IX
UNA CASA SIN REJAS
Se despertó porque había dejado de llover, y el silencio le pareció un ruido.
Tardó en entender dónde estaba. Primero fue el movimiento: un vaivén lento, constante, que le mecía todo el cuerpo hacia delante y hacia atrás.
Después el olor: a caballo, a cuero mojado, a turba, y debajo de todo eso, muy cerca, aquel otro olor sin nombre que había sentido por primera vez al ponerse la chaqueta.
Después el calor. Un calor enorme a su espalda, de la nuca a la cintura, que subía y bajaba despacio, como una marea.
Respiración. Era una respiración.
Genoveva abrió los ojos.
Amanecía. El cielo estaba blanco y bajo, y por debajo de él se extendía un valle verde, de un verde que no había visto nunca en Inglaterra, tan intenso que casi dolía, partido en dos por un río ancho y gris que brillaba como una hoja de acero.
Había niebla en las orillas. Había ovejas en las laderas.
Y ella estaba recostada contra el pecho de Frederick Donovan, con la cabeza apoyada en el hueco de su hombro y la mejilla contra el lino húmedo de su camisa, como si aquel fuera su sitio desde siempre.
No se movió.
No se movió porque, en el instante exacto de despertar, antes de que la vergüenza tuviera tiempo de llegar, su cuerpo había entendido algo que su cabeza todavía no: que no quería moverse.
Que el brazo que le rodeaba la cintura llevaba horas allí, firme, inmóvil, sin apretar ni aflojar.
Que debajo de su oreja latía un corazón, lento, y que había estado escuchándolo en sueños.
Que la mano de él, la que sostenía las riendas, descansaba sobre su propio muslo, a un palmo de la rodilla de ella, y que ese palmo de distancia era, de pronto, lo único en lo que podía pensar.
Después llegó la vergüenza. Llegó de golpe, como un cubo de agua fría, y Genoveva se incorporó tan deprisa que el caballo protestó.
—Quieta —dijo él. No sonó a orden. Sonó a algo que se le dice a un animal asustado—. Se va a caer.
—Me he dormido.
—Lo sé.
—Encima de usted.
—También lo sé.
No dijo nada más. No le preguntó si había descansado, ni se disculpó, ni hizo ninguno de los comentarios galantes que un caballero inglés habría hecho para quitarle importancia y que habrían sido, en realidad, una manera de dársela.
Siguió mirando el camino. Pero Genoveva, sentada otra vez muy recta, separada de él los dos dedos que permitía la silla, notó que el brazo de su cintura no se había movido.
Y notó también, con una claridad que le encendió las mejillas, que él tampoco había dormido.
Lo notó en la voz, un poco ronca. En la barba, más oscura que la víspera.
En la rigidez de su pecho a su espalda, la de un hombre que ha pasado la noche entera sin permitirse cambiar de postura.
Por ella. Para no despertarla.
—¿Falta mucho? —preguntó, por decir algo.
Él levantó la mano de las riendas y señaló hacia delante, hacia una loma sobre el río, donde entre los árboles asomaba una casa de piedra gris.
—Ya estamos.
La casa no tenía rejas.
Fue lo primero que vio, antes que la puerta de roble, antes que la escalinata de piedra cubierta de musgo, antes que la anciana de pelo blanco que salió a recibirlos secándose las manos en el delantal.
Las ventanas eran altas, de cristales pequeños, emplomados, y no había en ninguna de ellas un solo barrote.
Ni de hierro ni de madera. Ni pintado ni sin pintar.
Frederick desmontó primero. Después se volvió hacia ella y levantó los brazos.
Genoveva lo miró desde lo alto del caballo. Había bajado de mil carruajes con la mano de un lacayo bajo la suya. Nunca había bajado de un caballo con las manos de un hombre en la cintura.
Se inclinó. Él la sujetó.
Fueron dos segundos. Quizá tres. Las manos de él en su cintura, sin corsé, a través de la lana áspera del vestido de Nuala: grandes, calientes, abarcándola casi por completo.
El peso de su propio cuerpo cayendo hacia él.
El roce de su pecho contra el de él al bajar, inevitable, breve, un deslizamiento que le encendió la piel bajo la ropa como si la hubieran frotado con ortigas.
Los pies tocando el suelo. Las manos de él todavía allí.
Un segundo más.
Después la soltó y dio un paso atrás, y Genoveva se quedó de pie en el barro del patio, temblando, sin saber si era de frío.
—Bridget —dijo él, volviéndose hacia la anciana—, lady Genoveva Hillenburg. Es mi invitada. Necesita un baño caliente, ropa seca, comida y una habitación con llave. La llave se la das a ella.
La anciana la miró de arriba abajo, el vestido prestado, el pelo enredado, los tobillos desnudos manchados de barro, la chaqueta del señor sobre los hombros.
No dijo nada. Pero algo le cambió en la cara, algo entre la sorpresa y una ternura muy antigua, y Genoveva supo, sin entender cómo, que aquella mujer conocía a Frederick Donovan desde que era un niño y que nunca le había visto traer a nadie a casa.
—Venga conmigo, criatura —dijo Bridget, con un acento tan cerrado que casi no la entendió—. Que va a coger una pulmonía.
El agua estaba tan caliente que le dolió.
Bridget había llenado una tina de cobre frente a la chimenea de una habitación del primer piso, cubo a cubo, con la ayuda de una muchacha pelirroja que no paraba de mirar a Genoveva con los ojos muy abiertos.
Había echado en el agua algo que olía a brezo y a miel.
Había dejado junto a la tina un pedazo de jabón, una toalla de lino áspero y un camisón limpio, doblado, de una tela fina y muy gastada, con un bordado de flores azules en el cuello que alguien había hecho a mano hacía mucho tiempo.
—Era de la señora —dijo, cuando Genoveva lo tocó—. De su madre. Que Dios la tenga en su gloria.
Y se fue, y la dejó sola.
Genoveva se quitó el vestido de Nuala. Se quitó la enagua.
Se quedó desnuda frente al fuego, y por primera vez en tres días no tuvo frío.
Se metió en el agua despacio, primero un pie, luego el otro, y el calor le subió por las piernas como una corriente, le rodeó las caderas, le alcanzó la cintura, el pecho, los hombros, hasta que estuvo sumergida hasta la barbilla y tuvo que cerrar los ojos.
Nunca se había bañado sola. En Grosvenor Square siempre había estado Mary, con la toalla, con el jabón, con el agua de rosas para el pelo, con su presencia discreta y constante que convertía el baño en otra tarea, otra cosa que había que hacer correctamente.
Ahora no había nadie. Solo el fuego, el agua, el olor a brezo y a miel, y su propio cuerpo flotando en la penumbra.
Se miró las manos bajo el agua. Las muñecas, todavía con la marca roja del cordón de seda de las cortinas. Los brazos. Las rodillas, que asomaban sobre la superficie como dos islas. El vientre. Los pechos, que el agua hacía parecer más pálidos, casi transparentes.
Y sin querer, pensó en las manos de él. En la cintura. Al bajar del caballo. Lo grandes que eran. Lo calientes. El segundo de más que se habían quedado allí cuando ya no hacía falta.
Pensó en el brazo que la había sujetado toda la noche, inmóvil, para no despertarla. En el corazón lento bajo su oreja. En la mano sobre el muslo, a un palmo de su rodilla, y en ese palmo.
Algo se le movió dentro. Muy abajo. Una tibieza que no venía del agua, que nacía en algún sitio debajo del ombligo y se extendía hacia fuera, despacio, como la tinta en un papel mojado.
Le subió hasta el pecho y le endureció la piel, y le bajó hasta los muslos y los volvió pesados, y se le quedó en la boca del estómago como un nudo dulce que no se deshacía.
Genoveva abrió los ojos de golpe.
No conocía aquella sensación. O sí la conocía, pero nunca así, nunca tan clara, nunca con un nombre y una cara y un par de manos.
La había rozado alguna vez de madrugada, leyendo los poemas que su madre no aprobaba.
La había rozado en el invernadero de su casa, cuando Alexander le besó la muñeca, y la había confundido con el miedo.
La había sentido, débil, en la biblioteca de Sussex, con la boca tibia de otro hombre.
Nunca así.
Se hundió en el agua hasta que le cubrió la cara. Contuvo el aliento. Se quedó allí abajo, en el silencio caliente, con los ojos cerrados y el corazón golpeándole los oídos, hasta que los pulmones le ardieron.
Cuando salió, el nudo seguía allí.
Lo encontró en el despacho al caer la tarde, escribiendo.
Bridget la había llevado hasta la puerta y se había ido sin anunciarla, con una expresión que Genoveva no supo interpretar.
Llevaba un vestido de la difunta señora Donovan, de lana azul oscuro, sencillo, con las mangas hasta el codo y un escote cuadrado más bajo de lo que su madre habría permitido nunca.
Le quedaba un poco largo. Bridget le había recogido el pelo con dos horquillas de hueso, deprisa, sin espejo, y algunos mechones se le habían escapado sobre el cuello.
Iba descalza, porque no había zapatos de su talla en toda la casa.
Él estaba sentado a un escritorio enorme junto a la ventana, de espaldas a ella, con el río gris al otro lado del cristal.
Se había lavado y se había cambiado de ropa.
Llevaba una camisa limpia con las mangas remangadas hasta los codos y el cuello abierto, y el pelo, todavía húmedo, se le rizaba en la nuca.
Escribía deprisa, tachando, con la cabeza inclinada y los antebrazos apoyados en la mesa.
Genoveva se quedó en el umbral mirándole los antebrazos.