XI #3
—Lo sé. —Le sostuvo la mirada—. Quiero que los suelten. Esta noche. A los seis.
—Son sospechosos. Pueden saber dónde estabas, quién te…
—Yo sé dónde estaba, Alexander. Y no te lo voy a decir. —Lo dijo con suavidad, pero sin bajar la vista—. Ya estoy aquí. No hay nadie más a quien buscar. Si sigues buscando, ya no me estarás buscando a mí. Estarás buscando a otra cosa. Y no quiero que esa otra cosa lleve mi nombre.
Alexander se quedó en silencio. Un largo rato. Genoveva lo vio pensar. Lo vio dudar. Lo vio mirar el mapa sobre la mesa de campaña, con alfileres clavados en cada granja de los alrededores de Keady. Lo vio mirarla a ella.
—¿Y el muchacho que te ha traído? —preguntó al fin—. El irlandés de la colina. Mis hombres lo tienen fuera. Es uno de ellos. Tiene que saberlo todo.
—El muchacho que me ha traído se llama Brennan. Me ha traído porque yo se lo pedí. —Genoveva dejó la taza de té sobre el catre—. Si le tocas un pelo, Alexander, no vuelvo contigo a Inglaterra. Me quedo aquí. Y no me vas a encontrar.
Alexander se quedó mirándola como si no la conociera.
Después, despacio, algo le cambió en la cara. No era enfado. No era ofensa. Era una especie de asombro, mezclado con algo que se parecía mucho al dolor, y debajo de las dos cosas, muy al fondo, algo que se parecía todavía más al orgullo.
—Has cambiado —dijo.
—Sí.
—¿Él te ha cambiado?
Genoveva tardó en responder.
—No —dijo al fin—. Me ha dejado cambiar. No es lo mismo.
Alexander bajó la vista. Se miró las manos, que seguían sosteniendo las de ella. Después se levantó del suelo de lona, salió de la tienda sin decir nada y Genoveva lo oyó dar órdenes bajo la lluvia, con la voz alta y clara que usaba en los salones, la voz de un duque.
Soltaron a los seis aquella noche. A Brennan lo dejaron marchar al amanecer, con su caballo y con Niamh atada a la silla. Antes de irse, el muchacho se acercó a la tienda y se quedó en la entrada, empapado, con el sombrero en la mano.
—¿Le digo algo de su parte, milady?
Genoveva lo miró desde el catre. Tenía la mano en el bolsillo. Tocaba la llave.
—No —dijo—. Ya se lo he dicho todo.
Condado de Londonderry
Frederick volvió a casa tres días después, con un corte en la frente, la chaqueta rota en un hombro y la noticia de que los dragones de Newry habían levantado el campamento de Keady y regresaban a su guarnición.
Nadie le había dicho por qué. Lo había sabido en el camino, por un buhonero de Armagh.
Los dragones se iban porque la hija del duque de Bermont había aparecido sola, a caballo, sentada a horcajadas, en el campamento del duque de Wexford.
Ilesa. Con un vestido azul que no era suyo.
Y lo primero que había hecho, según el buhonero, que lo había oído de un sargento que lo había oído de un cabo, había sido exigir que soltaran a seis muchachos irlandeses.
Y los habían soltado.
Bridget lo esperaba en el patio. No dijo nada al verlo. No le preguntó por el corte en la frente. Solo lo miró, con aquellos ojos viejos que lo habían visto nacer, y después miró hacia la casa.
—En el despacho —dijo.
Frederick entró.
El despacho estaba exactamente como lo había dejado.
El fuego apagado. El río gris al otro lado de la ventana.
El escritorio con sus papeles, sus tachaduras, la carta a Dublín con la palabra exigimos tachada y proponemos escrita encima con letra pequeña e inclinada.
La carta de Bermont, abierta, con la firma R. H.
Y encima de la carta de Bermont, doblada en tres con precisión matemática, otra. No tenía firma. Estaba escrita en su papel, con su tinta, sin una sola tachadura.
La leyó de pie. La leyó una vez, deprisa, con el corazón golpeándole las costillas.
Después otra, despacio, palabra por palabra, como ella había leído la suya en el suelo de su habitación de Grosvenor Square.
Se detuvo en nunca una llave. Se detuvo en siempre tiene razón en las cosas que más me molestan.
Se detuvo en le pido que no venga a buscarme, y sintió que algo se le cerraba en el pecho como un puño.
Se detuvo en la última línea.
Le dejo que adivine el resto.
Se quedó mucho rato allí, de pie, junto a la ventana, con la carta en la mano y el río gris pasando detrás de él.
Después miró la mesa. Buscó. Levantó los papeles uno por uno.
Miró debajo de la carta de Bermont, debajo de la de Dublín, en el suelo, junto a la silla, en la repisa de la chimenea.
No estaba. Se volvió hacia la puerta, donde Bridget lo miraba con los brazos cruzados.
—La llave —dijo.
La anciana no respondió. No hacía falta.
Frederick Donovan bajó la vista hacia la carta que tenía en las manos. Hacia la letra pequeña, inclinada, perfecta. Hacia el espacio en blanco del final, tan grande que parecía hecho a propósito, como una puerta que alguien deja entornada.
Me llevo la llave. No sé todavía para qué.
No levantó la voz, no dijo nada, pero Bridget, que lo conocía desde que nació, juraría años después que fue la única vez en su vida que lo vio sonreír y llorar al mismo tiempo.