XII
LOS CORDONES
Alexander pasó la primera noche sentado en el suelo, frente a su puerta.
Genoveva no lo supo hasta el amanecer. La posada de Armagh era pequeña, de techos bajos y suelos que crujían, y le habían dado la mejor habitación, la del primer piso, con una cama de plumas y una ventana que daba a la plaza del mercado.
Alexander había ocupado la de al lado. Le había dado las buenas noches en el pasillo, le había besado la frente, le había dicho que echara el cerrojo, y se había ido. O eso creyó ella.
No durmió. Se quedó junto a la ventana hasta muy tarde, con la llave de hierro en la mano, mirando la plaza vacía bajo la lluvia, las casas de piedra gris, la torre de la catedral recortada contra un cielo sin estrellas.
Pensó en el río. Pensó en una biblioteca larga y estrecha con libros en el suelo y una ventana sin rejas.
Pensó en un hombre que en aquel mismo momento estaría leyendo su carta, o la habría leído ya, o la habría quemado como quemaba las de Callahan.
No sabía cuál de las tres cosas le daba más miedo.
A las cuatro, por costumbre, se levantó de la cama donde no había conseguido dormir y abrió la puerta para bajar a buscar un libro, aunque en aquella posada no hubiera ninguno.
Alexander estaba allí.
Sentado en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, frente a su puerta.
Tenía la casaca de montar echada sobre las piernas como una manta y la pistola sobre el regazo.
Se había dormido así, con la cabeza ladeada contra el yeso y la boca entreabierta, y el pelo castaño claro, sin peluca, se le había caído sobre la frente.
Respiraba despacio. En sueños, tenía la cara de un muchacho.
Genoveva se quedó en el umbral, inmóvil, con la vela en la mano.
Pensó en todas las noches de los últimos veinte días.
En el granero de Keady, con la llave girando en la cerradura desde fuera.
En la biblioteca del Foyle, con un hombre que se negaba a cruzar un dedo de aire.
En la cocina, con una mano grande y caliente en la espalda que no se movía.
Y pensó en aquel hombre dormido en el suelo de un pasillo, con una pistola en el regazo, porque no se fiaba de un cerrojo para protegerla.
Alexander nunca le diría no a un dedo de su boca. Lo sabía. Alexander nunca la haría esperar. Nunca le pediría que quisiera algo el día que pudiera irse, porque para Alexander ella nunca tendría que irse a ninguna parte. Siempre estaría allí, al otro lado de la puerta. Siempre.
Era lo más hermoso que nadie había hecho por ella.
Y era exactamente lo que le cortaba la respiración.
Se agachó junto a él sin hacer ruido. Le tocó el hombro.
Alexander se despertó de golpe, con la mano en la pistola.
La vio, la reconoció y toda la tensión de su cuerpo se deshizo en un solo suspiro.
—¿Qué haces aquí? —susurró Genoveva.
Él parpadeó, todavía medio dormido y se pasó una mano por la cara.
—No podía dormir del otro lado de una pared. —Le salió una sonrisa torpe, avergonzada—. Me parecía demasiado lejos.
Genoveva no supo qué contestar. Se sentó en el suelo, a su lado, con la espalda contra la pared y el camisón recogido bajo las rodillas. Dejó la vela entre los dos. Alexander la miró, sorprendido, y después, despacio, le echó la casaca por los hombros.
Estaba caliente. Olía a sándalo.
Se quedaron así hasta el amanecer, sin hablar, hombro con hombro en el suelo de un pasillo de Armagh. En algún momento, Alexander le tomó la mano. Genoveva lo dejó. Era una mano conocida, firme, que no temblaba. Encajaba con la suya como encaja una llave en la cerradura para la que se ha hecho.
La otra mano, la izquierda, la tenía en el bolsillo del vestido azul. Apretando otra llave. Una que no encajaba en ninguna cerradura que ella tuviera.
El vestido llegó a media mañana, en una caja de cartón atada con cinta.
Alexander lo había mandado buscar la víspera a la mejor modista de Armagh, que según el posadero había vestido a la mujer del obispo.
Era de muselina blanca, sencillo, de talle alto, con un chal de cachemira color crema y unos zapatos de cabritilla que le quedaban casi bien.
Venía con medias de seda, enaguas de lino fino, un camisón nuevo, guantes.
Y un corsé.
Genoveva lo sacó de la caja con las dos manos. Era de lino blanco, pespunteado, con ballenas finas y cordones de seda. Un buen corsé. Mejor que muchos de los que tenía en Grosvenor Square. Lo sostuvo en el aire, frente a la ventana, y lo miró como se mira algo que se había olvidado que existía.
La doncella de la posada, una muchacha pelirroja que no tendría más de quince años, esperaba junto a la puerta para ayudarla a vestirse.
—¿Lo ato, milady?
Genoveva se quitó el vestido azul de la difunta señora Donovan. Lo dobló con cuidado sobre la cama, con más cuidado del que había doblado nunca ningún vestido suyo. Se quitó los calzones de gamuza, que todavía llevaba debajo. Se quedó en enagua frente a la ventana.
Y se puso el corsé.
La muchacha tiró de los cordones. Uno. Otro. Otro.
Genoveva sintió las ballenas cerrarse sobre las costillas como dos manos.
Sintió que la cintura, que durante veinte días se había movido con cada respiración, libre, blanda, casi indecente, se quedaba quieta.
Sintió que el aire se le detenía a mitad del pecho, que ya no le llegaba hasta el fondo de los pulmones como le había llegado en el baño de cobre frente a la chimenea, como le había llegado galopando a lo largo del Foyle con el pelo suelto.
Sintió que la espalda se le enderezaba sola, que los hombros se le iban hacia atrás, que la barbilla se le levantaba. Alta, pero no demasiado.
Se miró en el espejo pequeño de la posada.
Ahí estaba. Lady Genoveva Hillenburg. La hija perfecta de los duques de Bermont.
La joven más deseada de la temporada de Londres.
Erguida, compuesta, intacta. Como si no hubiera pasado nada.
Como si nunca hubiera montado a horcajadas, ni se hubiera dormido contra el pecho de un desconocido, ni hubiera llorado en el suelo de una cocina de piedra con la frente en un hombro que no era el de su prometido.
La muchacha volvió a tirar.
—No —dijo Genoveva.
La doncella se detuvo, asustada.
—¿Milady?
—Suéltelo. Dos agujeros.
—Pero milady, el vestido es de talle alto, si no se ciñe…
—Dos agujeros, por favor.
La muchacha obedeció. Las ballenas cedieron un poco. El aire volvió a entrar, no del todo, pero lo bastante. Genoveva respiró hondo, todo lo hondo que pudo, y sintió que algo se le aflojaba también por dentro, apenas, como un nudo al que alguien le da medio giro.
No era libertad. Pero tampoco era lo de antes.
Cuando bajó a la sala común de la posada, con la muselina blanca y el chal de cachemira y los zapatos de cabritilla, Alexander se levantó de la mesa donde desayunaba y se quedó mirándola.
Sonrió. Era la sonrisa de la escalera de Grosvenor Square, la del primer día, la de un hombre que mira algo que es exactamente como debe ser.
—Pareces tú otra vez —dijo.
Genoveva le devolvió la sonrisa.
No le dijo que el vestido azul de la difunta señora Donovan estaba en el fondo de su baúl, doblado, envuelto en el camisón de flores azules.
Ni que los calzones de gamuza estaban debajo.
Ni que la llave estaba ahora en el bolsillo interior del chal, cosida con tres puntadas que había dado ella misma esa mañana, con una aguja prestada, antes de que llegara la doncella.
No le dijo que el corsé estaba dos agujeros más flojo de lo que debería.
Alexander no lo notó. Alexander no sabía que se podía notar.
El Castillo de Dublín era menos castillo de lo que Genoveva esperaba y más oficina.
Llegaron al tercer día, después de dos jornadas de carruaje por caminos embarrados, escoltados por los treinta hombres de Alexander y una docena de dragones que el comandante de Newry había insistido en añadir.
La ciudad la sorprendió: más grande de lo que imaginaba, más elegante, con plazas de casas de ladrillo rojo que podrían haber estado en Londres y calles llenas de un ruido que no se parecía a ningún ruido de Londres.
Gente que gritaba en irlandés y en inglés a la vez.
Vendedoras de pescado. Niños descalzos. Un olor a río, a cerveza y a turba que le hizo cerrar los ojos al bajar del carruaje, porque era el olor de la chaqueta de un hombre.
La recibió el secretario del lord teniente, un hombre delgado y pálido, con una peluca impecable y unos ojos de pescado que no parpadeaban nunca.
Le besó la mano. Le dijo cuánto se alegraba Su Excelencia de verla sana y salva.
Le ofreció té, galletas, una butaca junto a la chimenea.
Y después, con la misma voz amable, le hizo preguntas durante dos horas.
¿Dónde la habían tenido? ¿Cuántos hombres? ¿Qué nombres había oído? ¿Había visto armas? ¿Qué clase de armas? ¿Cuántas? ¿Qué camino habían seguido? ¿Había reconocido algún pueblo, alguna iglesia, algún río? ¿Había visto al hombre llamado Frederick Donovan?
Genoveva respondió a todo con la verdad. Exactamente con la verdad. Ni una palabra más.
La habían tenido en una granja. No sabía dónde, porque la llevaron con los ojos tapados por una capa.
Había visto a una mujer que le daba de comer y a unos hombres que no se acercaban.
Había oído nombres irlandeses que no sabría repetir.
Había visto mosquetes contra una pared. Muchos caminos, mucha lluvia, muchas colinas verdes que se parecían todas entre sí.
—¿Y el señor Donovan, milady?
—Lo vi.
El secretario se inclinó hacia delante. Alexander, de pie junto a la ventana, se volvió.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Cómo es?
Genoveva pensó un momento. Pensó en cómo describir a un hombre cuyos ojos no cambiaban con la luz salvo cuando la miraba a ella.
—Alto —dijo—. Pelirrojo. Educado. Muy cansado.
—¿Le hizo daño?
—No.
—¿La amenazó?
—No.
—¿Le habló de sus planes? ¿De sus hombres? ¿De dónde guarda las armas?