La hija perfecta IX #2
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IX #2

Nunca había visto los antebrazos de un hombre.

No así. Su padre se remangaba para afeitarse, pero su padre era su padre.

Alexander no se remangaba nunca. Los criados de su casa llevaban librea hasta las muñecas.

Aquellos eran fuertes, morenos por el sol de un verano que en Irlanda debía de existir aunque ella no lo hubiera visto, cubiertos de un vello rojizo que brillaba a la luz de la ventana.

Tenían una cicatriz larga y pálida en el izquierdo, desde la muñeca casi hasta el codo.

Los tendones se movían bajo la piel cada vez que la pluma rasgaba el papel.

Se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando.

—Ya puede pasar —dijo él sin volverse—. Lleva un minuto en la puerta.

Genoveva sintió que se le encendía la cara.

—No quería interrumpir.

—No interrumpe. —Dejó la pluma y se volvió en la silla.

Y se quedó quieto.

La miró. No como en Keady, de arriba abajo, una sola vez.

Esta vez la miró despacio, y Genoveva vio exactamente adónde iban sus ojos y cuánto tiempo se quedaban en cada sitio.

El vestido azul. El escote cuadrado. Los mechones sueltos sobre el cuello.

Los pies descalzos sobre la alfombra. Otra vez el escote, apenas, un instante, y después la cara, de golpe, como si se hubiera dado cuenta de lo que hacía.

—Era de mi madre —dijo, con la voz más ronca que antes.

—Bridget me lo dijo. Espero que no le moleste.

—No me molesta.

No dijo nada más. No hacía falta. Genoveva había crecido en salones donde los hombres decían cosas bonitas y miraban otras, y había aprendido a no hacer caso de lo que decían.

Nunca había aprendido qué hacer cuando un hombre no decía nada y la miraba así.

Se acercó al escritorio. Por hacer algo.

Por no quedarse quieta en mitad de la habitación con aquellos ojos encima.

—¿Qué escribe?

—Lo que le prometí a Keogh.

Genoveva miró el papel. Estaba lleno de tachaduras, de flechas, de líneas que empezaban y se interrumpían. Leyó el encabezamiento.

—¿A mi padre?

—A su padre. Y una copia para el lord teniente de Dublín. Y otra para Wexford, que a estas alturas ya habrá desembarcado en algún sitio de la costa con treinta hombres y una carta de Pitt.

Genoveva levantó la vista.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque es lo que yo haría si me hubieran robado a la mujer con la que iba a casarme.

Lo dijo con naturalidad, sin énfasis. Y Genoveva sintió el golpe en algún sitio debajo de las costillas, donde antes estaba el corsé y ahora no había nada que lo amortiguara.

Se inclinó sobre el escritorio, junto a él, para leer mejor.

El papel estaba a la izquierda, y ella a la derecha, así que tuvo que inclinarse por encima de su hombro, apoyando una mano en el borde de la mesa.

Leyó. Él no se movió. Notaba su respiración muy cerca de su brazo, cálida, regular.

Notaba el calor de su hombro a un dedo del suyo.

El olor a jabón y, debajo, otra vez aquel olor.

—Esta frase está mal —dijo.

Él giró la cabeza para mirarla. Estaban muy cerca. Demasiado.

—¿Mal?

—Exigimos la liberación de los catorce presos de la cárcel de Armagh. —Señaló la línea con el dedo, sin tocar el papel—. Mi padre leerá exigimos y pensará en Keogh. El lord teniente leerá exigimos y pensará en la Bastilla. Y Alexander leerá exigimos y pedirá otro regimiento.

—¿Y qué propone, lady Genoveva?

Había algo en su voz que no era burla, pero se le parecía.

Genoveva cogió la pluma del tintero sin pedir permiso.

La sostuvo un momento sobre el papel, pensando.

Después tachó exigimos con una línea limpia y escribió encima, con su letra pequeña e inclinada, la que su institutriz le había hecho practicar mil veces: Proponemos, como gesto de buena voluntad por ambas partes,

—Así —dijo—. Mi padre leerá buena voluntad y pensará en usted. El lord teniente leerá ambas partes y pensará que tiene algo que ofrecer. Y Alexander… —se detuvo—. Alexander seguirá pidiendo otro regimiento. Pero le costará más explicar por qué.

Se incorporó. Al hacerlo, la pluma goteó.

Una gota gruesa y negra le cayó sobre la cara interna de la muñeca derecha, justo donde la piel era más fina, justo sobre el pulso. Se extendió despacio, como una flor.

Genoveva la miró. Él también. Era exactamente el sitio donde Alexander la había besado en el invernadero.

Frederick se levantó de la silla. No dijo nada. Sacó un pañuelo del bolsillo, uno de lino sencillo, sin iniciales, y le tomó la mano.

Fue la primera vez que la tocaba piel con piel.

No fue en la cintura, ni en el hombro, ni a través de la lana de un vestido prestado.

Fue su mano desnuda bajo la de ella, sosteniéndola por el dorso, los dedos de él largos y ásperos contra la palma de ella, que nunca había sostenido nada más rudo que una aguja de bordar.

Le giró la muñeca hacia arriba, hacia la luz de la ventana, y la gota negra quedó entre los dos, brillante, sobre las venas azules.

No la limpió enseguida.

Se quedó mirándola. Mirando la tinta sobre el pulso de ella, que se había vuelto loco y se notaba latir a simple vista, desbocado, debajo de la mancha negra.

Genoveva supo que él lo veía. Supo que él contaba los latidos igual que ella había contado los encuentros de las manos en el baile de los Pembroke.

Y no pudo hacer nada para que su corazón fuera más despacio.

Entonces él pasó el pulgar por la mancha.

No el pañuelo. El pulgar. Una sola vez, despacio, desde el borde de la palma hasta el principio del antebrazo, siguiendo la vena azul.

La tinta se extendió en una línea larga y gris.

La piel de Genoveva se erizó desde la muñeca hasta el hombro, hasta la nuca, hasta la raíz del pelo, y algo debajo de su ombligo se contrajo de golpe, como un puño, con tanta fuerza que tuvo que apoyar la otra mano en el escritorio.

Se le escapó un sonido, pequeño, un aliento que no era palabra.

Él levantó los ojos hacia ella.

Estaban oscuros. Por primera vez desde que lo conocía, los ojos de Frederick Donovan habían cambiado de color.

No era la luz. La luz era la misma de antes, gris, plana, la luz de una tarde de lluvia en el norte.

Era otra cosa. Las pupilas se le habían agrandado tanto que el azul pálido no era más que un anillo fino alrededor del negro.

Genoveva lo vio. Él vio que lo había visto.

Y le soltó la mano.

Lo hizo despacio, con cuidado, como se deja algo que quema sobre una mesa. Dio un paso atrás. Luego otro. Le tendió el pañuelo sin mirarla.

—Le enseñaré a Bridget su corrección —dijo, con una voz que no era la suya—. Ella sabrá cómo quitar la tinta.

Y salió del despacho.

Genoveva se quedó sola junto al escritorio, con el pañuelo de él en una mano y la otra apoyada en la mesa, respirando como si hubiera subido corriendo una escalera. Se miró la muñeca. La línea gris seguía allí, larga, desde la palma hasta el antebrazo, donde él la había trazado con el pulgar.

No se la limpió.

Frederick bajó al río.

Caminó hasta la orilla bajo la llovizna, sin chaqueta, sin sombrero, y se quedó allí de pie, con las botas hundidas en el barro y el agua gris pasando a un metro de sus pies, hasta que dejó de temblarle la mano derecha.

Tardó mucho.

Tenía treinta y un años. Había conocido mujeres.

No muchas, porque la vida que llevaba no dejaba espacio para muchas cosas, pero las suficientes para saber lo que era el deseo y para haber aprendido a no confundirlo con nada más.

Sabía lo que era querer a una mujer en la cama.

Sabía lo que era querer a una mujer en la mesa del desayuno al día siguiente.

Sabía que casi nunca eran la misma, pero aquello no era ninguna de las dos cosas.

Era una muchacha inglesa, hija de un duque, prometida de otro, que había tachado una palabra en su carta con una línea limpia y había escrito encima con su letra pequeña e inclinada, y había tenido razón.

Era su pulso bajo el pulgar, desbocado, latiendo contra la tinta.

Era el sonido que se le había escapado. Era el vestido de su madre sobre un cuerpo que no era el de su madre, el escote cuadrado, los pies descalzos en la alfombra.

Era que la tenía en su casa. Que había ordenado que le dieran la llave de su habitación, y que esa llave era lo único que la separaba del resto de la casa, y que era ella, no él, quien decidía si la puerta se abría.

Y era que no era libre de abrirla.

No lo era. Daba igual la llave. Estaba allí porque unos hombres la habían sacado de su cama con las manos atadas, y él había decidido no devolverla.

Podía decirse que era por los catorce presos, por los dragones, por las granjas, y era verdad.

Pero no era toda la verdad, y los dos lo sabían, y eso lo hacía peor.

Una mujer que no puede irse no puede decir que sí.

Frederick se agachó, metió las dos manos en el agua helada del Foyle y se lavó la cara. Se quedó así, inclinado sobre el río, con el agua chorreándole por la barba y el cuello, hasta que la tinta gris del pulgar derecho se fue con la corriente.

No se fue del todo. Nunca se iba del todo.

A las cuatro de la mañana, Genoveva bajó a la biblioteca.

No sabía si había una. No se lo había preguntado a nadie.

Pero era una casa de piedra gris con un escritorio lleno de tachaduras y un hombre que escribía como otros pelean, y en una casa así tenía que haber una biblioteca.

Bajó la escalera descalza, con el camisón de flores azules de la difunta señora Donovan y la vela en la mano, y siguió el olor del papel como un perro sigue un rastro.

La encontró al final del pasillo de la planta baja. Una puerta entreabierta. Una luz dentro.