horquilla, como Alexander no la había visto nunca, y se arrojó sobre su hija en mitad del vestíbulo.
No dijo perfecta. No dijo nada. Solo la abrazó y lloró, y Genoveva la abrazó a su vez, y las dos se quedaron así mucho tiempo, meciéndose en el mármol, como una sola persona.
Detrás llegaron las hermanas.
Cristina fue la primera. Bajó los escalones de tres en tres y se lanzó sobre las dos, y después Miriam, que bajó despacio, muy pálida, con la mano en la barandilla, y que al llegar abajo no dijo nada gracioso ni nada en absoluto, solo apoyó la frente en la espalda de su hermana mayor y cerró los ojos.
Alana se quedó en lo alto de la escalera.
Alexander la vio allí, de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mirando a Genoveva con una expresión que no era alegría y no era alivio, sino algo más complicado. Después lo miró a él. Y Alexander supo, sin necesidad de que dijera una palabra, lo que estaba pensando.
Tú la trajiste de vuelta. Pero no fuiste a buscarla tú. Volvió ella.
Richard fue el último. Apareció en la puerta del despacho, con las gafas de leer en la mano y la cara gris de veinte días sin dormir. No corrió. Se quedó en el umbral mirando a su hija, que levantó la cabeza del hombro de su madre y lo vio.
—Padre.
Richard no respondió. Se acercó despacio, apartó con suavidad a Violet y a Cristina, y le tomó la cara entre las manos. La miró mucho rato. Los ojos, que se habían vuelto verdes. Las mejillas, quemadas por el viento de Irlanda. Las manos, que tenían callos nuevos en las palmas, de las riendas.
—Barro hasta las rodillas —dijo en voz muy baja.
Y Genoveva se echó a llorar contra su pecho.
Alexander se quedó junto a la puerta, con el sombrero en la mano, mirando. Nadie lo miraba a él. Era lo justo. Él solo había ido a buscarla. Ella había vuelto sola.
Cristina fue la única que se acordó de él.
Se apartó del grupo, todavía con los ojos llenos de lágrimas, cruzó el vestíbulo y lo abrazó. Así, sin más. Se le colgó del cuello como una niña, con la cara contra su chaleco, y Alexander, desconcertado, la sostuvo.
—Gracias —dijo Cristina contra su pecho—. Gracias por ir. Por no rendirte. Por traerla.
—Yo no la traje, Cristina. Vino ella.
—Pero tú estabas allí cuando llegó. —Cristina levantó la cara y lo miró, con los ojos muy limpios—. Eso también cuenta, Alexander. Eso cuenta mucho.
Desde lo alto de la escalera, Alana soltó un pequeño bufido. Miriam, todavía con la frente en la espalda de Genoveva, abrió un ojo y miró a Alexander, y después a Alana, y después a Cristina, con una expresión de profundo agotamiento.
—Dios mío —murmuró—. Ya empezamos.
Alana lo recibió en la biblioteca de Richard tres días después, porque Alexander se lo pidió por escrito, y porque Alana, según confesaría años más tarde, sentía demasiada curiosidad para negarse.
Lo esperaba sentada en el sillón de su padre, con las piernas recogidas bajo la falda y un libro en el regazo que no estaba leyendo. No se levantó cuando él entró. No le ofreció asiento. Lo miró por encima del libro con los ojos entrecerrados, como un gato que evalúa a un perro.
—Su Gracia.
—Lady Alana.
—Me ha pedido una entrevista por escrito.
Con su sello. Nadie me había pedido nunca una entrevista con sello.
—Cerró el libro—. Debo admitir que me siento importante.
¿Viene a pedirme cuentas por lo de la biblioteca de Sussex?
Porque si es así, le ahorro el trabajo: fue culpa mía.
Le dije lo de las madrugadas para escandalizarlo, usted construyó esa habitación, y por esa ventana se la llevaron.
Llevo veinte días sin dormir por eso. No necesito que venga a recordármelo.
Alexander se quedó de pie en el centro de la habitación.
—No vengo a pedirle cuentas.
—¿Entonces?
—Vengo a pedirle una lista.
Alana parpadeó.
—¿Una lista?
—De libros. —Alexander se pasó una mano por el pelo, ese gesto nuevo que se le había pegado en Irlanda y que no conseguía quitarse—.
Los que lee su hermana. Los de verdad. Los que baja a leer a las cuatro de la mañana.
No los que le regala su madre ni los que le recomienda el obispo. Los que lee cuando nadie la ve.
Alana no dijo nada. Se quedó mirándolo desde el sillón, inmóvil, como si le hubiera hablado en chino.
—Llené esa biblioteca con Fordyce —siguió él—.
Con Hume. Con sermones. Le pregunté a su madre y al obispo qué debía leer una duquesa, y nunca se me ocurrió preguntarle a ella qué quería leer Genoveva.
—Hizo una pausa—. Él sí se lo preguntó. Lo sé.
No sé cómo, pero lo sé. Le preguntó qué quería. Y yo no.
La voz se le quebró un poco al final. Alana lo notó. Alexander vio cómo lo notaba, cómo algo se le movía en la cara, apenas, como el agua de un estanque cuando cae una hoja.
—¿Por qué me lo pide a mí? —preguntó Alana despacio—. Podría pedírselo a ella.
—Porque quiero que sea una sorpresa. —Alexander sonrió, una sonrisa torpe, avergonzada, que lo hizo parecer diez años más joven—. Y porque usted me odia, lady Alana. Si alguien en esta casa va a decirme la verdad sin adornarla para no herir mis sentimientos, es usted.
Alana se quedó callada mucho tiempo. Después se levantó del sillón, fue hasta el escritorio de su padre, tomó una hoja de papel y una pluma y empezó a escribir. Deprisa. Sin pensar. Con la letra apretada y furiosa de quien se sabe la respuesta de memoria.
Cuando terminó, le tendió la hoja sin mirarlo.