XI
DOS MANERAS DE SER AbrAZADA
La carta de Alana estaba escrita con tanta furia que la pluma había atravesado el papel en tres sitios.
Genoveva la abrió a las tres de la madrugada, sentada en el tercer escalón de la casa del Foyle, donde se había quedado después de que el caballo negro desapareciera por el camino.
No había vuelto a su habitación. No había soltado la llave.
La tenía en el regazo, sobre el camisón de flores azules de la difunta señora Donovan, y el hierro se había enfriado ya del todo, y ella seguía sintiéndolo caliente.
La vela de Bridget, que alguien había dejado en el vestíbulo, daba la luz justa para leer.
Gen:
Si Callahan no te da esto en mano, le cortaré las orejas. Se lo he dicho y creo que me ha creído, que es lo único inteligente que le he visto hacer.
No sé cómo escribirte. No sé si estás bien.
No sé si te han hecho daño, o si tienes frío, o si estás en una cárcel, o en un granero, o en una casa con ventanas.
Papá dice que estás bien. Papá dice que el hombre de la letra inclinada no permitirá que te pase nada, y lo dice con una seguridad que me da todavía más miedo, porque papá nunca está seguro de nada y ahora sí.
Mamá no se levanta de la cama. Toma láudano para dormir y cuando se despierta pregunta por ti, y cuando le decimos que todavía no has vuelto, vuelve a tomarlo.
Tina no se separa de ella. Reza todo el día, en voz alta, y cuando cree que nadie la oye, llora.
Miri no ha dicho una sola palabra graciosa en catorce días.
Ni una. La encontré anoche en tu habitación, sentada en tu cama con tu camisón entre las manos, y cuando me vio entrar no se inventó ninguna excusa. Solo se quedó allí.
Yo estoy bien. Eso es mentira. Estoy furiosa. Furiosa con todo el mundo, pero sobre todo conmigo, porque fui yo la que le dijo a Alexander lo de la biblioteca, y él construyó esa maldita habitación con esas malditas rejas pintadas porque yo se lo dije, y por esa ventana te sacaron.
Y furiosa contigo. Porque llevas veinte años haciendo exactamente lo que se espera de ti y el primer mes que te desobedeces te secuestran. No es justo, Gen. No es justo para nadie, pero sobre todo no es justo para ti.
Ahora voy a decirte algo que no le he dicho a nadie, y que no diré nunca en voz alta, y si alguna vez se lo cuentas a mamá negaré haberlo escrito.
Papá me enseñó tu carta. La del irlandés. La que dejaste en el suelo de la biblioteca. Me la enseñó porque yo le grité durante una hora hasta que me la enseñó. La leí entera, la del río y la casa sin rejas y la de los nueve días.
Gen, nadie le escribe así a una mujer que tiene de rehén.
Así que si estás donde creo que estás, y si eres un poco feliz, aunque sea un poco, aunque te dé vergüenza, aunque no sepas por qué: no vuelvas por nosotras. Mamá se recuperará. Tina dejará de rezar. Miri volverá a ser insoportable. Y yo te perdonaré, aunque me cueste. Lo prometo.
Pero si no lo eres, vuelve. Vuelve ahora. Te estamos esperando.
No sé qué te deseo más. Esa es la verdad.
Lana
P. D.: Alexander se ha ido a Irlanda con treinta hombres. No ha dormido desde que te fuiste. Me miró antes de irse como si quisiera matarme y no lo hizo, y después me abrazó en el patio de Sussex como si fuera su hermana. No sé por qué te cuento esto. Quizá porque es verdad.
Genoveva dobló la carta.
No lloró. Ya había llorado todo lo que tenía que llorar en la cocina, contra el hombro de Frederick, con la mano de él en la espalda. Ahora estaba seca por dentro, vacía y limpia, como una casa después de una tormenta.
Miró la llave.
No vuelvas por nosotras.
Miró la puerta principal, la que no tenía otra llave.
Han quemado una. Han detenido a seis hombres, dos de ellos de quince años.
Miró hacia el sur, hacia el camino por donde se había ido el caballo negro, aunque desde el vestíbulo solo se veía la madera de la puerta.
Si no voy, mañana Keogh y sus hombres saldrán a buscar a los dragones, y entonces no serán tres granjas. Serán treinta.
Pensó en la viuda Quinn y sus tres niños.
Pensó en los dos jóvenes que se dieron la mano por una vaca.
Pensó en el anciano ciego que había hecho reír a Frederick en irlandés.
Pensó en los miércoles. En todas las personas que esperaban de pie en aquel vestíbulo, en silencio, porque no había nadie más.
Y pensó en Alexander quemando granjas para encontrarla.
No por crueldad. Lo conocía. Alexander no era cruel.
Alexander estaba quemando granjas porque tenía miedo, y porque la quería, y porque nadie le había dicho que ella estaba bien.
Mientras ella siguiera en aquella casa, en el camisón de flores azules, con la llave de hierro en el regazo, Alexander seguiría buscándola.
Y cada granja que quemara, cada muchacho de quince años que encerrara, sería una granja menos para los miércoles de Frederick.
Un hombre menos que lo siguiera. Un día más en que Keogh tendría razón.
Genoveva se levantó del escalón.
Subió a su habitación. Se quitó el camisón.
Se puso los calzones de gamuza de cuando él tenía catorce años, ajustados con el cinturón y los dos alfileres de Bridget.
Se puso encima el vestido azul de su madre y se lo recogió por detrás con el cordón.
Se calzó las botas de montar rellenas de lana.
Se recogió el pelo con las dos horquillas de hueso, sin espejo.
Después bajó al despacho.
La carta la escribió de pie, sin sentarse, junto al escritorio donde dos días antes había tachado exigimos y escrito encima proponemos. Usó su papel, el áspero, el amarillento que olía a turba. Usó su pluma. Usó su tinta.
No tachó nada.
Usted me dio una llave para que pudiera elegir. Nadie me había dado nunca nada para eso. Me han dado vestidos, joyas, una biblioteca, un prometido. Nunca una llave.
Elijo que dejen de quemar casas por mí.
Mientras yo esté aquí, Wexford seguirá buscándome, y seguirá entrando en granjas, y seguirá encerrando a muchachos de quince años.
No porque sea malo. Porque tiene miedo. Usted mismo me dijo que es lo que haría cualquier hombre al que le hubieran robado a la mujer con la que iba a casarse.
Tenía razón. Siempre tiene razón en las cosas que más me molestan.
Si vuelvo, se acaba la excusa. Para él. Para Dublín. Para Keogh. Usted podrá seguir recibiendo los miércoles.
No le pido que lo entienda. Le pido que no venga a buscarme.
Me llevo la llave. No sé todavía para qué. Quizá para devolvérsela algún día. Quizá para no devolvérsela nunca.
Usted me dijo que tendría que quererlo el día que pudiera irme.
Hoy puedo irme.
Le dejo que adivine el resto.
No la firmó. La dobló en tres, con precisión matemática, y la dejó sobre el escritorio, encima de la carta de su padre, que él había dejado allí la noche anterior.
Cuando salió al vestíbulo, Bridget estaba al pie de la escalera, en camisón, con un chal de lana sobre los hombros y la cara gris.
No dijo nada. Se quedó mirándola, los calzones de gamuza, las botas de la señora, el vestido recogido.
Y Genoveva supo que la anciana lo había entendido todo antes que ella.
—Va a ir con el inglés —dijo Bridget. No era una pregunta.
—Voy a que dejen de quemar casas.
Bridget se acercó. Le tomó la cara entre las manos, ásperas, rojas de fregar, con una ternura que no le había visto nunca, y la miró a los ojos.
—Criatura. —Tenía la voz rota—. Hacía años que no se reía nadie en esta casa.
—Lo sé.
—Él tampoco.
Genoveva no pudo contestar. Bridget le soltó la cara, le ajustó el cuello del vestido como habría hecho una madre y se apartó.
Brennan esperaba en el patio, junto a Niamh y a su propio caballo, con la cara de un muchacho al que acaban de pedir que traicione a su señor.
—Él me dijo que la llevara si usted quería —dijo, sin mirarla—. No me dijo que me gustara.
—No tiene que gustarle, señor Brennan. Solo tiene que llevarme.
Montó. Sola. Pie izquierdo en el estribo, mano izquierda en las crines, mano derecha en el borrén trasero, impulso, la pierna derecha por encima de la grupa. Lo hizo a la primera. Sin manos en la cintura. Sin nadie que la sujetara.
Al sentarse a horcajadas sobre la silla, sintió la llave de hierro en el bolsillo del vestido, contra el muslo, pesada, fría y caliente a la vez. No miró atrás.
Tardaron un día y medio en llegar.
Fue un viaje largo, silencioso, bajo una lluvia fina que no paró nunca.
Brennan no habló más que para indicarle el camino.
Durmieron unas horas en un granero cerca de Dungannon, cada uno en un extremo, con los caballos entre ambos.
Comieron pan y queso que Bridget les había metido en las alforjas.
Genoveva cabalgó a horcajadas todo el tiempo, y al final del primer día tenía los muslos tan doloridos que apenas podía caminar, y al final del segundo ya no le dolían.
Vio la granja quemada antes de ver a los dragones.
Estaba al pie de una colina, cerca de un riachuelo, a menos de una milla de Keady.
O lo que quedaba de ella. Cuatro paredes de piedra ennegrecidas, sin tejado, con las vigas carbonizadas asomando como costillas.
Un establo hundido. Un huerto pisoteado por cascos de caballo.
Y en el patio, sentada sobre un banco de piedra que el fuego había respetado, una mujer con un bebé en brazos, mirando las ruinas sin moverse.
Genoveva detuvo a Niamh.
La mujer levantó la vista. La miró. Miró el vestido azul, las botas de montar, la gamuza de los calzones.
No la conocía. No sabía quién era. Pero algo en la cara de Genoveva debió de decírselo, porque de pronto se levantó del banco, apretó al bebé contra el pecho y escupió en el barro, a los cascos de la yegua.
No dijo nada. No hacía falta.