La hija perfecta XII #2
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XII #2

—Me habló de una viuda que se llama Quinn y de un terrateniente de Bath que se llama Halloway y de una renta que no podía pagar.

—Genoveva dejó la taza de té sobre el platillo, sin que la porcelana hiciera el menor ruido—.

Si Su Excelencia quiere saber dónde están las armas del señor Donovan, le sugiero que le pregunte al señor Halloway por qué una viuda con tres niños tiene que pagar más renta el año que se le muere el marido. Sospecho que ahí empieza el arsenal.

El secretario la miró sin parpadear. Por primera vez en dos horas, no supo qué decir.

Alexander se adelantó desde la ventana.

—Creo que es suficiente.

—Su Gracia, con todo respeto, la información de lady Genoveva podría ser esencial para…

—Lady Genoveva ha pasado veinte días secuestrada.

Ha cruzado medio Ulster a caballo. Ha respondido a todas sus preguntas con más paciencia de la que yo habría tenido.

—La voz de Alexander era tranquila, educada, la voz de un duque en un salón, pero había algo debajo que Genoveva no le conocía: acero—.

Si Su Excelencia necesita algo más, puede escribir a su padre. Y a mí. En ese orden.

El secretario se levantó. Se inclinó. Les deseó un buen viaje a Inglaterra. Cuando salieron al patio del Castillo, bajo un cielo que por una vez no llovía, Genoveva se detuvo junto al carruaje y miró a Alexander como si lo viera por primera vez.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Él le abrió la portezuela—. Ese hombre te estaba mirando como si fueras un mapa.

—Lo era.

—No. —Le tomó la mano para ayudarla a subir. No se la soltó—. Eres mi prometida.

Lo dijo como quien dice una verdad muy sencilla.

Como quien dice que el cielo es azul o que el agua moja.

Y Genoveva sintió dos cosas a la vez, tan juntas que no podía separarlas: una gratitud inmensa, cálida, que le subía desde el pecho, y un leve frío en la nuca, como cuando se abre una ventana en otra habitación.

No era un mapa. Era una prometida.

Nunca, en ningún momento, se le había ocurrido a Alexander que pudiera no ser ninguna de las dos cosas.

Esa noche, en la casa que Alexander había alquilado en Merrion Square para los dos días que faltaban hasta que zarpara el paquebote, él llamó a su puerta.

Eran las once. Genoveva estaba ya en camisón, el nuevo, el de lino fino que había comprado él, sentada junto a la ventana con el chal sobre los hombros. Le abrió.

Alexander no entró. Se quedó en el umbral, con la mano en el marco de la puerta, como se había quedado Frederick en el umbral de la habitación de Keady.

Llevaba solo la camisa y los calzones. Tenía ojeras, y la barba de días que se había empeñado en no afeitar hasta encontrarla y que todavía no se había afeitado.

—Necesito preguntarte algo —dijo—. Y necesito que me digas la verdad.

Genoveva sintió que se le secaba la boca.

—Pregunta.

Él la miró un largo rato. Tenía los ojos grises muy quietos.

—¿Qué hay entre tú y él?

No dijo el nombre. No hacía falta. El nombre estaba en el pasillo, entre los dos, como una tercera persona.

Genoveva pensó en mentir. Lo pensó de verdad, durante un segundo entero, y se dio cuenta de que habría sido muy fácil.

Nada. No hay nada. Me tuvo de rehén y me trató con cortesía, y eso es todo.

Alexander la habría creído. Todo el mundo creía siempre a Genoveva.

Pensó en su padre, en el despacho de Grosvenor Square, con media cara cubierta de espuma.

—No lo sé —dijo.

Alexander cerró los ojos.

—Esa es la verdad, Alexander. No lo sé. Nunca me ha tocado. Nunca me ha besado. Se ha negado a hacerlo, y eso que yo…

Se detuvo. Él abrió los ojos.

—¿Y eso que tú qué?

Genoveva no bajó la vista.

—Y eso que yo no se lo habría impedido.

El silencio que siguió fue el más largo de su vida.

Más largo que el de la biblioteca del Foyle a un dedo de una boca.

Más largo que el del despacho de su padre cuando dejó la carta sobre el escritorio.

Alexander se quedó inmóvil en el umbral, con la mano en el marco de la puerta, y Genoveva vio cómo le llegaba el golpe.

No de golpe. Despacio. Como el agua que va subiendo por un muro.

Pensó que se iría. Que diría algo cruel, o algo frío, o algo digno, y se iría. Que la mañana siguiente le diría a su padre que el compromiso quedaba roto. Que tendría derecho a hacerlo.

Alexander respiró hondo.

—¿Lo quieres?

—No lo sé.

—¿Me quieres a mí?

Genoveva lo miró.

Al hombre que había corrido bajo la lluvia sin peluca.

Al hombre que había dormido en el suelo de un pasillo con una pistola en el regazo.

Al hombre que había soltado a seis muchachos irlandeses porque ella se lo había pedido, y que esa misma tarde había mirado a un secretario del Castillo con acero en la voz.

—Sí —dijo—. Eso sí lo sé.

Alexander asintió despacio. Le temblaba la mandíbula.

—Entonces no tengo prisa.

—¿Qué?

—Que no tengo prisa. —Entró por fin en la habitación.

Se acercó a ella. Le tomó las dos manos, como en la tienda de campaña, como en el despacho de Grosvenor Square cuando se arrodilló sobre la alfombra de su padre—.

No sé qué te ha pasado allí. No sé qué te ha hecho ese hombre, ni qué te ha dicho, ni qué te ha enseñado.

Pero sé que has vuelto. Sola. A caballo.

Por tu propio pie. Nadie te obligó. —Le apretó las manos—. Volviste conmigo, Genoveva.

Ella no pudo contestar. No le dijo por qué había vuelto. No le dijo que había vuelto para que dejaran de quemar casas, para que Frederick pudiera seguir recibiendo los miércoles. No le dijo que había vuelto por él, por el otro, alejándose.

Era verdad que había vuelto. Era verdad que nadie la había obligado. Y Alexander había construido con esas dos verdades una tercera que no lo era.

—Vamos a casarnos —siguió él, con la voz más firme—. No el treinta de junio. Cuando tú quieras. Cuando estés lista. Esperaré lo que haga falta. Y cuando estemos en Sussex, en nuestra casa, con nuestra vida, todo esto quedará atrás. Lo olvidarás. Te lo prometo. Con el tiempo, lo olvidarás.

Lo dijo con amor. Con todo el amor del mundo.

Y Genoveva, con las manos entre las suyas, cálidas, firmes, seguras, sintió bajo el chal, contra el pecho, el bulto pequeño y duro de una llave de hierro cosida con tres puntadas.

Lo olvidarás.

No dijo nada. Alexander tomó su silencio por un sí. Le besó la frente. Le dio las buenas noches. Y salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad, y Genoveva oyó cómo se sentaba en el suelo del pasillo, al otro lado, con la espalda contra la pared.

Dublín

—Te dije que no vinieras —dijo Callahan.

—Me lo dijiste.

—Y viniste.

—Vine.