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LA LLAVE
Ala mañana siguiente, Frederick Donovan se comportó como si nada hubiera ocurrido, y lo hizo tan bien que Genoveva tuvo ganas de tirarle la tetera a la cabeza.
—¿Ha dormido bien, lady Genoveva?
—Perfectamente, señor Donovan.
—Me alegro.
Y volvió a su periódico, un Belfast News-Letter de hacía cuatro días, que sostenía abierto frente a la cara exactamente como Alana sostenía el Times en Grosvenor Square: como un escudo.
Genoveva untó mantequilla en el pan con una precisión quirúrgica.
Lo hizo despacio, hasta el último rincón de la rebanada, como le habían enseñado.
Llevaba el vestido azul de la difunta señora Donovan y el pelo recogido con las dos horquillas de hueso, y la línea gris de tinta en la cara interna de la muñeca derecha, que no se había lavado.
La había mirado al despertar. La había mirado al vestirse.
La notaba ahora contra el borde de la mesa, cada vez que movía el cuchillo, como si todavía estuviera húmeda.
Él no la miraba. Leía. Pasaba las páginas con un ruido seco.
Llevaba diez minutos en la misma.
—El artículo debe de ser fascinante —dijo Genoveva.
—Mucho.
—¿De qué trata?
Una pausa. El periódico no se movió.
—Del precio del lino.
—Qué apasionante.
—Lo es, en el condado de Londonderry.
Bridget dejó una fuente de huevos sobre la mesa con un golpe innecesario. Genoveva la miró. La anciana tenía los labios apretados como quien contiene una carcajada desde hace mucho tiempo.
Y entonces Genoveva hizo algo que no había hecho nunca. No lo pensó. Le salió de algún sitio que no conocía, del mismo sitio de donde había salido ¿y lo otro? en la habitación de Keady, del mismo sitio donde vivía el nudo que se le había quedado en el estómago después del baño.
—Quiero aprender a montar a horcajadas —dijo.
El periódico bajó.
Despacio. Muy despacio. Hasta que por encima del borde aparecieron los ojos de él, azules, claros, sorprendidos. Por primera vez desde que lo conocía, Frederick Donovan parecía no saber qué decir.
—¿Disculpe?
—Usted me dijo en Keady que no tendría que hacerlo. Pero tuve que cabalgar dos días sentada de lado delante de usted, con las piernas colgando, sin poder sujetarme a nada salvo a su brazo. —Lo miró de frente—. No me gustó depender de su brazo, señor Donovan.
Era mentira. Los dos lo sabían. Le había gustado tanto depender de su brazo que se había dormido en él.
Frederick dejó el periódico sobre la mesa. La miró un largo momento, con una expresión que Genoveva no supo descifrar, algo entre la cautela y la diversión y otra cosa más oscura, más quieta.
—Bridget —dijo, sin apartar los ojos de ella—, ¿todavía tenemos los calzones de montar que usaba yo a los catorce años?
—En el arcón del desván, señor. Con la naftalina.
—Sácalos, por favor.
Bridget salió de la cocina tan deprisa que casi tropezó con el gato. Genoveva la oyó reírse en la escalera.
Los calzones le quedaban grandes de cintura y cortos de pierna, y eran de una gamuza tan vieja que se había vuelto suave como la piel de un guante.
Bridget se los ajustó con un cinturón de cuero y dos alfileres, en la habitación de Genoveva, y después le puso encima el vestido azul, con la falda recogida por detrás con un cordón para que no le estorbara.
—Así no se le verá nada —dijo la anciana—. Más o menos.
Genoveva se miró en el espejo pequeño de la habitación.
Por debajo del dobladillo recogido asomaban las piernas enfundadas en gamuza marrón hasta la rodilla, y después las medias de punto gordo de Nuala, y después las botas de montar de la difunta señora Donovan, que le quedaban un número grande y Bridget había rellenado con lana en las puntas.
Parecía una pordiosera. Parecía un muchacho disfrazado de mujer. Parecía cualquier cosa menos lady Genoveva Hillenburg, hija mayor de los duques de Bermont, la joven más deseada de la temporada de Londres.
Se echó a reír.
Se rió tanto que tuvo que sentarse en la cama, y Bridget la miró desde la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa que le arrugaba toda la cara.
—Hacía años que no se oía reír a nadie en esta casa —dijo.
Él la esperaba en el prado de detrás de los establos, con una yegua castaña ensillada a la manera de los hombres.
Se volvió al oírla llegar. La miró de arriba abajo: el vestido recogido, la gamuza, las botas rellenas de lana. Algo se le movió en la comisura de la boca y se quedó allí, quieto, sin llegar a convertirse en sonrisa.
—Ni una palabra —dijo Genoveva.
—No pensaba decir nada.
—Se le ve en la cara.
—Mi cara es menos disciplinada que mi boca.
Genoveva se detuvo en seco. Era casi exactamente lo que ella le había dicho a Miriam en su habitación de Grosvenor Square, la mañana del primer capítulo de su vida, cuando todavía no sabía que existía un hombre llamado Frederick Donovan.
Lo miró con sospecha. Él la miraba con una inocencia perfecta.
—Se llama Niamh —dijo, dándole una palmada en el cuello a la yegua—. Es la más tranquila que tengo. Tiene once años y no ha tirado a nadie en su vida.
—¿Ni siquiera a usted?
—A mí sí. Pero yo me lo merecía.
Le enseñó a subir. Primero de lado, desde un poyo de piedra, como sabía hacerlo. Después la hizo bajar, le hizo poner el pie izquierdo en el estribo, agarrar las crines con la mano izquierda y el borrén trasero de la silla con la derecha.
—Ahora impúlsese. Y pase la pierna derecha por encima.
—¿Por encima de qué?
—Del caballo.
Genoveva lo intentó. No llegó. Lo intentó otra vez. La pierna derecha, con la gamuza y la bota rellena de lana, se le quedó enganchada a mitad de camino en la grupa de la yegua, y estuvo a punto de caerse hacia atrás.
Unas manos la sujetaron por la cintura.
Por detrás. Las dos. Grandes, calientes, a través de la lana del vestido y de la gamuza de los calzones, exactamente en el mismo sitio donde la habían sujetado al bajar del caballo, en el patio, el día anterior.
La empujaron hacia arriba, con firmeza, sin esfuerzo, y Genoveva sintió que su cuerpo subía y que la pierna pasaba por encima de la grupa y que de pronto estaba sentada a horcajadas sobre la yegua, con las rodillas abiertas y los muslos apretados contra la silla y todo el peso de su cuerpo cayendo hacia abajo, hacia el centro, de una manera que no había sentido nunca.
Se quedó sin aliento.
No fue la altura. Fue la postura. El cuero de la silla entre los muslos, duro, caliente por el sol que había salido por fin aquella mañana.
La yegua debajo, viva, respirando, moviéndose.
Las piernas abiertas, cada una a un lado, como no las había tenido nunca en su vida fuera de la cama, ni siquiera en la cama.
Era indecente. Era lo más indecente que había hecho nunca, más que la carta sin firma, más que Paternoster Row, más que el camisón en la biblioteca de Frederick a las cuatro de la mañana.
Y era maravilloso.
Él seguía con las manos en su cintura. Se dio cuenta en ese momento, a la vez que ella. Las retiró.
—Los estribos —dijo, con la voz un poco más baja que antes—. Están demasiado largos.
Se agachó junto a la pierna izquierda de ella. Le tomó el tobillo con una mano para sacarle el pie del estribo, y con la otra empezó a desabrochar la correa de cuero.
Genoveva bajó la vista.
Vio la mano de él en su tobillo. Grande, morena, con aquellos dedos largos y ásperos que el día anterior le habían pasado el pulgar por la vena de la muñeca.
Rodeándole el tobillo por encima de la bota, sobre la media de punto gordo de Nuala.
No apretaba. Solo sostenía. Pero el calor le atravesó la lana y la piel y le subió por la pierna, despacio, por la pantorrilla, por la corva, por el interior del muslo, hasta el sitio exacto donde la silla la apretaba, y se quedó allí, latiendo.
Él ajustó la correa. Dos agujeros. Sin prisa.
Cuando terminó, no le soltó el tobillo enseguida.
Se quedó un momento así, agachado, con la mano alrededor de su pierna, mirando la hebilla del estribo como si fuera lo más interesante del mundo.
Genoveva vio que tenía la mandíbula apretada.
Vio que respiraba por la nariz, despacio, contando.
Vio que la mano, en su tobillo, había empezado a moverse, apenas, con el pulgar, un roce mínimo sobre el hueso, hacia arriba, una sola vez.
Y se detuvo.
Se levantó. Dio la vuelta por detrás de la yegua, sin mirarla, y se agachó junto a la pierna derecha.
Esta vez no le tocó el tobillo. Le ajustó el estribo sin sacar el pie, con las dos manos en la correa, sin rozarla.
Genoveva notó la diferencia como si le hubieran quitado una manta en una noche de invierno.
A mediodía ya trotaba. A media tarde, galopó.
Fue sin querer. La yegua, que no había tirado a nadie en su vida y que llevaba toda la mañana dando vueltas al prado con una paciencia infinita, vio una liebre salir de entre los juncos de la orilla del río y decidió que ya estaba bien de paciencia.
Arrancó. Genoveva gritó. Frederick gritó algo desde el centro del prado que ella no entendió.
Y de pronto estaba galopando a lo largo del Foyle, con el agua gris pasando a su izquierda como un río de plata y la hierba volando bajo los cascos y el viento arrancándole las horquillas de hueso del pelo una a una.
No se cayó.
Apretó las rodillas como él le había enseñado.
Se inclinó hacia delante. Agarró las crines.
El pelo se le soltó del todo y le azotó la cara y la espalda, y el vestido recogido se le soltó también y le flameó detrás como una bandera, y las piernas, abiertas, apretadas contra los flancos de la yegua, sentían cada músculo del animal tensarse y soltarse debajo de ella, un ritmo enorme, salvaje, que le subía desde la silla hasta el pecho y la llenaba entera.
Y se rió.