XI #2
Genoveva se quedó allí, inmóvil, sobre la yegua, mirando a aquella mujer. Pensó en la biblioteca de Sussex, con su cojín bordado con hilo de oro. Pensó en el vestido de seda crema que madame Delorme había cosido con alfileres a su cuerpo. Pensó en todos los libros de Fordyce encuadernados en piel.
Esto era lo que costaban.
—Milady —dijo Brennan en voz baja—. Los dragones están al otro lado de la colina. Si nos ven aquí…
—Lo sé.
No se movió.
—¿Cómo se llama? —le preguntó a la mujer.
La mujer la miró con odio.
—¿Para qué quiere saberlo?
—Para que se lo diga a mi prometido. Y a mi padre. Y para que me lo diga a mí, para que no lo olvide nunca.
La mujer no respondió durante mucho tiempo. El bebé lloriqueó. La lluvia caía sobre las cenizas.
—Maire Conlon —dijo al fin—. Y mi marido es Seán Conlon. Se lo llevaron ayer a Armagh. Tiene diecinueve años. No ha tenido un arma en su vida.
—Maire Conlon. —Genoveva lo repitió—. Seán Conlon.
Azuzó a la yegua y subió la colina.
El campamento de los dragones estaba al otro lado, en un prado junto al camino de Armagh.
Había tiendas de lona, caballos atados, hogueras humeando bajo la lluvia, hombres de uniforme rojo con los sables al cinto.
Y en el centro, frente a la tienda más grande, de pie bajo un toldo, inclinado sobre un mapa extendido en una mesa de campaña, había un hombre que Genoveva habría reconocido entre mil.
No llevaba peluca. Fue lo primero que notó. Llevaba el pelo castaño claro suelto, despeinado, mojado por la lluvia. No llevaba chaleco de seda. Llevaba una casaca de montar oscura, manchada de barro hasta los hombros. No se había afeitado en días.
Alguien gritó. Un centinela. Los soldados se volvieron hacia la colina. Algunos echaron mano a los sables. Brennan se detuvo en seco y levantó las manos.
Alexander levantó la vista del mapa.
La vio.
Genoveva vio el momento exacto en que la reconocía. Lo vio en la cara, que se le quedó completamente blanca. Lo vio en la mano, que se apoyó en la mesa de campaña como si de pronto le fallaran las piernas. Lo vio en la boca, que se abrió y no dijo nada.
Después echó a correr.
Cruzó el prado bajo la lluvia, entre las tiendas, entre los soldados, con el barro salpicándole hasta la cintura, sin sombrero, sin capa, con la casaca abierta.
Corría como un niño. Corría como Genoveva no había visto correr nunca a un caballero inglés.
Y cuando llegó junto a la yegua, ella ya estaba bajando, sola, la pierna derecha por encima de la grupa, y él la recibió en el aire y la abrazó antes de que tocara el suelo.
La abrazó como si se fuera a morir si la soltaba.
La apretó contra él con los dos brazos, tan fuerte que le dolieron las costillas, que no tenían corsé que las protegiera. Le metió la cara en el cuello, en el pelo, en el hombro. Temblaba. Todo él temblaba, de arriba abajo, como un hombre que ha pasado días sin dormir y de pronto puede.
—Estás aquí —decía—. Estás aquí. Estás aquí.
Genoveva lo abrazó también.
No lo decidió. Sus brazos lo hicieron solos.
Lo rodearon por la espalda, por encima de la casaca empapada, y lo apretaron, y sintió bajo las manos los hombros que conocía, la espalda que conocía, el olor que conocía: sándalo y jabón de afeitar, debajo del barro y del humo.
Sintió su corazón golpearle contra el pecho, desbocado.
Sintió que se le doblaban las rodillas. Y sintió algo que no esperaba sentir, algo que se le subió a la garganta como una ola caliente y se le salió por los ojos.
Alivio. Un alivio inmenso, total, como el de un niño perdido que encuentra la mano de su padre en mitad de una feria.
Alivio de estar con alguien que la conocía desde que tenía catorce años.
Que la había visto bailar su primer minueto sin perder el paso.
Que sabía quién era su madre y cómo se llamaban sus hermanas y qué vestido llevaba en el baile de los Devonshire.
Que no tenía secretos. Que no tenía cicatrices que se negaba a explicar.
Que no la miraba con los ojos oscurecidos.
Que no le decía no a un dedo de su boca.
Que estaba allí. Que siempre estaría allí.
Lloró contra el hombro de Alexander, y él lloró contra el suyo, y los soldados de uniforme rojo apartaron la vista, y Brennan se quedó inmóvil con las manos en alto, y la lluvia siguió cayendo sobre todos.
—¿Te han hecho daño?
Estaban dentro de la tienda. Alexander la había sentado en su propio catre de campaña, le había echado su manta por los hombros, le había puesto una taza de té caliente entre las manos y se había arrodillado delante de ella en el suelo de lona.
No le había soltado las manos. Las tenía entre las suyas, alrededor de la taza, y no paraba de mirarla.
La cara. El pelo. Las muñecas, donde la marca roja del cordón de seda ya casi había desaparecido.
El vestido azul de una muerta. Las botas.
—No —dijo Genoveva—. Nadie me ha hecho daño.
—¿Nadie te ha…? —Se le quebró la voz, no terminó.
—Nadie me ha tocado, Alexander. Te lo juro.
Era verdad. Era la verdad más exacta que había dicho nunca, y le dolió decirla como si fuera mentira.
Alexander cerró los ojos. Apoyó la frente en las manos de ella, sobre la taza de té, y se quedó así un largo rato, respirando.
Cuando volvió a mirarla, tenía los ojos rojos.
—No me importa —dijo.
—¿Qué?
—Nada. Lo que haya pasado. Lo que digan en Londres.
Lo que digan las gacetas, o las madres de las diecisiete muchachas que me escribieron, o lady Pembroke, o el mismísimo rey.
—Le apretó las manos—. Te sacaron de tu cama con las manos atadas.
Nada de lo que haya ocurrido después es culpa tuya.
Nada. Y si alguien se atreve a decir una sola palabra sobre ti, una sola, tendrá que decírmela a mí primero.
Genoveva lo miró sin poder hablar.
—Nos casaremos en cuanto volvamos —siguió él—. En Sussex, en la capilla, como estaba previsto. O en Londres, si prefieres. O aquí mismo, en Armagh, mañana, si lo quieres. Me da igual dónde. Me da igual cuándo. Solo quiero que estés a salvo. Que estés conmigo. Que no vuelvas a desaparecer nunca más.
Y se inclinó y la besó.
Fue un beso distinto al de la biblioteca de Sussex.
Más torpe. Más desesperado. Sabía a lluvia y a té y a lágrimas, y Alexander le sostenía la cara entre las dos manos como si fuera de cristal, y la besaba como se bebe agua después de días de sed.
Genoveva le devolvió el beso. Lo hizo. Sintió el calor de su boca, la aspereza de la barba de días, la presión de sus manos en las mejillas.
Sintió que su cuerpo respondía, que algo se le aflojaba en el pecho, que había algo dulce y tibio en aquel beso, algo que se parecía mucho a volver a casa.
Y mientras lo besaba, metió la mano derecha en el bolsillo del vestido azul. Tocó la llave.
El hierro estaba frío. Tenía la cabeza en forma de trébol.
Tenía los bordes gastados por cien años de manos.
La apretó en el puño, dentro del bolsillo, tan fuerte que los bordes del trébol se le clavaron en la palma, mientras los labios de Alexander, tibios, dulces, seguros, se movían sobre los suyos.
Y la llave le pareció más caliente que su boca. No le pidió permiso a Alexander para lo que hizo después.
Se lo dijo.
—Hay un hombre en Armagh que se llama Seán Conlon —dijo, todavía con las manos de él entre las suyas, todavía sentada en el catre—.
Tiene diecinueve años. Tus hombres lo detuvieron ayer en una granja junto al riachuelo, al otro lado de esta colina.
Su mujer se llama Maire. Tienen un bebé. Le quemaron la casa.
Alexander la miró, desconcertado.
—Genoveva…
—Hay otros cinco. Dos tienen quince años. Uno está herido de sable.
—¿Cómo sabes…?