La hija perfecta X #2
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X #2

Se rió con la boca abierta, a carcajadas, con el viento metiéndosele en la garganta.

Se rió como no se había reído nunca, ni en la habitación de Miriam ni en la cama de dosel de Sussex con sus hermanas.

Se rió como se reía Alana cuando volvía de montar por Hyde Park a escondidas, con las mejillas rojas y el pelo enredado, y su madre la miraba como si fuera una desgracia.

Ahora lo entendía. Dios santo, ahora lo entendía todo.

La yegua se cansó antes que ella. Bajó al trote, al paso, y se detuvo junto a un sauce en la orilla, resoplando, satisfecha de sí misma.

Genoveva oyó un caballo detrás.

Frederick llegó al galope sobre el negro, sin silla, agarrado a las crines, con la cara blanca. Saltó al suelo antes de que el animal se detuviera. Cruzó los tres pasos que lo separaban de la yegua en uno solo.

—¿Está bien? ¿Se ha hecho daño? ¿Está…?

Se detuvo.

La estaba mirando. A ella, sentada a horcajadas sobre la yegua, con el pelo suelto y enredado cayéndole hasta la cintura, con las mejillas ardiendo, con el vestido azul arrugado y desabrochado en el cuello por el viento, con el pecho subiendo y bajando deprisa y los ojos, lo sabía sin necesidad de espejo, más verdes que nunca. Y riéndose todavía. Sin poder parar.

Él no se rió.

Se quedó allí de pie, en la orilla, junto al sauce, mirándola con una expresión que Genoveva no había visto nunca en la cara de ningún hombre.

Ni en la de Alexander en el invernadero.

Ni en la de Alexander en la biblioteca de Sussex, cuando la besó.

Era hambre. No había otra palabra. Pero no era solo hambre.

Había algo debajo, algo casi doloroso, como la cara de un hombre que ve algo que lleva mucho tiempo buscando y no puede tocarlo.

La risa se le apagó a Genoveva en la garganta.

Él levantó la mano. La acercó a la pierna de ella, a la rodilla, sobre la gamuza. No llegó a tocarla. Se quedó a un dedo, como se había quedado la noche anterior a un dedo de su boca.

—Bájese —dijo, muy bajo.

No se movió.

—Genoveva. —Era la primera vez que la llamaba solo por su nombre. Sin lady. Sin nada delante. Le sonó en la boca de él como algo que no había oído nunca—. Bájese de ese caballo, por favor. Porque si sigue ahí arriba, mirándome así, voy a hacer algo de lo que los dos nos vamos a arrepentir.

—¿Los dos?

No contestó. Se dio la vuelta, tomó las riendas del negro y empezó a caminar de vuelta hacia la casa, sin montar, sin mirar atrás.

Genoveva se quedó sola junto al sauce, a horcajadas sobre la yegua, con el pelo suelto y las piernas abiertas y el corazón golpeándole el pecho, mirándole la espalda mientras se alejaba por la orilla.

No se bajó del caballo hasta que él desapareció detrás de los establos.

La gente empezó a llegar después de la comida.

Genoveva no sabía que existía aquello. Nadie se lo había explicado. Bajó al vestíbulo de la casa, ya vestida otra vez de mujer, con el pelo recogido como había podido, y lo encontró lleno.

Había una docena de personas. Quizá más.

Granjeros con la gorra en la mano. Una viuda con tres niños pegados a las faldas.

Dos hombres jóvenes que no se hablaban y se miraban de reojo desde los extremos opuestos del vestíbulo.

Una muchacha embarazada con un hombre mayor que debía de ser su padre.

Un anciano ciego, guiado por un niño. Esperaban de pie, en silencio, en la penumbra del vestíbulo de piedra, mirando hacia una puerta cerrada.

—Es miércoles —le dijo Bridget en voz baja, junto a la escalera—. Los miércoles el señor recibe.

—¿Recibe?

—A quien venga. Para lo que sea.

La puerta se abrió. Brennan asomó la cabeza.

—La viuda Quinn.

La mujer de los tres niños entró. La puerta se cerró.

Genoveva miró a Bridget. La anciana la miró a ella. Después, sin decir nada, la tomó del brazo, la llevó hasta una puertecita lateral junto a la escalera y la abrió. Daba a un pasillo estrecho, y el pasillo a otra puerta, entreabierta, por la que se veía el interior del despacho.

—Desde aquí se oye todo —dijo Bridget—. Yo lo hacía cuando el señor viejo recibía. Su padre. Que Dios lo tenga.

Y se fue.

Genoveva se quedó en el pasillo oscuro, junto a la rendija de la puerta. Escuchó.

La viuda Quinn tenía cuatro acres en las tierras de un inglés que vivía en Bath y no había pisado Irlanda en su vida.

Su marido había muerto en invierno. El administrador del inglés le había subido la renta en primavera porque, sin marido, decía, la tierra estaba peor trabajada.

No podía pagarla. La iban a echar el primero de julio.

Frederick la escuchó sin interrumpir. Después le hizo preguntas. Cuánto pagaba antes. Cuánto le pedían ahora. Cuántas vacas. Cuántas gallinas. Qué había sembrado. Cuánto había cosechado el año anterior. Lo anotó todo en un papel, con su letra grande inclinada hacia delante.

—Escribiré al administrador —dijo al fin—. Y si no contesta, escribiré al inglés de Bath. Tengo un amigo en Bath que conoce a su abogado. Mientras tanto, no se va a ir de su casa. Si vienen a echarla el primero de julio, mande a su hijo mayor a buscar a Brennan. Él sabrá qué hacer.

—Pero, señor, si no pago…

—Brennan le dará lo que le falte para la renta de este trimestre. Es un préstamo, señora Quinn. Me lo devolverá cuando pueda.

La viuda se echó a llorar. Genoveva oyó cómo él se levantaba, rodeaba la mesa, le decía algo en irlandés en voz muy baja que ella no entendió.

Después entraron los dos jóvenes que no se hablaban.

Discutían por una vaca. Una vaca que había saltado la cerca de uno y se había comido el trigo del otro.

La discusión se volvió a gritos en cuestión de segundos y Genoveva oyó un golpe, una silla que caía, y después la voz de Frederick, baja, sin levantarse, y el silencio inmediato.

Al final, uno pagaría el trigo y el otro arreglaría la cerca.

Y los dos se darían la mano delante de él, en su despacho, o no volvería a recibirlos ningún miércoles.

Se dieron la mano.

Después entró la muchacha embarazada con su padre. Después el anciano ciego. Después un hombre cuyo hermano llevaba tres meses en la cárcel de Derry por haberle dado una paliza a un recaudador de diezmos. Después otro, y otro, y otro.

Genoveva se quedó en el pasillo oscuro tres horas.

Escuchó a Frederick Donovan prestar dinero, resolver disputas, escribir cartas a jueces y a terratenientes y a obispos, prometer abogados, mandar a Brennan a buscar a un médico para la muchacha embarazada, reírse una sola vez de algo que le dijo el anciano ciego en irlandés.

Lo escuchó cansarse. Lo notó en la voz, que se volvía más ronca con cada visita, más lenta, como un hombre que carga con algo muy pesado cuesta arriba.

Y entendió por fin lo que Callahan había querido decirle en el baile de los Pembroke. Por qué un magistrado de Newry y un cura de Armagh lo describían como si fueran dos personas distintas. Por qué once hombres armados se callaban cuando él entraba en un granero.

No era miedo. Bueno, también era miedo. Pero sobre todo era que no había nadie más.

Cuando se fue el último, la puerta del despacho se abrió del todo. Genoveva no tuvo tiempo de esconderse.

Frederick estaba en el umbral. La miró, de pie en el pasillo oscuro, con la mano todavía apoyada en el marco de la puerta entreabierta. No pareció sorprendido.

—Bridget —dijo.

—Bridget.

—Le hacía lo mismo a mi madre cuando mi padre recibía. —Se pasó una mano por la cara. Tenía los ojos rojos de cansancio—. ¿Lo ha oído todo?

—Todo.

—¿Y?

Genoveva pensó un momento.

—La viuda Quinn —dijo—. El inglés de Bath. ¿Cómo se llama?

—Halloway. ¿Por qué?

—Porque su mujer es prima de lady Ashcombe.

Cenaron en Grosvenor Square en marzo. Ella habló toda la noche de su casa de Bath y de lo mucho que le costaban los criados, y él no dijo una sola palabra salvo para quejarse del vino.

—Lo miró—. Si me deja escribir una carta, señor Donovan, la viuda Quinn no tendrá que pagar ni un penique de más.

Frederick se quedó mirándola. Un largo rato.

Después se apartó del umbral y le señaló la silla vacía frente al escritorio, donde habían estado sentados la viuda y los dos jóvenes de la vaca y la muchacha embarazada y el anciano ciego.

No era una orden. Era un sitio en la mesa.

La carta de su padre llegó esa noche.

La trajo Callahan en persona, que había desembarcado en Derry esa misma tarde y había cabalgado hasta la casa sin detenerse.

Entró en la cocina empapado, con el sombrero chorreando, y cuando vio a Genoveva sentada a la mesa con el vestido azul de la difunta señora Donovan y una taza de té entre las manos, se detuvo en seco.

—Lady Genoveva.

—Señor Callahan.

Él la miró de arriba abajo. Después miró a Frederick, de pie junto al fuego. Después otra vez a ella.

—Le dije que no pronunciara cierto nombre en un salón de Londres —dijo despacio—. No se me ocurrió especificar que tampoco debía acabar en su cocina.

Genoveva se echó a reír. Frederick no. Callahan sacó dos cartas del interior de la chaqueta. Le dio una a Frederick, sellada con el anillo de los Bermont, dirigida a D. La otra se la dio a ella.

—De su hermana Alana —dijo—. Me la dio en Paternoster Row llorando a gritos y amenazando con cortarme las orejas si no se la entregaba en mano. Y le aseguro, milady, que la creí.

Genoveva tomó la carta de Alana. No la abrió.

Miró la otra, la de su padre, en las manos de Frederick.

Él la abrió. La leyó de pie junto al fuego.

Genoveva lo miró leer, y supo exactamente en qué momento llegaba al final, porque vio cómo se le detenían los ojos y cómo se le movía la garganta al tragar.

Después, sin decir nada, se la tendió.

—Es para usted —dijo—. Aunque esté dirigida a mí.

Genoveva la leyó entera, con la letra de su padre, la que conocía de cien notas dejadas sobre su escritorio cuando era niña.