La hija perfecta XII #3
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XII #3

Estaban en una taberna de los muelles, junto al Liffey, en una mesa del fondo, con dos jarras de cerveza que ninguno de los dos había tocado.

Afuera amanecía. Por la ventana sucia se veían los mástiles de los barcos meciéndose en el agua gris, y entre ellos, más grande que los demás, con las velas todavía recogidas y una bandera inglesa colgando sin viento, el paquebote de Holyhead.

Frederick tenía todavía el corte en la frente. No se había cambiado de ropa en cuatro días. Había cabalgado de Londonderry a Dublín en dos jornadas y media, matando un caballo y medio, y no había dormido.

—Ella te pidió que no fueras a buscarla —dijo Callahan.

—No he venido a buscarla.

—¿Entonces a qué has venido?

Frederick no respondió. Miraba el paquebote.

Callahan suspiró. Sacó un papel del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, entre las dos jarras.

—Esto es lo que querías saber. Tu carta llegó al Castillo hace cinco días.

La que tenía exigimos tachado y proponemos escrito encima.

—Lo miró por encima de las jarras—. No sé quién te enseñó a escribir así, pero en el Castillo están desconcertados.

El secretario del lord teniente dice que es la primera carta tuya que no parece escrita por un rebelde.

Dice que parece escrita por alguien que quiere llegar a un acuerdo.

—No la escribí solo.

—Eso me imaginaba. —Callahan se inclinó hacia delante—.

Escúchame, Fred. Hay hombres en ese Castillo que empiezan a pensar que quizá sea más barato hablar contigo que mandar regimientos.

Que quizá tú puedas mantener el norte tranquilo mejor que los dragones.

Y Bermont les ha escrito tres veces esta semana diciendo exactamente lo mismo.

—Bajó la voz—. Es la primera vez en diez años que alguien de Londres está dispuesto a escucharte. ¿Entiendes lo que eso significa?

Frederick seguía mirando el paquebote.

—Significa —dijo al fin, muy despacio— que se ha ido para que pudiera pasar esto.

Callahan no supo qué contestar.

Afuera, en el muelle, había empezado el movimiento. Mozos con baúles. Marineros subiendo y bajando por la pasarela. Un carruaje negro con un escudo en la portezuela que se detenía junto al paquebote, rodeado de jinetes. Frederick se levantó de la mesa.

—Fred.

—Solo voy a mirar.

Salió de la taberna. Se quedó de pie en el muelle, entre los estibadores, con el sombrero calado y la chaqueta rota en un hombro, a cincuenta pasos del paquebote.

Nadie se fijó en él. Era un irlandés más, un hombre alto y cansado mirando zarpar un barco inglés.

La portezuela del carruaje se abrió. Bajó Wexford primero.

Sin peluca. Con la barba de días. Se volvió hacia el carruaje y tendió la mano.

Y ella bajó.

Muselina blanca. Un chal de cachemira color crema.

Zapatos de cabritilla. El pelo recogido, perfecto, con un rizo junto a la sien que parecía deliberado.

Erguida, compuesta, intacta. La barbilla alta, pero no demasiado.

Tomó la mano de Wexford para bajar el escalón del carruaje, como había tomado mil manos de mil lacayos en mil escalones, y apoyó el pie en el muelle de Dublín con la elegancia exacta de una hija de duque.

Frederick la miró y no la reconoció.

Durante un segundo entero, no la reconoció.

Buscó el pelo suelto y enredado sobre los hombros, el vestido azul de su madre recogido con un cordón, las botas rellenas de lana, la risa a carcajadas junto al sauce.

No estaban. En su lugar había una dama inglesa.

Perfecta. Exactamente la que describían las gacetas de Dublín. La que nunca se despeinaba.

Y entonces ella se detuvo.

En mitad del muelle, con la mano todavía en la de Wexford, se detuvo. Se volvió. Recorrió el muelle con la mirada, despacio: los estibadores, los marineros, los mozos de los baúles, las vendedoras de pescado. Buscando algo. A alguien.

Frederick no se movió.

Los ojos de ella pasaron por encima de él. No lo vieron. Siguieron buscando. Llegaron hasta el final del muelle y volvieron, y pasaron otra vez por encima de él sin verlo, porque estaba entre veinte hombres con el sombrero calado y la luz del amanecer le daba de espaldas.

Ella bajó la vista. Wexford le dijo algo al oído. Ella asintió. Y se volvió hacia la pasarela. Pero antes de subir, Frederick vio cómo se llevaba la mano izquierda al chal. Al pecho. A un punto concreto, debajo de la clavícula, donde la cachemira hacía un pequeño bulto que nadie más habría notado.

La dejó allí. Un momento. Como quien comprueba que algo sigue en su sitio.

Después subió al barco.

Frederick se quedó en el muelle hasta que el paquebote soltó amarras.

Hasta que las velas se hincharon con el primer viento de la mañana.

Hasta que el casco negro se hizo pequeño sobre el agua gris de la bahía, y después más pequeño, y después no fue más que un punto blanco contra el horizonte, camino de Inglaterra.

Callahan salió de la taberna y se quedó a su lado, en silencio.

—¿Y ahora qué? —preguntó al fin.

Frederick se llevó la mano al pecho. Al bolsillo interior de la chaqueta. Donde llevaba, dobladas en tres con precisión matemática, tres cartas sin firma.

—Ahora —dijo— voy a hacer que Londres me escuche.