La hija perfecta X #3
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X #3

No sé cómo dirigirme a usted. Mi hija no deja caer las cosas. Le escribo para pedirle una sola cosa. No le haga daño. Mi hija ha pasado veinte años aprendiendo a no querer nada. Usted le enseñó a preguntárselo. No le enseñe ahora que la respuesta era un error.

No lloró enseguida. Se quedó muy quieta, con la carta entre las manos, mirando la firma.

R. H. Pensó en su padre agachándose en la cocina de Grosvenor Square a tocar el barro de su capa.

Pensó en su padre de espaldas junto a la ventana de la grieta, diciendo me aterraba.

Pensó en su padre escribiendo aquella carta en la biblioteca de Sussex, sentado en el sillón de terciopelo verde, junto a la ventana por la que se la habían llevado.

Entonces lloró.

No como lloraba en Londres, cuando lloraba, que era casi nunca: en silencio, sin moverse, con una sola lágrima que se secaba antes de llegar a la barbilla.

Lloró de verdad. Con todo el cuerpo. Con la cara entre las manos y los hombros temblando y un ruido que le salía del pecho y que no sabía que tenía.

Callahan salió de la cocina sin hacer ruido. Bridget también.

Frederick se arrodilló junto a su silla.

No la abrazó. No la tocó. Se quedó allí, de rodillas en el suelo de piedra, a su lado, tan cerca que ella sentía su calor contra el costado, con las manos apoyadas en las rodillas, esperando.

Y fue ella la que se inclinó.

Se inclinó hacia él como se había inclinado en el caballo, sin decidirlo, y apoyó la frente en su hombro.

Él contuvo el aliento. Después, muy despacio, levantó una mano y la puso en su espalda, entre los omóplatos, y la dejó allí.

No la movió. No la apretó. Solo la dejó allí, grande y caliente, a través de la lana azul del vestido de su madre, mientras Genoveva lloraba contra su camisa todo lo que no había llorado en veinte años.

Tardó mucho en calmarse. Cuando por fin lo hizo, se quedó con la frente en su hombro, respirando, con los ojos cerrados.

Tenía la mano de él todavía en la espalda.

Notaba sus dedos abiertos, uno por uno. Notaba su corazón contra el suyo.

Notaba el olor de su camisa, que ya conocía, que ya sabía distinguir de cualquier otro.

Abrió los ojos. Tenía delante el cuello de él, la camisa abierta, la clavícula.

La cicatriz pequeña y redonda que había visto la noche anterior en la biblioteca, debajo del hueso.

La tocó con la punta del dedo, sin pensarlo, como había tocado la tinta fresca en el escritorio de su padre.

Lo sintió estremecerse. Todo él. La mano en su espalda se cerró un poco, apenas, sobre la lana.

—¿Cómo se la hizo?

Una pausa larga.

—Se la contaré —dijo él, con voz ronca— el día que pueda irse.

Genoveva se apartó lo justo para mirarlo a la cara. Estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban. Sus ojos estaban oscuros otra vez. Ya sabía lo que eso significaba.

—Es usted un hombre muy cruel, señor Donovan.

—Lo sé.

—Muy obstinado.

—También lo sé.

—Y un mentiroso.

Él frunció el ceño.

—Eso no.

—Me dijo esta mañana que el artículo trataba del precio del lino. —Le sostuvo la mirada—. Llevaba diez minutos en la misma página, señor Donovan. Ningún artículo sobre el precio del lino es tan largo. Ni siquiera en el condado de Londonderry.

Y entonces, por fin, por primera vez desde que lo conocía, Frederick Donovan se echó a reír.

Fue una risa baja, ronca, que le salió del pecho y que ella sintió vibrar contra su propia frente, porque había vuelto a apoyarla en su hombro sin darse cuenta.

Se rió con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, todavía de rodillas en el suelo de la cocina, con una mano en la espalda de ella.

Se rió como un hombre que lleva años sin hacerlo y había olvidado cómo sonaba.

Genoveva cerró los ojos y pensó que era el sonido más bonito que había oído nunca.

Brennan llegó a medianoche. Genoveva lo oyó desde su habitación: los cascos en el patio, la puerta, las voces en el vestíbulo. No entendió las palabras, pero entendió el tono. Se puso la bata sobre el camisón y bajó la escalera descalza.

Frederick estaba en el vestíbulo, ya vestido, abrochándose la chaqueta. Brennan, a su lado, tenía barro hasta las caderas y sangre en la manga.

—¿Qué ha pasado?

Los dos se volvieron. Brennan bajó la vista. Frederick no.

—Los dragones de Newry entraron esta tarde en tres granjas al sur de Keady —dijo—. Buscándola a usted. Han quemado una. Han detenido a seis hombres, dos de ellos de quince años. Hay uno herido de sable.

Genoveva sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Y Alexander?

—Wexford iba con ellos.

No dijo nada más. No hacía falta. Genoveva se agarró a la barandilla de la escalera.

—Tengo que ir —dijo él—. Si no voy, mañana Keogh y sus hombres saldrán a buscar a los dragones, y entonces no serán tres granjas. Serán treinta.

—Voy con usted.

—No.

—Es por mí. Están quemando casas por mí. Si me ven, si Alexander me ve…

—Si Wexford la ve en mitad de Armagh, rodeada de hombres de Keogh, a medianoche, va a pensar que la tienen de rehén y va a cargar contra todos. —Se acercó a ella. Se detuvo al pie de la escalera—. Y alguien acabará muerto. Quizá él. Quizá usted.

Genoveva lo miró desde el tercer escalón. Así, sus ojos quedaban a la altura de los de él. Frederick metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Lo puso en la palma de ella y le cerró los dedos encima con los suyos.

Era una llave. Grande, de hierro, antigua, con la cabeza en forma de trébol.

—La puerta principal —dijo—. No tiene otra. En el establo está Niamh, ensillada. Brennan se queda aquí. Si mañana por la mañana quiere irse, solo tiene que decírselo. Él la llevará a Newry, con Wexford. Nadie se lo impedirá. Ni Keogh. Ni yo.

Genoveva miró la llave en su mano. Después lo miró a él.

—¿Y los catorce presos? ¿Y lo que le prometió a Keogh?

—Ya me las arreglaré.

—Keogh dirá que se ha vendido y me ha devuelto con un lazo.

—Que lo diga.

—Perderá a sus hombres.

—Quizá.

—¿Por qué lo hace?

Frederick la miró. Desde muy cerca. Con los ojos claros otra vez, quietos, como el agua de un estanque en invierno. Le soltó la mano, despacio, dedo a dedo, dejando la llave en la palma de ella.

—Usted ya sabe por qué.

Se dio la vuelta. Salió por la puerta principal, la que no tenía otra llave, y Genoveva oyó los cascos del caballo negro alejarse por el camino, bajo la lluvia, hacia el sur.

Se quedó en el tercer escalón, en camisón, con la llave de hierro en la mano. Pesaba más de lo que parecía. Estaba todavía caliente de él. Entonces tendrá que quererlo el día que pueda irse.

Y ese día, sin aviso, sin que ella lo eligiera, acababa de llegar.