La hija perfecta IX #3
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IX #3

Era una habitación larga y estrecha, con estanterías hasta el techo que no eran de nogal ni estaban barnizadas y que se combaban por el peso de los libros.

Había libros por todas partes: en las estanterías, en el suelo, en las sillas, en pilas sobre la mesa.

Libros en inglés, en latín, en francés, en irlandés.

Libros con los lomos rotos y libros sin lomo.

Libros que nadie había elegido por ella.

Y al fondo, una ventana alta, de cristales emplomados, abierta de par en par a la noche, sin rejas, por la que entraba el olor del río y el ruido de la lluvia fina sobre las hojas.

Y junto a la ventana, sentado en el alféizar con un libro cerrado en las rodillas, con la camisa abierta hasta el pecho y los pies descalzos sobre la piedra, estaba él.

Se miraron.

Ninguno de los dos se sorprendió. Eso fue lo más extraño. Como si los dos hubieran sabido, sin decírselo, que a las cuatro de la mañana el otro estaría allí.

—No duerme —dijo él.

—Nunca he dormido bien. Desde los quince años.

—Lo sé. —Una pausa—. Callahan me lo contó. Su hermana se lo dijo a alguien en un baile.

Genoveva cerró los ojos un instante. Alana. Alana y su lengua.

—¿Y usted?

—Yo duermo cuando no tengo nada en qué pensar.

—¿Y esta noche tiene algo en qué pensar?

No respondió. La miró desde el alféizar, con la luz de la vela de ella cayéndole en la cara, y Genoveva vio que los ojos se le habían vuelto a oscurecer.

Avanzó. No lo decidió. Sus pies lo decidieron por ella, sobre la piedra fría, entre las pilas de libros, hasta que estuvo junto a la ventana, a un paso de él. Dejó la vela sobre una pila de libros. El viento de la noche le levantó el borde del camisón y le pegó la tela fina contra las piernas.

Él seguía sentado en el alféizar. Así, sentado, sus ojos quedaban a la altura de los de ella. Por primera vez no tuvo que levantar la vista para mirarlo.

Vio el pecho bajo la camisa abierta. El vello rojizo. Una cicatriz más, pequeña, redonda, debajo de la clavícula. Vio cómo subía y bajaba, más deprisa de lo que debía. Vio la vena del cuello latiendo.

Y vio, sobre el alféizar, junto a la mano de él, dos papeles doblados en tres con una precisión casi matemática.

Sus cartas.

Las reconoció al instante. El papel inglés, bueno, pesado. Los pliegues exactos. Su propia letra pequeña asomando por un borde. Estaban allí, junto a su mano, gastadas en las esquinas como si las hubieran abierto y cerrado muchas veces. Como si las hubieran llevado contra el pecho durante días.

El paquete. El pequeño paquete de papel entre su espalda y el pecho de él, durante toda la noche, en el caballo.

Genoveva levantó los ojos hacia él. Ya no tenía aliento.

—Las ha guardado.

—Sí.

—Contra el pecho.

—Sí.

—¿Por qué?

Frederick bajó la vista hacia las cartas. Las tocó con la punta de los dedos, apenas, como se toca algo que no se quiere despertar.

—Usted me preguntó qué quería —dijo—. Le dije que desde hacía nueve días quería otra cosa y que no se la diría.

—Sí.

—Ya son más de cuarenta.

Se levantó del alféizar.

Y de pronto estaba de pie frente a ella, tan cerca que Genoveva tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir mirándolo, tan cerca que sentía el calor de su pecho a través del camisón aunque no la tocaba, tan cerca que podía ver cada gota de lluvia en su pelo y cada pestaña rojiza alrededor de aquellos ojos que ya no eran claros.

No la tocaba. Tenía las manos a los costados, cerradas en puños, y no la tocaba.

Genoveva sintió que todo su cuerpo se inclinaba hacia él.

No se movió, pero se inclinó, como las plantas se inclinan hacia una ventana.

La piel le ardía. La boca se le había quedado seca.

Notaba el latido entre las piernas, sordo, insistente, un pulso que no había sentido nunca y que no sabía que existía y que no tenía nada de correcto.

Notaba sus pechos contra el lino del camisón, duros, sensibles, como si el viento de la ventana los rozara.

Notaba la tinta gris de la muñeca, que no se había limpiado, como si todavía estuviera húmeda.

Él bajó la cabeza.

Despacio. Muy despacio. Tan despacio que ella tuvo tiempo de ver cómo se le movía la garganta al tragar. Tan despacio que tuvo tiempo de cerrar los ojos y de volver a abrirlos, de sentir su aliento en la frente, en la sien, en la mejilla. Cálido. Con olor a lluvia.

Se detuvo a un dedo de su boca.

Genoveva sintió el aire entre los dos. Un dedo de aire. Lo sintió en los labios como si fuera piel. Esperó. Todo su cuerpo esperó, inclinado, encendido, temblando de una manera que no se parecía a ningún frío.

—No —dijo él.

Fue un susurro. Ronco. Casi una súplica.

No se apartó. Se quedó allí, a un dedo de su boca, con los ojos cerrados y la frente casi rozando la de ella, respirando como un hombre que ha corrido mucho.

—No mientras sea mi prisionera.

Genoveva abrió los ojos. Lo miró desde tan cerca que lo veía borroso.

—¿Y si yo quisiera?

Lo sintió estremecerse. Todo él, de arriba abajo, como un caballo cuando le pasan la mano por el lomo.

Abrió los ojos.

—Entonces tendrá que quererlo —dijo, muy despacio— el día que pueda irse.

Se apartó. Un paso. Dos. Recogió las cartas del alféizar, las guardó en el bolsillo de la camisa, contra el pecho, y salió de la biblioteca sin mirarla.

Genoveva se quedó sola junto a la ventana abierta, sin rejas, con el viento de la noche pegándole el camisón contra el cuerpo y la lluvia fina entrando sobre los libros.

Se tocó los labios con el dedo manchado de tinta. Él no la había besado y nunca en su vida se había sentido tan tocada.